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Hay que mover la rueda pero persisten las dudas sobre qué empujar primero

La pregunta que se hacen hoy analistas y empresarios es si el tiempo que falta para que la economía muestre signos de mayor vitalidad alcanzará o no para aplacar las tensiones sectoriales. Hasta el momento, la promesa de que la inflación viene en baja sirvió para moderar parte del malhumor social, pero no para diluirlo.

El Gobierno confía en que el número que difundirá el Indec correspondiente a agosto será todo un hito: es probable que se ubique debajo de 1,5%, gracias también a la ayuda circunstancial del fallo de la Corte Suprema sobre el aumento del gas, que le restará 0,7%.

Pero todavía hace falta algo más. El 9,3% de desempleo registrado en el segundo trimestre del año blanquea una situación que no captaba del todo el viejo índice, es cierto. Traduce, no obstante, un dato crítico: 800.000 personas salieron a buscar trabajo para tratar de empatar la caída de 7,3% en el ingreso real de los hogares verificada en el primer semestre, según datos recopilados por la Fundación Mediterránea. Una cuarta parte lo consiguió, y el resto engrosó la desocupación. La tasa de actividad, que refleja la cantidad de personas que trabajan y también las que buscan un empleo, aumentó fuertemente entre las mujeres y los jóvenes.

Las peleas sectoriales (desde la guerra de las tarjetas a las protestas de los productores regionales) son la evidencia palpable de una economía frenada en la que todos buscan los márgenes de rentabilidad que no da el consumo. La tasa de interés hoy es un engranaje de la política antiinflacionaria, aunque algunos esperan que el BCRA esté dispuesto a bajarla para liberar algo más de oxígeno financiero. Para que eso suceda, el Central también debe recibir certezas sobre precios clave como el de la energía y los flujos futuros de dólares. Las expectativas son un puente que necesita ser sostenido con algo más que optimismo.

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