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La preparación del viaje presidencial a China

El presidente Mauricio Macri debería prever que su viaje a la onceava Cumbre del Grupo de los 20, cuyo desarrollo se efectuará entre el 4 y 5 de setiembre en la ciudad de Hangzhou, China, puede llevarlo a participar de facto en un escenario donde se ventilarán conflictos que exigen detallada preparación e importantes definiciones. Entre ellos, la seria y persistente crisis de sobre-producción industrial originada por el complejo engranaje proteccionista que aplican el gobierno de Beijing y otras naciones Asiáticas para sostener su creciente oferta de acero, aluminio, vidrios planos, cemento y astilleros, por sólo mencionar los casos más estudiados. Nuestro país sufre pero ignora los efectos de esa realidad. Al ser interrogados por los periodistas del programa ‘Lanata sin Filtro’ (27/4/2016), ninguno de los participantes del debate sobre cierta inversión oficial en la provincia de Córdoba, sugirió tratar el tema de la competencia depredadora que hoy existe en el mercado mundial, abriendo esta clase de concursos sólo a las ofertas construidas con precios no contaminados por acciones directas o indirectas de dumping o subsidio.
Antes de ese episodio, el lunes 18 de abril se efectuó en París un gran evento para hallar salida al prolongado desquicio que afecta, precisamente, al sector del acero. El gobierno de Bélgica y el Comité siderúrgico de la OECD, armaron un Simposio a nivel ministerial que atrajo, entre otras presencias singulares, la participación de la Secretaria de Comercio y del titular de la Oficina Comercial (USTR) de Estados Unidos, así como de la Comisionada de Comercio de la Unión Europea. Las ideas enarboladas en el debate por los gobiernos del Nafta (México, Canadá y Estados Unidos), la UE y otras naciones, no lograron impresionar a sus destinatarios. Tanto China como sus aliados volvieron a reconocer la importancia del problema, a deslindar sus responsabilidades en el entuerto y a bloquear cualquier atisbo de solución razonable. La discusión será retomada en el próximo G20.
La Argentina tampoco parece estar lista para discutir en detalle las implicancias del status de economía de mercado que China espera recibir a fin de año y puede determinar un colosal aumento suplementario de sus exportaciones de bajo precio e introducir efectos más nocivos sobre la competencia que regirá para las naciones del planeta que conducen su propia economía con apego a las reglas del capitalismo convencional (temas ya descriptos en notas anteriores de El Cronista y en un trabajo inédito que espera ver la luz en Agenda Internacional).
Estos y otros hechos obligan a entender a fondo cada problema y a determinar cómo y con qué fundamentos le conviene pronunciarse o guardar silencio al gobierno nacional, sin olvidar que en dichas batallas no hay actores neutrales.
En el plano bilateral, los Presidentes Macri y Xi Jinping parecen haber acordado trabajar en el sinceramiento, actualización y enriquecimiento de la cartera de proyectos existentes, a fin de purgar los elementos tóxicos que haya en la agenda común. Esta mirada ayuda a simplificar y resolver los temibles desafíos económicos que enfrentan por separado ambas naciones. George Soros acaba de comparar la actual situación de China con la que había en Estados Unidos al empezar la crisis financiera de 2008.
Al prepararse para el G20, es preciso recordar que la sobre-producción siderúrgica origina una formidable depresión artificial de precios que se asemeja a la que desde 2014 viene hundiendo el negocio mundial del gas y el petróleo (la tonelada de acero pasó de 1100 a bastante menos de u$s 400 y sólo en 2015 la rentabilidad global de la industria cayó en 20%, forzando el cierre de por lo menos 39 empresas significativas en América y Europa).
Los correctivos que sugiere el gobierno chino son ornamentales. Propone sortear la crisis mediante un recorte gradual, con efecto en el 2020, del 13% de su voluminosa y atomizada industria siderúrgica, la que hoy domina casi el 50% de la capacidad global de producción y sigue expandiéndose sin atender al clamor internacional (Asia en su conjunto controla más de dos tercios de esa misma producción). El arsenal proteccionista que usa Beijing incluye prácticas regulatorias y subsidios a la instalación de plantas; presencia determinante de empresas del Estado y una combinación de crédito, insumos y mano de obra artificialmente baratos. Semejante enfoque explica el excedente superior a las 700 millones de toneladas de acero (OECD), surgido de una capacidad de producción global de 2328 millones de toneladas y una producción efectiva que, en el 2015, apenas alcanzó los 1623 millones de tns (lo que supone el uso promedio de sólo 67,5% de la capacidad instalada).
Muchos gobiernos evalúan drásticas medidas para cambiar esa realidad. Si bien ninguno descarta alternativas, hasta ahora existe la idea de desalentar las importaciones depredadores sin usar salvaguardias comerciales (un mecanismo que tiene rígido techo temporal). Los grandes mercados se concentran en la modernización de las reglas antidumping y los derechos compensatorios aplicables a contrarrestar subsidios, sin perder de vista que son herramientas que producen efecto cuando el daño original ya ocurrió. También se intenta concebir un nuevo Acuerdo Multilateral encaminado a recortar la sobre-producción y eliminar la existencia de incentivos públicos, algo que no suena a gloria entre quienes se adueñaron del mercado global con voluminosos apoyos oficiales. Todos saben que este jolgorio debe terminar.

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