La reforma tributaria francesa

El expresidente francés y dirigente socialista, François Hollande comenzó su reciente gestión en el 2012 con un aumento muy significativo de impuestos con el que apuntó contra quienes tenían ingresos más altos, así como a los titulares de bienes personales y activos de alguna importancia.

Esa medida, entre otras también populistas, generó desaliento y fuga de capitales, así como una reducción sustancial de la inversión, interna y externa. Parálisis, entonces. Por eso su sucesor, el actual presidente galo Emmanuel Macron, se refirió a lo sucedido con toda claridad, señalando: "Mi predecesor aumentó los impuestos sobre los más ricos. ¿Qué pasó? Se fueron". Eso fue efectivamente lo que ocurrió. Como es natural y era previsible. La economía francesa quedó detenida.

Por esa razón, Francia hoy está cambiando ese rumbo y en procura de reflotar la inversión rebajando significativamente su impuesto a la riqueza y estableciendo, además, una tasa uniforme para las ganancias de capital, con la esperanza de contribuir así a la reactivación de la economía que la nueva administración procura.

La eliminación del impuesto a los bienes personales no incluyó a los que recaen sobre la propiedad inmueble, que continuarán con un gravamen de entre el 0,5% y el 1,5% de su valuación. A mi modo de ver, eso es también regresivo. Los automóviles, barcos y el oro quedan como manifestaciones de lujo sujetos asimismo a ese tributo. Lo cual no es anormal.

La tasa para las ganancias de capital, dividendos e intereses a su vez disminuyó al 30%, tasa que cabe apuntar es menor que la que hoy existe en nuestro país y que sugiere que este tema el de la presión de esos gravámenes está ciertamente entre los que deberían reverse ahora.

De esta manera Macron cumplió con algunas de las promesas centrales que conformaron el evangelio de su campaña electoral. A ello Macron agregó la flexibilización de algunas normas laborales, su segunda gran promesa.

En esto último está enfrentando la oposición cerrada por parte del sindicalismo de su país, con amenazas de huelga general incluidas en la reacción adversa, lo que ha sido anticipado por todos.

Cuando la Argentina se apresta a revisar en profundidad su propio régimen tributario, lo que sucede en Francia no puede pasar inadvertido, salvando naturalmente las distancias.

La política tributaria debiera hoy moverse entre dos parámetros. El primero de ellos es que la disminuida inversión debe estimularse, con toda urgencia. Ocurre que sin ella no hay ni creación de empleo, ni crecimiento.

El segundo es en cambio de naturaleza redistributiva, pero debe estar siempre edificado sobre la equidad y nunca sobre el resentimiento, ni menos aún sobre el populismo. Si esto último se logra, los posibles excesos y errores debieran quedar de lado.

Nuestro país ha estado paralizado por 12 largos años de políticas económicas torpes y regresivas. Ante el resultado de las recientes elecciones intermedias, la hora de regresar al camino del crecimiento parece haber finalmente llegado.

La política tributaria será en más un instrumento esencial del amplio paquete de medidas a adoptarse para lograr el objetivo pretendido.

El presidente Macron es, para algunos, una suerte de versión francesa de Hillary Clinton. De allí que haya sido definido como populista de centro.

Es el presidente más joven de Francia desde la época de Napoleón. Desde el 2014 fue ministro de economía de François Hollande. Tras derrotar a la ultra-derechista Marine Le Pen, comenzó a desplegar su propio programa económico, basado en un recorte del gasto público y en la incentivación de la inversión privada. Prometió entonces bajar el gasto público, pero aún no lo ha hecho.

Si logra reducir la presión fiscal, estará obligado a cumplir esa promesa.

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