La trascendencia de los nuevos Premios Nobel en Economía

Ambos destacados científicos llevan muchos años estudiando e investigando en sus respectivos campos y sus contribuciones han servido de punto de partida para trabajos de otros economistas.

Con el otorgamiento del Premio Nobel en Economía edición 2018 a Paul Romer y William Nordhaus, la Real Academia de Ciencias de Suecia ha confirmado dos cuestiones.

En primer lugar se han premiado trayectorias: ambos destacados científicos llevan muchos años estudiando e investigando en sus respectivos campos y sus contribuciones han servido de punto de partida para trabajos de otros economistas. El esfuerzo en llevar adelante la frontera del conocimiento y compartir los hallazgos con el resto de la comunidad científica está en el centro del progreso de una disciplina y los estudiantes de economía de hoy estarán eternamente agradecidos a ambos laureados.

En segundo lugar, la decisión de premiar tópicos de la economía vinculados al crecimiento sustentable. En otros años, la labor de los premiados había estado asociada con temas cercanos a las finanzas o al comportamiento humano y su vinculación con las decisiones económicas. Esta vez el eje pasa por cuestiones que tienen que ver con cómo crecer y cómo crecer cuidando al planeta.

Paul Romer desarrolló la teoría del crecimiento endógeno, como parte de su tesis doctoral, a mediados de los 80. De esa manera enriqueció el campo de las teorías de crecimiento y del desarrollo directo e indirecto formuladas por Arthur Lewis, Albert Hirshman, Irma Adelman y, en particular, Solow.

A la importancia de la dotación factorial en la explicación del crecimiento económico, Romer agrega la de la acción deliberada de los agentes económicos (individuos y empresas) para impulsar el aumento de la productividad del trabajo, por medio de actividades de investigación y desarrollo, alimentando y orientando el progreso tecnológico.

William Nordhaus se abocó al estudio de la interrelación del cambio climático y la economía. Los títulos de dos de sus obras son suficientemente elocuentes:  Managing the Global Commons: The Economics of Climate Change (1994), Warming the World: Economic Models of Global Warming (2000, con Joseph Boyer) y A Question of Balance: Weighing the Options on Global Warming Policies (2008).

Armonizar crecimiento y cambio climático está en todas las agendas internacionales incluyendo la de la Cumbre del G20 que se realizará a fin de noviembre en Buenos Aires, bajo la presidencia de Argentina. La cuestión de articular las prioridades nacionales (sobre todo en los países de menor desarrollo relativo que son más susceptibles al crecimiento a cualquier costo) con las del planeta en su conjunto no es una tarea sencilla y requiere una laboriosa tarea de construcción de consensos, diseño de instrumentos e incentivos, etc.

Los dos temas son relevantes para Argentina aquí y ahora. El crecimiento endógeno requiere construcción de capacidades en las personas para lograr el aumento de la productividad y ello obliga a mirar la calidad del sistema educativo. Es sabido que en Argentina el cociente gasto público en educación en términos del PIB es bastante alto y su rendimiento relativamente bajo en clave internacional, de acuerdo con las pruebas PISA.

Al mismo tiempo, el cambio tecnológico tiene un sesgo ahorrador de mano de obra que solo puede ser compensado con un vigoroso crecimiento económico que desplace la frontera productiva de manera aumentar el uso del factor trabajo (sin mencionar además el problema que significa el reentrenamiento de la fuerza laboral que el cambio tecnológico exige, como lo han señalado Frey y Osborne, entre otros). Este tema también está en la agenda de la reunión del G20 en Buenos Aires.

El cambio climático obliga a ser cuidadoso en la política de inversiones. Argentina tiene una lista muy amplia de inversiones en sectores sensibles al debate del cambio climático. Necesita ampliar la capacidad productiva en esos sectores, desarrollar una infraestructura abandonada por más de una década y a la vez cuidar el medio ambiente.

Ambas cuestiones, innovación, tecnología y educación para el mundo del trabajo por un lado e inversiones amigables con el clima por otro, requieren una acción mancomunada de cooperación entre los países a escala internacional y también entre los sectores a nivel nacional (y esto es válido para Argentina). Las premiaciones de Romer y Nordhaus marcan el camino a seguir.

 

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