La era de la ‘taradez': Scioli, Kicillof y las expectativas de devaluación

La paciencia del sciolismo con Axel Kicillof se está agotando. "Podría contribuir a la transición política dentro del mismo partido. Abrir una ventanilla de financiamiento, dar algún paso en dirección de reponer el stay en el juzgado de Griesa, aflojar un poco la emisión, o por lo menos apurar el canje de Boden 2015, en lugar de decir simplemente que va a pagar con las reservas los u$s 5.500 millones el 3 de octubre". Se queja un economista del oficialismo que milita por continuar en el poder. "Se la pasa hablando pavadas. Es un irresponsable", resume.

En el sciolismo dicen que, en caso de ganar la elección, la prueba de fuego para saber cómo jugará el kirchnerismo con la próxima administración serán tres leyes clave. La prórroga de la Emergencia Económica, y la derogación de la leyes cerrojo y de pago soberano -dos normas muy apreciadas del imaginario K-trámite clave para avanzar en una negociación con los Fondos Buitres y los holdouts, como prevé -aunque todavía no lo diga- el candidato oficialista.

Antes habrá otro escollo pintoresco. El envío del proyecto de Presupuesto 2016 al Congreso, el próximo 15 de septiembre, pondrá a prueba el talento del equipo de Kicillof como artistas plásticos de las estadísticas públicas y la necesidad de preservar en la despedida el relato keynesiano. Si se mantuviera la tendencia del primer semestre, este año cerraría con un déficit primario (antes del pago de intereses) de $ 120.000 millones, y un rojo financiero que superaría los 250.000 millones. Son las estimaciones conservadoras del Estudio Bein. La Ley de Administración Financiera impide al Gobierno enviar un proyecto de Presupuesto con déficit. ¿Cómo hará Kicillof para evitar incluir en el texto un brutal ajuste fiscal? Están evaluando dibujar un pronóstico de crecimiento elevado para tratar de cerrar la brecha de ingresos y gastos. Pero es una misión imposible si las exportaciones siguen cayendo, a un ritmo del 10%. Retocar las exportaciones para arriba no es tan sencillo: ¿A cuánto debería estar el dólar el año próximo -otra proyección del Presupuesto- para que las exportaciones volvieran a despegar? Aunque Kicillof suele subestimar a los legisladores, tantas inconsistencias serían advertidas por un estudiante de primer año de la Facultad de Economía. El ministro ordenó a sus colaboradores bajarle el precio al Presupuesto.

Las idas y vueltas de Kicillof con Ganancias y el proyecto de gravar las viviendas vacías para aumentar la oferta de alquileres tampoco fortalecen la candidatura del oficialismo. El puente de plata que el sindicalismo le tiende a Scioli contempla el compromiso del candidato de una revisión del impacto de Ganancias sobre los sueldos en una economía de alta inflación. Además, el próximo Gobierno -sea quien fuere- necesitará que los dólares guardados en el colchón vuelvan cuanto antes al circuito económico para financiar, por ejemplo, proyectos inmobiliarios. Hablar de un impuesto a las viviendas desocupadas en este contexto resulta una taradez, como lo admitió luego el propio Kicillof.

El récord de u$s 682 millones de venta de dólar ahorro en julio para evitar que el dólar paralelo se disparara por arriba de los $ 15, encendió todas las alertas. Más interesante es otro dato: como muestra el colega Claudio Zuchovicki, en el primer semestre del año pasado, el superávit comercial (los dólares genuinos que genera el modelo) alcanzó los u$s 3326 millones y las compras de dólar ahorro llegaron a u$s 846 millones. Entre enero y junio de este año la ecuación se dio vuelta: el superávit comercial se achicó a u$s 1232 millones y el dólar ahorro trepó a u$s 2856 millones. La dinámica de los últimos dos meses es aún más preocupante: las compras de dólar ahorro de junio y julio se comieron todo el superávit comercial del primer semestre del año. A los dólares autorizados por la AFIP hay que sumarle la demanda de divisas por turismo de argentinos en el exterior, que representan un monto similar.

El modelo productivo de matriz diversificada hoy genera una mínima fracción de los dólares necesarios (ahorro y turismo) para garantizar cierta estabilidad cambiaria, con una economía creciendo apenas entre 0 y 1%. Los dólares faltantes los aportó hasta ahora China (el préstamo por u$s 7300 millones en yuanes en las reservas compensó la pérdida de u$s 6500 millones de dólar ahorro desde febrero de 2014) más las colocaciones de deuda del Tesoro, YPF y provincias.

El problema es que a medida que se acumula atraso cambiario -no solo por la inflación local sino también por la devaluación en Brasil y de otros países de la región-existe menos capacidad de generar dólares propios mientras cada vez son más los pesos en circulación, lo cual alienta las expectativas de devaluación. Desde 2014, Argentina se encareció en dólares 9% (el tipo de cambio oficial se retrasó frente a la inflación), mientras que Colombia se abarató 25%, Brasil 19%, Uruguay 11,5%, Chile 11% y Perú 7%.

Aníbal Fernández dijo que si se quitaba el cepo el Banco Central perdería las reservas en 3 días. Es un error: seguramente el dólar oficial se dispararía, pero probablemente caería el paralelo, como consecuencia de una mayor oferta de dólares. Como no rige la convertibilidad, el Banco Central protegería sus reservas en lugar de venderlas baratas. Pero el sincericidio de Aníbal refleja el temor del Gobierno a salir de la trampa del cepo con el dólar atrasado como única ancla de la economía. Y mientras no haya otras anclas, ni confianza en la política oficial, mejor no ensayar nada. El único resultado sería realimentar la espiral inflacionaria, como el año pasado.

Ante este panorama Scioli tampoco se esfuerza por mejorar la economía electoral. El candidato dice que quiere ver cómo se ordena el tablero político el próximo domingo y tal vez después sus economistas salgan a emitir señales para revertir el deterioro de las expectativas sobre tres líneas de acción: la intención de abrir el financiamiento externo (léase un guiño a negociar con los holdouts), el objetivo de recuperar la solidez fiscal, y la necesidad de reducir la inflación para mejorar la competitividad. Tal vez sea poco para torcer la idea de que madura otra devaluación. Pero peor es no decir nada, como hasta ahora.

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