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Kovaleskaia, una mujer obligada a casarse para estudiar y revolucionar las matemáticas

Como en otros órdenes de la vida, las mujeres tuvieron que dar una ardua lucha para poder cultivar la matemática. A pesar de los prejuicios de sociedades marcadamente patriarcales, muchas de ellas lograron superar esos escollos y dejaron su huella en la historia de la ciencia. En el ejemplo de una de ellas rindo homenaje a todas las que día a día contribuyen al conocimiento humano y a la bella tarea de difundirlo.

Sofia Kovaleskaia nació en 1850 en Rusia en el seno de una familia aristocrática. Tenía prohibido leer y menos aún escribir poesía que era lo que realmente le gustaba. Su interés por las matemáticas comenzó en forma curiosa. Vivía en un lugar alejado de Moscú, cerca de la frontera con Lituania y la provisión de papel para empapelar era escasa. A falta de otro, su habitación fue empapelada con unos apuntes de matemática. Sofía los leía con avidez, primero sin entender mucho pero pronto empezó a dominar los elementos del análisis matemático.

Estaba prohibido para las mujeres asistir a la Universidad en la Rusia zarista de aquel entonces de modo que decidió estudiar en el extranjero. El inconveniente que le surgió entonces era que una mujer soltera, no podía transitar sola por Europa. La solución a este problema fue acercada por su amigo Fiodor Dostoyesvski, autor, entre muchas otras obras, de ‘Crimen y castigo’: arreglar un matrimonio de conveniencia con Vladimir Kovalevsky, un joven estudiante de geología que tenía pretensiones de estudiar con Charles Darwin que por entonces ya había cobrando notoriedad por su teoría de la evolución. La terminación ‘aia’ del apellido de Sofía quiere decir ‘señora de’. Su apellido verdadero era Corvino y descendía del rey húngaro Matías Corvino que vivió en el siglo XV.

Una vez casada con Vladimir marchó a Alemania, a la Universidad de Heildelberg donde apenas consiguió que la admitieran como oyente y luego a la de Berlín donde ni siquiera como oyente fue admitida porque, según la creencia académica imperante, el acceso al conocimiento estaba vedado a seres inferiores. Le pidió a uno de los mejores del momento, el gran Karl Weierstrass, que le diera clases particulares. Para sacársela de encima, éste le dio unos problemas bien complejos capaces de desmoralizar a cualquiera. Recibió como respuesta no solo los problemas bien resueltos sino ideas nuevas que el maestro no conocía. A los pocos años se convirtió en la primera mujer en el mundo que se doctoró en matemáticas pero no obtuvo cargo en Berlín ya que, a pesar de sus dotes, no le estaba permitido enseñar lo que sabía por su condición de mujer. Su aporte principal a la matemática fue en el área de las ecuaciones diferenciales. El teorema que hoy lleva su nombre fue fundamental para el desarrollo de la ciencia durante el siglo XX.

Sofía volvió a Rusia en busca de un trabajo que no encontró. Se dedicó a la literatura y se reencontró con su esposo Vladimir con el que tuvo una hija. Poco tiempo después su marido se suicidó después de haber dilapidado la fortuna propia y la de Sofía que había heredado de su padre.

Con su hija a cuestas obtuvo en 1885 una cátedra en la Universidad de Estocolmo, siendo la primera mujer en obtener un puesto así. Un dramaturgo sueco, cuyo nombre no merece ser recordado, escribió a su llegada: "Una mujer profesora de matemática es un fenómeno pernicioso y desagradable, incluso, se podría decir que es una monstruosidad". Tres años después recibió el premio Bordin de la Academia de París dotado con 3000 francos. El lema que usó para ocultar su identidad en el concurso fue: "Di lo que sepas, haz lo que debas, pase lo que pase". El concurso premiaba al mejor trabajo sobre el problema de la rotación de un cuerpo rígido alrededor de un punto fijo del que poco se sabía. Un estremecimiento corrió por el auditorio cuando se anunció que el premio lo había ganado una mujer. Por la calidad del trabajo presentado, se elevó el monto a 5000 francos.

Dijo una vez: "Es imposible ser matemático sin guardar a un poeta en el alma". En su caso esta frase se hizo realidad porque realizó varias incursiones en literatura cumpliendo así con su sueño de niña.

Murió muy joven, a los 41 años, de neumonía. No tiene desperdicio el comentario que hiciera el Ministro del Interior ruso y explica un poco la inminente caída del régimen zarista: "No es para tanto, al fin y al cabo sólo se ha muerto una nihlista". Sofía nunca ocultó sus ideas políticas y fue una activa defensora de los derechos de la mujer. El nihilismo ruso de finales del siglo XIX representó una reacción contra las antiguas concepciones religiosas. Los jóvenes nihilistas de aquella generación, combatieron y ridiculizaron las rígidas ideas de sus padres. Poco tiempo después llegó la Revolución de 1917.

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