Martes  19 de Marzo de 2019

La industria argentina, con el agua al cuello

La industria argentina, con el agua al cuello

El Gobierno sólo está pensando en ganar las elecciones de octubre y seguir gobernando y maniobra por todos los caminos posibles. Elabora prácticas financieras, emprende viajes al exterior, donde vende productos de bajo valor agregado y procura con esos largos itinerarios, dicen los funcionarios, mejorar la imagen argentina en el exterior que estaba hecha trizas durante el proceso de Kirchner y Cristina Fernández, encerrados ellos en un discurso panfletario de populismo de pseudoizquierda pasada de moda. Aunque no tuvieran antecedentes para que se los considerara "progresistas". Basta seguir sus pasos por la gobernación de Santa Cruz. Fueron oportunistas, más que políticos.

¿Y este Gobierno? ¿Qué balance puede efectuar? No ha podido dominar la inflación, ha evitado el default a costa de la imposición de un programa económico que pone al desnudo las carencias esenciales de la sociedad argentina, y sigue soñando con milagros. Sus hombres sólo confían en la tecnología y en las redes sociales para imponer el criterio oficial, el ideario de los que manejan el timón, que es bastante reiterativo. Eso sucede mientras una consultora de opinión señaló que el 70% de los encuestados define el actual momento como "triste". Otro 70%, en tanto, considera que estos son tiempos donde debe sobresalir el realismo y no los ensueños.

De lo que no se habla es de la economía real, la de todos los días, la del trabajo y el empeño, la del empleo y los proyectos futuros. La industria está trabajando al 52% de sus posibilidades. Eso significa que o falta una política oficial sobre la industria o directamente nunca la tuvo. Se prometen créditos para la pequeña empresa a baja tasa de interés pero no aparecen. De todas maneras, la tasa sugerida sigue siendo alta, aunque esté por debajo de la inflación esperadas para el 2019, entre el 38% y el 40% anual.

El Gobierno calla frente al silencio de las líneas de montaje y los empresarios ya perdieron la confianza, no tienen expectativas, están como entregados. En la Casa Rosada esperan ansiosos los u$s 26.000 millones que entrarían por los frutos del campo.

Se vuelve entonces, de esa manera, al viejo paradigma de que una cosecha nos salva. Un viejo paradigma para un país que ya no existe, un país que ha duplicado su población.

A eso se suman renovadas incógnitas. En una muy reciente nota periodística el ingeniero Pablo Adreani se pregunta si esos dólares entrarán en su totalidad o esperarán los resultados de la contienda política de octubre. Adreani juzga que la política pegará fuerte en las alternativas del campo. A diferencia de los meses previos a las elecciones de octubre de 2015, en la actualidad la incertidumbre del resultado es mayor y la situación económica es peor. En 2015 se produjo una fuerte merma en la liquidación de divisas (de u$s 2950 millones a u$s 1141 millones de igual moneda). Recién cuando se supo el resultado los productores pusieron a toda marcha sus ventas. En una palabra : el factor político es decisivo. Las elecciones PASO previas también harán mover las agujas de la brújula. El campo no es una isla aparte del resto del país.

Más allá de todo este interrogante lo que está pesando es la primarización de las exportaciones. Con la carga impositiva el valor agregado ha quedado anulada. Y le ha hecho perder competitividad a muchos sectores vinculados con la actividad rural.

Es suficiente con recorrer las recientes declaraciones oficiales para comprobar que muchos funcionarios están en las nubes. El propio presidente Mauricio Macri declaró tras su gira por Vietnam y la India: " No sólo le podemos vender productos como granos sino también dulce de leche. Son grandes oportunidades de llevar el trabajo argentino afuera y no esperar que los de afuera vengan a arreglar nuestros problemas".

Por supuesto que se valora todo esfuerzo por conectar al país al comercio internacional pero no en base a contradicciones. Granos y dulce de leche no requieren gran cantidad de inversiones y tampoco necesitan mucha mano de obra. Bien se sabe que sin trabajo habrá más pobreza.

Marzo es un mes donde muchos tienen expectativas y esperanzas en el mundo de la política, aunque los sondeos de opinión señalan que lo que preocupa a la sociedad, además de la seguridad y la inflación, es la cotidianeidad y la sobrevivencia a lo largo del mes.

Por la casi nula preocupación del Gobierno, la industria nacional muestra sus peores porcentajes de los últimos tres lustros. Es, de algún modo, una vuelta al pasado.

Algunas compañías que están perdiendo ingresos por la merma del consumo están anunciando el peligro o la inminencia de la quiebra, otras obligaron a sus empleados a descansar por varias semanas pero pagándoles sólo el 70 por ciento de sus salarios. Un caso preocupante es la embotelladora de Coca Cola, otra es la empresa automotriz Peugeot y otra de la misma órbita FATE, fabricante de cubiertas (en reflejo directo por la significativa menor venta de automóviles). Las automotrices ya no saben que elemento de marketing utilizar para efectuar descuentos y conseguir clientes.

Hay especialistas que advierten que en estas elecciones sobresaldrá el tema del empleo. Si ha crecido, si las industrias vuelven a echar humo, si se han recuperado gran cantidad de puestos de trabajo la gente votará por el que le asegura que esa tendencia continuará.

El país tiene industria desde 1880, cuando los inmigrantes italianos de la pampa gringa construyeron en la provincia de Santa Fe las maquinarias para el campo en la pampa gringa. Todo estuvo rodeado de grandes polémicas en el Parlamento: si cuidar las industrias que iban surgiendo con proteccionismo o seguíamos con la libertad de comercio. Triunfó la última posición pero se conocieron estudios y expertos que respaldaban la acción del Estado en beneficio de las líneas de producción. Uno de ellos fue Alejandro A. Bunge, orientador de Raúl Prebisch y otro fue Federico Pinedo (abuelo del actual) quien en tiempos de los años 30, la de los conservadores, formuló ante la inminencia de la segunda guerra mundial un plan de sustitución de las importaciones.

Bunge determinó que hacia 1925 había 61.000 establecimientos industriales por el empujón inmigratorio, con 600.000 personas ocupadas. Ya en 1920 estaban creciendo la industria textil y varias pequeñas y medianas. Se reproducía la producción de aceites comestibles, la elaboración de cemento, las fábricas de conservas de tomates y de frutas, las de golosinas, de neumáticos y de artículos varios del caucho.

La industria nacional fue creciendo a los tropezones, padeciendo la ignorancia de los gobiernos. Perón se preocupó sólo por la industria liviana. Frondizi fue el que avizoró la necesidad de tener una infraestructura productiva eficiente y autónoma, ayudada por una mayor producción de petróleo, de gas , de electricidad. Después, con Onganía llegó Krieger Vasena que hizo lo imposible por desnacionalizar y volver al país de los granos y las vacas. Tuvo un discípulo llamado José Alfredo Martínez de Hoz. Nunca se vió, durante su gestión, un ataque tan alevoso a cualquier producto que fuera nacional. La publicidad televisiva y en cines de la silla hecha en la Argentina cuyas patas se rompían en el momento en que uno se sentaba fue todo un símbolo.

Con los que lo siguieron en el Ministerio de Economía pasó lo mismo, pero con un agregado : la nacionalización de las empresas del Estado y el favoritismo de empresas extranjeras en todo tipo de materia productiva. Eso se vio en las licitaciones.

Después de todo aquello continuó la ficción, la irrealidad y la jibarización de la industria nacional tras pasar por varias montañas rusas, promesas gubernamentales incumplidas, crisis financieras, el apretón del dólar, el surgimiento de la desconfianza y el escape de los fondos de los argentinos hacia el exterior. Algunos empresarios vendieron todo lo construido por sus abuelos y padres por millones de dólares que nunca figuraron en bancos argentinos.

La fuga de fondos nacionales supera ahora los u$s 250.000 millones. La ausencia de credibilidad en un futuro sereno lleva a que el mismo ministro de Hacienda Nicolás Dujovne tenga u$s 4 millones en el exterior que no figuran como ingresados al país. Entretanto la industria está olvidada y arrinconada.

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