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La Organización Mundial del Comercio después de Nairobi

La Organización Mundial del Comercio después de Nairobi

Todo indica que llegó el momento de la verdad para los objetivos del ‘Programa de Doha para el Desarrollo’, como se denominó a la primera ronda de negociaciones comerciales multilaterales, lanzada hace ya más de catorce años en la Organización Mundial del Comercio (OMC). El organismo internacional que fija las reglas del comercio mundial.
Algunos avances en la Conferencia Ministerial en Nairobi, en diciembre de 2015, fueron sin duda pasos positivos para los países en desarrollo. Especialmente en rubros como subsidios a la exportación de productos agrícolas, el algodón y otros puntos que involucran a su vez a los países menos adelantados. Pero no todo lo que reluce es oro. Esos logros parciales también reflejan la imposibilidad de alcanzar un acuerdo amplio para liberalizar el comercio mundial en beneficio del mundo en desarrollo, como lo planteó la Ronda de Doha en 2001.
En Nairobi fue la primera vez que una Declaración Ministerial reconoce expresamente las divergencias sobre el compromiso adoptado al inicio de las negociaciones. El objetivo fue alcanzar un acuerdo comprensivo que posibilite una mejor integración en el mercado mundial para los países en desarrollo y menos adelantados, con especial foco en la agricultura. Pero esta iniciativa, sin embargo, se estancó, y muchos observadores la consideran clínicamente muerta.
Fue precisamente en Nairobi donde quedaron en evidencia las posiciones contrapuestas sobre la labor futura de la OMC en materia de negociaciones comerciales multilaterales. El intento de reconciliación se hace difícil. Y la brecha se abre entre quienes insisten en continuar con Doha para terminar lo que consideran una tarea inconclusa, y aquellos que prefieren aceptar el fracaso y mover al organismo hacia una nueva agenda. Esas divergencias dejan entrever que las posibilidades de éxito se desmoronan cada vez más.
Doha buscó acuerdos en casi veinte áreas de negociación, en base al consenso y al compromiso único (‘single undertaking‘). Ello significa que sólo existirá un acuerdo final, si hay coincidencias en cada una de las esferas de negociación. Esos principios ahora son cuestionados.
La Declaración final de Nairobi abre las puertas para que un grupo de naciones con intereses comunes inicie negociaciones sobre nuevos asuntos, no incluidos originariamente en la agenda de Doha. Y esta vez, sin requerir la aceptación de todos los países miembros. De ese modo, la idea de que Doha resultaría en un pacto global y único aceptable para todos se ha desvanecido.
El desenlace es que un grupo de países, en su mayoría desarrollados, promueven en su lugar un cambio de método de negociación que, a primera vista, resultaría en un enfoque más pragmático que el seguido hasta ahora. Tal es el caso de la firma de acuerdos parciales -sectoriales o plurilaterales- entre un grupo de gobiernos con objetivos comunes.
Pero esos enfoques conducen a la fragmentación del sistema, no son influyentes y cambian las reglas del juego. La flexibilización del compromiso único -acordado como base de negociaciones en 2001- dificulta la concertación y los ‘trade-off‘ entre los intereses contrapuestos de los países. Por lo tanto, no existen garantías para que se consideren las cuestiones más relevantes para los países en desarrollo y menos adelantados. Y tampoco, que los beneficios resultantes de la negociación se distribuyan en forma equitativa. Esto significa que, roto el equilibrio de la agenda de Doha, los países en desarrollo deben arremangarse la camisa y negociar un nuevo programa de trabajo.
Ante ese panorama, es importante que nuestro país se prepare para definir sus intereses sobre cuestiones que hasta hoy no integraban la agenda multilateral. Probablemente, las recientes iniciativas regionales y mega-regionales, como el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), sean una indicación de esos asuntos que incluirían inversiones, competencia, comercio electrónico, propiedad intelectual, servicios financieros y cuestiones laborales, entre otros.
Nairobi transformó el mandato de Doha, creando un nuevo escenario de negociación. Por lo tanto, exige concentrarse en diseñar estrategias nacionales para identificar las oportunidades y desafíos que planteará una nueva agenda del comercio multilateral, en una OMC pos-Doha.

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