Contáctenos

A través de este formulario podrá dejarnos sus comentarios, sugerencias o inquietudes.

Dirigido a:

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Reportar Comentario

Estas reportando este comentario a la redacción de El Cronista.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Recomendar Nota

A través de este formulario podrá recomendar la noticia que esta leyendo.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

La mezcla de capital externo y tipo de cambio

Luego de la favorable resolución del trípode valor del dólar-mercado de cambios-cepo, surge una configuración sintetizable así: un bienvenido nuevo valor cambiario real (ponderable salto nominal), más alto, pero de alcance acotado (ver nuestra nota en El Cronista del 31/12/15); continuidad en lo inmediato de la fiscalidad laxa; énfasis en la aspiradora monetaria, con tasas nominales elevadas (con algunos retoques); una cierta presión de traspaso (remarcaciones de precios), que las autoridades buscan aliviar, corriendo un tanto desde atrás.

Para encarar la aguda restricción externa legada por la política de estos años, más todavía con un ciclo mundial embromado, y proyectar en el tiempo una perspectiva de crecimiento, ¿no es mejor un tipo de cambio real bastante superior, más cerca del tipo de cambio industrial? Por supuesto. Pero, en el contexto dominante, muy diverso del de 2002, hay severas contraindicaciones tácticas para el intento. Se habría requerido, probablemente, limitar esfuerzos para neutralizar excedentes de liquidez, usar tasas de interés menores, sumando una seria mordida de la laxitud fiscal. La política de ingresos (precios) habría enfrentado mayores presiones, y, seguramente, sin haber lugar para una baja tan fuerte de retenciones. En fin: una apuesta muy apremiada. En términos de Prat-Gay, más para un país en crisis, que para uno, supuestamente, con sólo una herencia compleja.

Entonces, estrategia de choque, pero no libre de un sello posibilista. Ahora bien: ¿hasta dónde llegar aquí? Hay dos horizontes envueltos. Uno, de corto, plantea si en lo inmediato el Banco Central no debería subrogarse a una posible demanda faltante (por motivos varios) en el mercado cambiario, y comprar divisas hasta cierto punto, buscando que el dólar se mantenga algo más firme, facilitando la operatoria exportadora. Factible respuesta: esto significaría malgastar pólvora de entrada. Talla también el criterio de que el Banco Central, se aduce, no se ocupa del tipo de cambio. Aunque, por qué no, in pectore, puede pensarse que una determinada cota cambiaria es útil al intento de suavizar precios.

El otro horizonte es el más largo. ¿En éste, aplica el criterio arriba citado? Con paritarias que asoman, ceñidos márgenes para la ordenación fiscal, y correlativas altas tasas para absorber (pesos)-disciplinar, el tipo de cambio real, en principio, aun en cuanto al modesto nivel de hoy, se vería en riesgo. ¿Cómo accionaría el Banco Central en un eventual contexto de este tenor?

Claro, el cambio nominal puede, por ejemplo, ser inducido de facto al alza por dos factores (entre otros), uno endógeno, y el otro exógeno. En lo primero, si el desenlace de las paritarias dista mucho de un perfil acorde con el esquema que se quiere aplicar, pueden agitarse presiones depreciatorias no triviales. En lo segundo, si el arduo ciclo económico mundial empeora aun más, también es probable esa clase de presiones. Una prueba aquí para el desenganche planteado por el Banco Central entre un shock externo y el ajuste del dólar por un lado, y el curso de los precios internos por el otro.

Igual, aun si esos factores no pesaran, restaría en pie el riesgo citado más arriba, acerca del nivel del tipo de cambio real, el que, en perspectiva, convendría que fuera hacia arriba, y no al revés. Un reto clave es relajar la escasez de dólares -instigada por la torpe política aplicada a partir de 2010- aun en medio de un ciclo externo espeso. En lo cual, es vital de cara a sensibles frentes -vgr., estructura productiva, empleo, etc.- la proporción en que calcen la apelación al aporte de capital externo (deuda e inversión, facilitados en su caso por un nuevo perfil que proyecte el país) y el posicionamiento del tipo de cambio real. En principio, el modo insinuado de acoplar la política fiscal y la monetaria, no es el más sesgado a favorecer al nivel del tipo de cambio real. Y sin olvidar el temor de que graviten altas tasas de interés medidas en dólares.