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La economía, ¿responsable de los desastres ecológicos?

Aunque la economía moderna se originó en la filosofía moral, con el paso del tiempo fue relegando la ética para adquirir un gran contenido técnico. Es curioso el caso de Adam Smith, considerado el padre de la economía moderna.
Si bien fue catedrático de Filosofía Moral, gran parte de quienes lo continuaron se desprendieron de la ética y lo identificaron con una postura libre de valores. Tras una mayor precisión y con algún grado de soberbia, pretendieron establecer leyes de comportamiento económico de carácter autorregulado, estable, permanente y de validez universal.
Al centrarse en los ‘medios’ en desmedro de los ‘fines’, David Ricardo comenzó un largo proceso de distanciamiento de la economía respecto a la ética. El utilitarismo, el marginalismo y la escuela neoclásica, que siguieron a Ricardo, adoptaron posiciones teóricas sin tomar en cuenta su carácter eminentemente social.
Pero en las últimas décadas, al palpar los daños ocasionados al ecosistema y las dificultades para atacar la pobreza y la desigualdad en los niveles de vida, la economía vuelve a tomar en cuenta la ética. Vale destacar el papel de la escuela neoinstitucionalista: Douglas North obtiene el premio Nobel de economía, en 1993, en buena parte por demostrar la vinculación entre el desarrollo económico y el institucional, con valores imperantes. Esta escuela entiende a las instituciones como normas, hábitos y prácticas que proporcionan una infraestructura social con el fin de crear orden, reducir la incertidumbre y brindar cauce al comportamiento humano en pos del desarrollo sustentable.
El Nobel de Economía Amartya K. Sen, escribe: "La economía puede hacerse más productiva prestando una atención mayor y más explícita a las condiciones éticas que conforman el comportamiento y el juicio humano". Queda patente la necesidad de modificar el ‘paradigma’ de la maximización de beneficios. En su Encíclica sobre el cuidado de la casa común, ‘Laudato Si’, Francisco afirma que la economía "no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia".
La ciencia económica, entonces, vuelve a entender su horizonte de mediano y largo plazo y, en consecuencia, reconoce las restricciones que exige el desarrollo sustentable.
El instrumental de la economía así como el de la ecología deben utilizarse paralelamente y simultáneamente con los principios éticos. La explotación de recursos y la aparición de desechos son problemas biofísicos que requieren de la ecología. La economía no puede asignar recursos en un sistema global que desconoce. En cambio, puede estimular al conjunto social a caminar con estilos de vida en consonancia con la renovabilidad de los recursos y la reducción de los desechos.
La crisis ambiental demanda que, cada vez más, la economía tome en cuenta la ética a través de un sistema de valores donde la integralidad del hombre se desarrolle en armonía con el medio donde se desenvuelve. En tal sentido, el concepto de desarrollo sostenible exige, desde los valores y la ética, el aporte global de la economía y la ecología.

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