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Gastar bien no sólo supone gastar menos

Aunque ningún gobierno suele privarse de ejercer el derecho a reorganizar el Estado, rara vez los cambios definen la cuota de responsabilidad que intenta cubrir la actividad oficial, cómo y por dónde habrá de brindarse determinado servicio y hasta qué punto las cosas serán manejadas por quienes exhiben la indispensable capacidad para asumir el desafío. La mayor parte del Estado argentino tiende a ser alérgico a la noción de respetar seriamente las ideas o las carreras profesionales. Sus planteles fueron adiestrados para complacer al que manda, no para dar respuesta a las necesidades del contribuyente.

Estas reflexiones cobran mayor actualidad ante los indicios de que la gestión del Presidente Mauricio Macri se encamina a reducir el gasto oficial apelando a la fusión de Ministerios y organismos subalternos; al ajuste de las empresas del Estado y a suprimir programas superpuestos o de bajo impacto social, objetivos tan generales como legítimos. Pero, según vienen las cosas, los anuncios dicen mucho más acerca de la inquietud por bajar la erogación fiscal, que sobre la calidad que tendrán las medidas. Sobre todo dicen poco acerca de cómo quedarán aquellas áreas donde hace falta personal bien terminado y con experiencia, en las que resulta insostenible preservar la sensación de que el Estado es la escuela más cara del país o el seguro de desempleo de algunos interlocutores de la política.

Ello nos devuelve a ciertas pujas eternas y artificiales del gobierno, como la reiterada superposición de tareas vinculadas con la promoción del comercio exterior y las inversiones. Hasta la llegada a escena del Secretario de Comercio Guillermo Moreno, este gran tema había sido zanjado con éxito. Faltaban políticas, pero no había escasez de capacidad instalada ni confusión de roles.

Desde diciembre de 2015, la Cancillería y el Ministerio de Producción (y otras áreas del gobierno) se empeñaron en controlar, a través de una guerrilla de organigramas que carecen de fundamentos y funcionalidad, la primacía de esas responsabilidades. En los hechos, ninguna de las conducciones hizo bien los deberes. La Cancillería porque, a pesar de tener los equipos indispensables, aún no encontró el impulso y el camino para ordenar sus acciones, fijar objetivos realistas y adaptados al nuevo escenario mundial y montar con visión profesional las áreas ya definidas. El Ministerio de Producción porque no parece tener planteles con experiencia y alcance adecuado, ni tampoco un mirada multidisciplinaria del escenario internacional. El único sustituto de la experiencia, es mayor experiencia. Todos porque sin competitividad económica resulta difícil o imposible exportar bienes y servicios con creciente valor agregado, ni competir con la oferta importada en el mercado nacional.
Tanto la Fundación Exportar, como el alma melliza creada en el Ministerio de Producción carecen de vida real. Nadie asiste seriamente a las Pymes. La Cancillería tiene varias direcciones concebidas para promover la exportación, pero son estructuras de papel. Algo similar ocurre con las áreas respectivas encargadas de promover las inversiones y el comercio (el organismo descentralizado que figura en el organigrama de papel que concibió la cartera que maneja Francisco Cabrera).

Es difícil encontrar racionalidad, eficiencia y un planteo totalizador en esas propuestas. Poner plata buena del Estado en carpetas sin respaldo, carece de todo sentido económico y político.

Una respuesta inicial y administrativa residiría en devolverle plena responsabilidad y rango jerárquico a la Cancillería para concentrar la coordinación y unificación tanto de los programas como de las acciones de promoción comercial de las áreas que concibió para atender esos asuntos, lo que naturalmente incluye las gestiones contempladas por cada provincia. Ello supone reconocerle sin vueltas su responsabilidad primaria en el tema y trazar claras pautas operativas con el objetivo de definir las funciones que ejercerá cada unidad a nivel nacional e internacional. Con similar criterio de funcionalidad, el Ministerio de Producción debería concentrar, unificar y asumir la responsabilidad primaria de la Agencia Argentina de Inversiones.

Esa simple división de espacios no supone excluir el diálogo permanente y obligatorio a nivel inter-ministerial, ni desligar al Ministerio de Relaciones Exteriores de la necesidad de ponerse las pilas y dirigir con tono muscular el conjunto del frente internacional que no cubre el Ministerio de Hacienda y el de Finanzas. Sólo importa eliminar superposiciones operativas y temáticas, evitar duplicaciones y poner fin a las disputas de kiosqueros que son tiempo y gasto político muy mal empleado.

Es una forma de mostrar que el gobierno puede sonar como una orquesta, no como un ruido molesto.

 

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