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La crisis del petróleo y la guerra contra el Estado Islámico

Irak desgraciadamente ha perdido control sobre una buena parte de su integridad territorial a manos del llamado Estado Islámico, que controla una amplia zona en torno a la segunda ciudad del país, Mosul, en el corazón mismo de la región en la que se concentra la población del país que pertenece a la versión ‘sunni’ del Islam, minoritaria en Irak.
Ocurre que Irak está en lucha abierta contra el fundamentalismo, en procura de evitar su expansión y con el objetivo último de recuperar el control sobre la parte de su territorio que hoy está en manos de la insurgencia enemiga.
Pero las cosas parecen estar adquiriendo un inesperado color de dramatismo si advertimos que la fuerte caída de los precios internacionales del crudo ha puesto a Irak en una situación particularmente delicada, por la enorme y repentina pérdida de recursos que esa situación ha provocado. Que es grave para un país en el que las ventas de hidrocarburos todavía proveen nada menos que el 90% de los recursos de su tesorería.
Hoy, buena parte de las debilitadas entidades financieras locales está en serios problemas; los hospitales operan en la mayor precariedad, casi sin recursos; y las fuerzas armadas y las de seguridad cuentan con efectivos a los que se adeudan meses de sueldos, lo que ciertamente no contribuye a que tengan una moral adecuada frente a la situación que enfrentan. Por esto hay huelgas y protestas, por todas partes. Y la desazón crece.
Ocurre además que Irak tiene unas ocho millones de personas que viven del Estado, como empleados o jubilados. La sombra de la bancarrota de pronto se ha estacionado sobre el asediado gobierno nacional iraquí. Por ello la disponibilidad de los combustibles subsidiados y hasta el mismo reparto gubernamental de paquetes de alimentos básicos a la población están en riesgo. La inversión púbica se ha paralizado y las obras se han detenido, esencialmente por falta de fondos.
Ante lo que sucede, la eficacia de la lucha armada contra las milicias del Estado Islámico hoy depende esencialmente de las contribuciones de algunos otros países que apoyan a Irak en sus esfuerzos bélicos. Lo que no es ciertamente el ideal, para nadie.
Las reservas iraquíes, que están el orden de los u$s 40 billones, suponen que se podrá sobrevivir, aunque en la precariedad, entre un año y un año y medio más.
El FMI -ante el nuevo cuadro financiero iraquí- está estudiando las distintas alternativas que pueden existir. Pero, en una nación que no tiene siquiera un sistema impositivo, todo es contingente. Frágil. Inestable. Frustrante.
La peligrosa situación financiera de Irak se describe fácilmente con grandes números. Esto es con sólo advertir que los ingresos iraquíes por ventas de hidrocarburos generan ahora apenas unos u$s 3 billones por mes, mientras que sólo el costo de los salarios que paga el gobierno nacional a su sector público es de unos 4 billones por mes. Hace apenas un año, los ingresos eran del orden de unos u$s 8 billones, lo que permitía a las autoridades seguir viviendo en el caos.
Pero las cosas han -de pronto- cambiado dramáticamente. Y no por efecto de las acciones bélicas. La prioridad para el gobierno sigue siendo la guerra y sus gastos, pero el enemigo tiene ahora un inesperado aliado: la inesperada crisis provocada por el derrumbe de los precios internacionales de los hidrocarburos y su impacto inmediato en el flujo de ingresos del gobierno nacional de Irak.

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