Martes  23 de Junio de 2020

Empresarios malos y Estado bueno: falacias, contradicciones y una montaña de impuestos

El sector de alimentación, higiene y limpieza del hogar representa 32% del gasto de los argentinos. Y la mitad de lo que se paga son impuestos. Pero en el sector más importante para los bolsillos argentinos hay enormes inequidades fiscales.

Impuestos en la Argentina: cuánto pagan en realidad los alimentos

El sector de la alimentación, perfumería y limpieza representa 32% del gasto de los hogares argentinos. Porción muy sensible si se la relaciona con el PBI nacional. En épocas de bonanza, crece por encima de éste; en tiempos de crisis, cae muy por debajo. Por lo tanto es un sector más que testigo ante la actual coyuntura –aunque más que temporal es estructural- económica.

Frente a otros gastos del hogar –como alquileres, impuestos, educación, movilidad- es  uno de los más elásticos al momento de ajustar o expandir. Por lo tanto resulta un sector testigo al momento de analizar la economía de un país.

Crisis económica, impacto social, gasto público y presión fiscal son variables relacionadas al mismo problema. Redistribución, inversión, competitividad de los sectores públicos y costo político son la contracara.

El Cronista consulto a economistas, empresarios y consultoras expertas del sector de la alimentación y la opinión pública para describir la compleja trama tributaria del país. 

El sector de la alimentación, perfumería y limpieza representa 32% del consumo en Argentina

En período pre pandémico, las proyecciones de la Consultora Scentia estimaban a este sector un volumen mensual de $ 300.000 millones mensuales.

Los productos perecederos (alimentos frescos, carnes, verduras, frutas y productos de granja) constituyen $ 180.000 millones al mes, esto representa el 60% del gasto. Limpieza, bebidas con y sin alcohol, alimentos, desayuno, higiene y cosmética  representan el 40% restante.

Si se analiza la distribución por canales, 36,3% lo hace por intermedio de los supermercados regionales, nacionales e internacionales. Siguen muy de cerca los autoservicios independientes, siendo la mayoría los de origen asiático, con 34%. Los comercios tradicionales –almacenes, quioscos, carnicerías, verdulerías, entre otros- alcanzan 17,6% del mercado. El resto se distribuye en farmacias, familias que compran en mayoristas y el e-commerce.


Estas participaciones son conformadas a partir de grandes promedios. Una encuesta de opinión nacional de abril de este año de la consultora Marketing & Estadística SRL, indaga sobre “Canal de compra habitual de alimentos y productos de limpieza”. Las participaciones en las categorías de perecederos bajan considerablemente por parte de los supermercados frente a otros canales. Las frutas y verduras en estas superficies solo son elegidas por 5% de los consumidores. Las carnes, 14% y pollos, 12%.

El director ejecutivo de Marketing & Estadísticas, Sebastián Lopes Perera, sostiene respecto a nuevos canales de distribución que “estos últimos años está creciendo una nueva categoría de comercios. No tienen un nombre específico. Pero se engloban en 'distribuidores'. No son tradicionales, no son de barrio, no son mayoristas. Son distribuidores de bebidas, de fiambres, de pollos, de cerdo, entre otros”. 

La falacia empresarios malos y estado bueno

El especialista en políticas públicas y temas fiscales Santiago Montoya pone blanco sobre negro sobre las inequidades en temas de contribución: “Si se mira livianamente, se puede decir que la presión tributaria sobre PBI es de 32%. En términos comparativos con otros países no parece mucho”.

Pero si atendemos que 35% del PBI –aclara el economista- incumple en distintos grados con el pago de impuestos y de salarios 100% registrados, la presión que reciben los que si cumplen es de las más altas del mundo, entre 48% y 52%. Cuando se piensa que se puede aumentar impuestos, la realidad es que es cobrando más a los mismos de siempre”.

La informalidad en el país comparada con la de economías maduras es sideral. “Siempre hay algo no registrado –apunta Montoya- por ejemplo en el Reino Unido es de 3%. Por lo tanto la recaudación es similar a la presión tributaria. Acá la informalidad alcanza, siendo benignos y con distintos matices, al 35% del PBI”. 

Santiago Montoya, especialista en temas fiscales

El empresario textil y economista Teddy Karagozzian establece un paralelismo entre la realidad argentina y ese arquetipo de héroe y forajido del folclore inglés medieval que fue Robin Hood. “En esa novela, la gente odiaba al recaudador, pero se olvidaba de que lo hacía para el rey”.

En la Argentina –sostiene Karagozzian- todos los impuestos se cargan sobre el producto y los servicios y esto es una locura. Castigan el consumo y  la producción. Y es lo que pasa cuando se gravan los productos, salarios y servicios. En la Argentina, los empresarios somos el recaudador del Estado”.

Son los bienes esenciales y más necesarios para la gente los que están soportando la mayor presión fiscal. Servicios básico como la luz y el gas, combustibles, telefonía, garantizan que su consumo indispensable se produzca y de esta forma se asegura el cobro de impuestos.Si tomás todo el ciclo de producción y comercialización de cualquier producto de la alimentación, 50% de lo que estás pagando son impuestos”; sostiene el economista.

El empresario textil publicó a fines del año pasado el libro “Revolución Impositiva”. En éste sostiene que las normativas impositivas son infinitas: municipales, provinciales, nacionales. “Es una maraña que nadie sabe si no está en falta en alguna. El Estado argentino antes de que uno venda te cobra  impuestos. Comprás una máquina para producir y antes de que funcione ya estás pagando el IVA. Es una locura, es ilógico sin saber si tendrás utilidades o no, el Estado cobra adelantos de ganancias”.

Revolución Impositiva fue publicado a fines del año pasado.

Para Karagozzian, “la solución es bajar impuestos a los productos de consumo que generan empleo de calidad, que es el privado, e incrementar lo que pagan las propiedades. En Estados Unidos, el impuesto es sobre la propiedad pues no importa de quién sea, no importa si es una sociedad o persona física, una ONG o un dueño extranjero, toda inmueble tiene un dueño. Es del 2% más o menos y en la Argentina, de alrededor del 0.3%”.

Las distorsiones fiscales generan desventajas comparativas para los que cumplen

A principios de los años 80, el supermercadismo era una industria incipiente y creciente. Estas superficies cumplían tres grandes promesas: todo en un mismo lugar, compra lúdica y precios bajos. Este canal que se autodenominaba como moderno llego a fines de los 90 a tener 50% del total del mercado y con en EBITDA de 10 puntos o más. Además de esta sustentabilidad, existía pleno cumplimiento fiscal y laboral en todos los puntos del negocio.

La actual realidad de esta industria, que arrastra varios años, es opuesta si se la compara con su momento de su esplendor. A pesar de que en los últimos 17 años abrieron nuevos puntos de venta “metiendo” metros al mercado, pasaron de los casi 51% de share a los actuales 36%. 

Teddy Karagozzian empresario textil y economista

En este periodo de tiempo irrumpieron los autoservicios independientes y asiáticos que hoy se ubican solo a dos puntos del canal supermercadista con 34% de mercado. También se fortalecieron los formatos de cercanía tradicional como carnicerías independientes y verdulerías.

Las claves en el retail son las condiciones de compra y las eficiencias operativas. Resulta casi inexplicable como un supermercado asiático que compra de modo individual o una verdulería de barrio sean más competitiva que estas cadenas.

Las causas de pérdida de competitividad se concentran en tres puntos: el impuesto al trabajo formal, la presión tributaria que se concentra en los actores “visibles” y estructuras de costos pesadas y de escala que no se ajustaron oportunamente.

El gasto de personal para los supermercadistas representa 16% del total de sus ventas. “Sin embargo -sostiene Santiago Montoya-, de esos 16 puntos porcentuales el empleado recibe en su bolsillo 10 puntos. Esto es la peor ecuación, un costo muy alto para el empresario y un beneficio bajo para el empleado. Es un claro impuesto al trabajo registrado”.

Para el académico y economista Carlos Rodríguez, “lo peor es que estos impuestos no van a inversiones públicas, sino a gastos corrientes. Se generan más y más sueldos de mala calidad que son paliativos. No pensemos en mejores sueldos para prestadores de servicios públicos como educación, salud o seguridad sino a una maraña de planes o beneficios sin contraprestaciones”.

Gasto público y presión fiscal son las dos caras de la misma moneda. “El incremento del gasto público de forma tan creciente es un fenómeno de estos últimos 15 años”, sostiene Rodríguez.

Según un informe del Ministerio de Hacienda con fecha 2017 y que tiene como fuente la Dirección Nacional de Política Fiscal y de Ingresos, en 2004 el gasto público pesaba 26,6% del PBI. En 2017, fecha del paper, era de 46,3%. “Sin lugar a dudas, este gasto es mayor en la actualidad”, pronostica el académico.

Quienes pagan y quienes no

La tremenda crisis del 2001 desemboco en la generación de cuasi monedas provinciales y la generación –por exclusiva supervivencia social y de auto empleo-  de mercados alternativos irregistrables y espontáneos.

Para Santiago Montoya, las cuasi monedas generaron contabilidades paralelas: “Por ser 100% físicos, generaron enormes mercados en negro. El control fiscal era imposible. Como ejemplo de tantos otros sectores informales, la Salada fue un portal a otra dimensión, donde algunas formales se contactan con sistemas totalmente informales”.

Carlos Rodriguez, economista y académico

En un contexto de crisis social -inédita en la historia- es que surgieron sistemas totalmente por fuera de los formales. Ferias, clubes de trueque, pequeños negocios totalmente informales como formas de supervivencia.

El gasto público comienza a crecer de modo exponencial en busca de generar mecanismos de contención social, que a su vez requieren de más impuestos y las empresas formales (pymes y grandes) se transformaron en elefantes blancos. Objetos fáciles de cazar y cargarlos de más y más presión tributaria, elementos que en definitiva se transformaron en claras desventajas.

Sebastian Lopes Perera, Director Ejecutivo de Marketing & Estadistica.

Para Santiago Montoya, no se trata de blancos y negros, sino que “resulta tan pesada la carga tributaria para comercios pequeños o independientes que resulta más atractiva la informalidad -con todo el riesgo que eso tiene-  que la seguridad y tranquilidad de pagar todo".

"El Estado sabe que si esos comercios cumplieran con todas las normas fiscales deberían cerrar y en un contexto de crisis social como vivimos no les conviene en términos electorales”.

Para el economista, la Argentina tiene “políticas tributarias con poca capacidad efectiva de cobrar. Siempre son los mismos que tienen más y más presión fiscal. La justicia tiene también mucho que ver con que no se pague, porque no se aplica lo que dice la ley”.

El quid es saber cuáles son los sectores que soportan toda la carga tributaria. Si se mira al sector de la alimentación, higiene y artículos del hogar, son los no perecibles -que representan 40% de ese mercado-, a los que por escala y trazabilidad les resulta imposible tomar “atajos” en materia fiscal y laboral

Respecto de los sectores productores y elaboradores de “perecibles” (alimentos frescos, carnes, verduras, frutas y productos de granja) que representan un volumen mensual de $ 180.000 millones, comienzan los “grises” en materia laboral y fiscal. Mientras más industrial sea el proceso –lácteos, quesos, fiambres, carnes- mayor seguridad fiscal. Mientras menos intervención industrial tenga, mayor fragilidad tributaria se observará.

La formalidad de los canales de distribución tiene parangón con lo anterior. Los más visibles y trazables como mayoristas, supermercados y farmacias, registran sueldos, compras y ventas con 100% de trazabilidad. Por capilaridad –y hasta por cierta condescendía social y política- resultan los otros canales que pueden tener zonas de “grises”. Entre expertos del sector existe cierto consenso respecto a que si estos otros canales cumplieran todas las normativas serían inviables en términos económicos.

Como epílogo de este artículo, el prólogo de “Revolución Impositiva” de Teddy Karagozzian puede representar una buena síntesis; “La Argentina no es pobre y no es rica; está mal administrada, pues su sistema impositivo promueve el mal comportamiento de los factores de producción y desordena, desalinea y anula la acción y la capacidad de los argentinos, que no somos ni mejores ni peores que el resto de los habitantes del mundo, pero que lidiamos con un mal sistema”.

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