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La corrupción arrincona también al presidente de Sudáfrica

Imagen de EMILIO J. CÁRDENAS

EMILIO J. CÁRDENAS Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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La corrupción arrincona también al presidente de Sudáfrica

Dos de los presidentes de los llamados ‘BRICS’ están empantanados en temas de corrupción. Dilma Rousseff, la mandataria del Brasil, cuya situación es bien conocida a través de los medios y Jacob G. Zuma, el presidente de Sudáfrica, envuelto en un episodio bastante menos conocido entre nosotros, pese a que se arrastra desde hace años. Nos ocuparemos brevemente del caso de Zuma.

El problema que lo afecta tiene que ver con construcciones hechas con dineros públicos en su residencia particular, en Nkandla, a unos 400 kilómetros al sureste de Johannesburgo. Hablamos de ‘mejoras’ importantes, como instalaciones para la cría de ganado y gallinas, de una enorme piscina, de un anfiteatro, de un helipuerto y de un centro para recibir a los visitantes. Para el presidente Zuma todo ello era necesario ‘para su seguridad’, razón por la cual el costo de su construcción debían soportarlo los sudafricanos y no él.

En el 2014, el Defensor del Pueblo, que en Sudáfrica está encargado de combatir la corrupción, luego de una investigación profunda de lo sucedido, ordenó al presidente Zuma reembolsar al Estado buena parte del costo de esas insólitas ‘refacciones’. Porque eso es lo razonable, sostuvo, con razón.

Su decisión fue no obstante ignorada -e incumplida- por el presidente y la situación sin resolverse comenzó a indignar cada vez más a la gente y a avergonzar fuertemente al partido de gobierno, el ANC, que administra a Sudáfrica desde el 1994.

Como era de suponer terminó en manos de la justicia generando una causa impulsada por legisladores de la oposición que, a través de la Corte Constitucional sudafricana, se acaba de decidir -por unanimidad de sus once miembros- determinando que el presidente Zuma ha incumplido con la Constitución de su país, lo que es no sólo grave, sino absolutamente inusual.

Pese a ello, Zuma no renunció. Ni pidió disculpas. Como era de suponer, la oposición pide ahora el juicio político de Zuma, pero carece de los votos necesarios para ponerlo en marcha desde que el ANC controla al Parlamento sudafricano. Y ha protegido reiteradamente a su presidente en ese mismo ámbito, cerrando investigaciones de comités parlamentarios que nunca debieron interrumpirse.

El alto tribunal judicial aludido acaba de disponer concretamente que la Tesorería proceda a valuar las construcciones hechas en la casa particular de Zuma que nada tienen que ver con la seguridad del presidente en un plazo perentorio de 60 días y determine su valor, el que deberá ser reembolsado por Zuma dentro de los 45 días de que sea determinado.

Zuma está siendo además investigado por sus relaciones con una familia poderosamente rica de su país, la de los Guptas. A la que se lo acusa de favorecerla en sus negocios. Una vez más el conocido ‘capitalismo de amigos’, en toda su expresión.

Para Zuma, un episodio que lo debilita políticamente. No demasiado inesperado, desde que el tema se agita desde hace por lo menos dos años. De cara a las elecciones municipales de este año, puede costarle votos al ANC, cuyo prestigio ha ido disminuyendo con el paso inexorable del tiempo y el huracán de corrupción desatado por Zuma y sus amigos.

Zuma terminará seguramente pagando, en algún momento, todo o parte de lo que debe. Lo triste es que eso sucederá después de años de tratar abiertamente de evitarlo. Con descaro y a costa de su pueblo. Con sólo pensar en lo de Zuma nos vienen enseguida a la memoria compras de tierras valiosas hechas por centavos, traslados de muebles y útiles en aviones presidenciales, y contrataciones con empresas estatales que nunca debieron hacerse. Más de lo mismo. Para los BRICS, lo de Zuma nos recuerda aquello de que no todo lo que reluce es oro. Tampoco los BRICS, queda visto.