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La tensión entre la urgencia social y la prioridad productiva

Un problema radical de nuestra economía es que, mientras lo más urgente es atender al desasosiego social (con eje en la pobreza, más los bemoles de empleo, etc.), lo prioritario es reencauzar y expandir el aparato productivo formal -la solución de fondo de aquél-, incluida la crucial capacidad para generar, de modo directo, divisas. No hay recomposición productiva seria, sin esa capacidad.

Esta tensión entre la urgencia social y la prioridad productiva y de divisas, afecta de raíz las chances de despegue del país. Véase a título de muestra, que a hoy, unos 6 millones de ocupados privados formales deben concurrir, a su modo, a sostener un universo de 18 millones de personas enroladas en el abigarrado plexo de planes que atañen al asistencialismo social que presta el Estado. En rigor, un sector público que, globalmente hablando, agrandó en los últimos años su parte en el PIB en alrededor de 13/14 puntos porcentuales, alentando una pesada presión fiscal para lo productivo, sea explícita o implícita -tanto más, en general, el gasto y la presión medidos en dólares (un reverso del retraso cambiario)-, con lo cual, talla un Estado de pretensiones escandinavas en tamaño, en un contexto de suma debilidad social y de decadencia productiva (lejos del notable período expansivo de 2003/2-07).

Si hoy la recesión es el resorte mediador que recarga el espectro aludido, el sector fiscal oficia como la mediación que busca distender hasta determinado punto el apremio de la pobreza (a través de diversas medidas ya tomadas, y de otras en debate), como también pretende hacerlo en otros ámbitos: esferas provinciales, ciertos rubros productivos, reparaciones históricas (jubilados), etc.. Y sin mengua de algunos toques ofertistas (que no remedian la gran presión fiscal global).

El Estado se planta a modo de un resumidero-reservorio que absorbe todos estos entuertos para alisarlos, pero, al hacerlo, paradójicamente, él mismo, por lo visto, se convierte en un trauma macro principal, con déficit pronunciados (acompañando gasto y presión altos). Por supuesto, como enseña la teoría, tales desajustes pueden evaluarse distinto según luzcan como transitorios o permanentes.

Sin duda, cuando Cambiemos pega su giro estratégico, cediendo bastante de su relato inicial, mientras de hecho tiende a ratificar la matriz fiscal heredada (eventuales cambios pasarían por ciertas bajas de impuestos y por un manejo más prolijo), busca alentar la expectativa de que el déficit -que perdurará vigoroso en 2017, incluidos algunos supuestos optimistas sobre varios items-, a la postre, será transitorio. Y que, ayudando el esperado crecimiento del 2017, se lo iría acotando luego (ajuste fiscal dulce).

Pero, en el interín, el fuerte déficit completa una tríada con la continuidad del retraso cambiario real y el decidido apalancamiento en la toma directa e indirecta de deuda externa (muy dirigida a cubrir el déficit). Esta estrategia, es probable, ayude en lo inmediato -más allá de reclamos y movilizaciones- a tamizar la cuestión social, pero, a la par, proyecta en perspectiva un interrogante severo en materia de sustentabilidad macro, con especial atingencia al frente externo, con su traducción productiva.

Los mercados financieros externos, de facto, han venido apoyando el planteo. Ahora asoman en el plano mundial algunos cisnes entre grises y negros, que podrían afectar a aquellos. Lo que podría ser molesto para la visión oficial, por más que ésta se cree con espaldas para encarar eventuales contingencias.

El temor es que si la estrategia aquí citada, a finales del 2017 a más tardar si es el caso, o en plazos aun menores -por los cisnes no blancos-, se topa con un recio reto de sustentabilidad macro (sobre el asunto, en el seno mismo de Cambiemos pueden computarse las observaciones de Melconian sobre la deuda y la propuesta de Conesa), podrían surgir duras presiones de índole correctiva en la dupla producción-divisas, reciclando en un primer momento el desvelo social.