La devaluación no es el problema real, sino el sueño eterno del dólar barato

Cuando una devaluación hace el trabajo sucio del ajuste, lo que debe asumir la sociedad es que sus dirigentes no fueron capaces de generar un diagnóstico consensuado tanto del problema como de su solución.

Para empezar, la Argentina no se puede autoevaluar sin mirar al resto del mundo. Los individuos creen que tener un peso caro (la contracara del dólar barato) es un derecho de los asalariados medios, como si esa capacidad para gastar fuera del país fuese un premio. Para una empresa que produce bienes exportables, ese contexto de salarios altos en dólares le quita rentabilidad y acorta su futuro.

El error inicial del Gobierno fue apelar a la deuda de corto plazo como herramienta para financiar su déficit, por entender que no tenía el margen político necesario para achicarlo. Liberar el movimiento de capitales tampoco ayudó, porque abarató el dólar pero la inflación subyacente obligó a tener una tasa de interés alta que atrajo fondos especulativos. Ante una inestabilidad global, el flujo se cortó y la vulnerabilidad argentina se transformó, una vez más, en la guillotina de sus propias aspiraciones.

Hoy el mercado es el que indica cuánto esfuerzo deben hacer los argentinos. El esfuerzo, sin duda, es mayor al que habría que haber ejecutado en un contexto ordenado. El equipo de Macri hizo apuestas audaces, y no las ganó. Metas de inflación draconianas con ajuste de precios relativos no eran compatibles.

Tampoco se podía esperar que el crecimiento generara los ingresos faltantes, porque esa suposición no puede ser parte de un plan. Lo extraño es que la macro, en pocos meses, va a lucir mejor de lo que se sentirá su sociedad. Menos déficit externo, déficit fiscal 0, menor necesidad de deuda y tipo de cambio alto atractivo para exportar y para invertir.

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