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La intervención al Indec pasa a primer grado: sexto año de inflación dibujada

Será un cumpleaños sin globos ni guirnaldas. Tampoco velitas y mucho menos regalos. Es que el niño creció. Pero hay poco para festejar. Cumplió seis, ya entra a primer grado. Cómo pasa el tiempo... pero no la inflación.

Para el Indec, la inflación es casi siempre la misma. En los últimos 30 meses (desde abril de 2010) se ubicó entre 0,6% y 0,9%. Y desde que comenzó la intervención (en diciembre de 2006, con el primer dato “sospechoso” en enero de 2007) sólo en cuatro de los 71 meses en cuestión el aumento del costo de vida superó el 1% mensual.

Aunque para las consultoras privadas y algunos institutos de estadísticas provinciales hace al menos dos años que los precios trepan en torno al 2% por mes.

Si bien la intervención del Gobierno al Indec inicialmente fue un hecho que impactó a la opinión pública, a esta altura –transcurridos seis años–, se ha transformado en una metáfora de la Argentina como sociedad.

Relata mucho más que la falta de respeto a una institución que supo ser ejemplar y reconocida a nivel mundial. Habla de los problemas para manifestarnos como sociedad civil, de la impotencia de la oposición política ante el avasallamiento del Ejecutivo sobre organismos autárquicos, y de la complicidad de la Justicia argentina, que en seis años hizo la vista gorda ante las repetidas denuncias sobre la situación en el instituto de estadísticas.

Para los economistas la intervención al Indec y la manipulación de estadísticas básicas como la inflación o la tasa de crecimiento del país es un hecho particularmente grave. Como dejar a un médico sin instrumentos para realizar un diagnóstico. O a un navegante sin brújula.

No bastó el informe de los expertos de cinco universidades nacionales (UBA, Mar del Plata, Rosario, Tres de Febrero y Tucumán) designados por el propio gobierno nacional (decreto presidencial 927 de 2009) que integraron el Consejo Académico de Evaluación y Seguimiento del Indec, para convencer al Ejecutivo de su propia farsa. El voluminoso informe al que arribaron, de casi 500 páginas (entregado en noviembre de 2010 al entonces ministro de Economía, Amado Boudou, ahora vicepresidente), fue contundente a favor de la evidencia de una manipulación en las estadísticas públicas. Pero ese trabajo hoy descansa en algún cajón, bien guardado, del Palacio de Hacienda.

La presidenta Cristina Fernández coronó estos seis años de parodia inflacionaria con su gira por EE.UU. en septiembre del año pasado durante la cual aseguró que “si la inflación fuera del 25% el país estallaría”. Y aprovechó para cuestionar en su propia tierra la veracidad de los aumentos de precios que divulga el gobierno de Barack Obama. El directorio del FMI, mientras tanto, tuvo paciencia con la Argentina. Pero prepara su veredicto para las próximas semanas.

En rigor, a esta altura la manipulación de la inflación ya es una anécdota. Un dato que ni siquiera genera demasiada indignación en la opinión pública. Se transformó en un ritual de la obstinación gubernamental que la sociedad contempla pasivamente. Casi con resignación.

Los verdaderos costos de esta inflación radican en que al no reconocerla, el Gobierno tampoco la combate. Y en economía se pueden evitar muchas cosas, menos las consecuencias. El aumento incesante de los precios hace tiempo que le “pasa factura” al modelo K. Se percibe en la desaceleración del consumo, la falta de competitividad cambiaria que complica exportaciones y desprotege la industria interna (y por lo tanto afecta al empleo) o en la ausencia de inversiones del exterior, por citar algunos casos.

Enero de 2013 nos encontrará con un nuevo “aniversario” del Indec ¿El séptimo de la intervención o el primero de la “normalización”? Del Gobierno depende.