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La resistencia empresaria a combatir el flagelo de la obesidad infantil

DIEGO BOSSIO

Diputado Nacional (Bloque Justicialista)

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La resistencia empresaria a combatir el flagelo de la obesidad infantil

Estamos sufriendo un fuerte embate de grupos empresarios que ven cómo, por primera vez, se pone en discusión la composición de los alimentos y bebidas y sus efectos sobre quienes consumimos.
Pero en este caso, el interés económico choca con nuestras convicciones: cuidar la salud de nuestros hijos, hacer de la obesidad infantil un problema de salud pública y darle las herramientas al Estado para que pueda prevenir y combatirla eficazmente.

Porque si bien los argentinos tenemos muchas cuestiones para resolver de una coyuntura que se nos presenta cada vez más dura y compleja, somos dirigentes jóvenes y tenemos una visión muy clara sobre las nuevas problemáticas de carácter global que debemos enfrentar.

Los nuevos desafíos derivan, por ejemplo, del avance de un proceso de robotización en el ámbito laboral, poniendo en cuestión la continuidad en los próximos años de millones de puestos de puestos trabajo que serán reemplazados por máquinas; de la pérdida de integridad personal, como el consumo de drogas y alcohol, y de la violencia que se presenta en todas sus formas y atraviesa transversalmente la sociedad.

Pero hay una nueva amenaza: la alimentación. No solo por la gravedad de su déficit y malnutrición derivada, sino también por el impacto en la salud, calidad y expectativa de vida a partir de los productos que consumimos, de los cuales sus principales víctimas son nuestros hijos quienes, de continuar en este derrotero, vivirán menos años de lo que lo haremos en promedio nosotros, sus padres, pero también sus abuelos.

Y como asumimos el compromiso político e intergeneracional de buscar las respuestas a todos estos desafíos, es que tenemos la decisión de enfrentar la epidemia más grande que están sufriendo los países desarrollados y en vías de desarrollo: la obesidad. Un verdadero problema que afecta en especial a los más chicos, que ya presentan enfermedades derivadas como colesterol, diabetes o hipertensión. Para tomar dimensión, en la Argentina, el 10,4% de los niños y niñas de entre 6 meses y 6 años presenta obesidad y, 31,5% sobrepeso. Además, somos el país de América Latina con la mayor cantidad de casos.

Recientemente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó a los gobiernos intervenir en la generación de medidas concretas para reducir el azúcar en los alimentos.

En este sentido, un dato que nos tiene que alertar, es que nuestro país triplica el consumo diario de azúcares recomendado por la propia OMS y, en gran parte, esto ocurre porque somos el principal consumidor de bebidas gaseosas del mundo: se estima que cada año una persona bebe 131 litros.

Muchas veces el azúcar se oculta bajo otros nombres, por lo cual los consumidores no saben lo que están ingiriendo, y eso también es grave. Esta falta de información y el ocultamiento de datos mediante campañas publicitarias engañosas tienen importantes consecuencias en la salud, especialmente entre los más chicos.
Ante tal panorama, desde el bloque Justicialista elaboramos un Proyecto de Ley de Alimentación Saludable que propone un control sistemático y riguroso sobre los productos de consumo considerados nocivos para la salud.

Hemos trabajado junto a nutricionistas, médicos y representantes de la industria alimenticia para elaborar una ley que ponga el foco en la salud de los niños y jóvenes. Sobre todo, estamos actuando a partir de escuchar con atención lo que la gente nos viene planteando en cada charla, las nuevas preocupaciones que se agregan a los problemas serios de siempre.

Convocamos a todos los sectores económicos y políticos a dar un debate sincero sobre esta problemática, donde claramente nuestro rol debe ser el de generar las condiciones para que el Estado tenga herramientas que puedan regular que un interés particular, económico, no se imponga sobre nuestra salud y condiciones de vida.
No nos oponemos al rédito empresario, pero esto no puede ocurrir a costa de la salud y calidad de vida de la gente. Este es el límite, no podemos permitirlo y las presiones que estamos recibiendo nos indican que estamos por el buen camino. Porque nada más y nada menos está en juego lo que más amamos, el presente y futuro de nuestros hijos.