PUNTO DE VISTA

Futuro de Brasil, reformas pendientes y la chance de salir de su laberinto

En julio de 2011, y ante el optimismo de un Brasil que se percibía como parte de las economías potencialmente más relevantes del mundo, reconocidas por el acrónimo BRICs junto con Rusia, India y China, escribí en El Cronista una nota titulada "¿Brasil, un país de otro planeta?". Allí planteaba la preocupación sobre el futuro de nuestro gran socio comercial que, si bien presentaba razonables bases macroeconómicas, también se caracterizaba por su baja productividad y competitividad, pobre sistema educativo, inequidad y débil infraestructura.

Desde entonces Brasil no ha podido salir de su laberinto y no se ha desempeñado de acuerdo con aquellas expectativas optimistas. Los factores estructurales que hacen a su futuro continúan siendo pobres (competitividad, 80 entre 137 países y capital humano, 77 entre 130, ambos en ránkings del WEF; innovación 64 entre 126, de acuerdo con el ránking del WIPO). A su vez, su productividad se encuentra estancada y con tendencia negativa (desde 1980 la misma creció 21% mientras los Estados Unidos lo hizo 76%). La tasa de inversión en relación con el PBI es baja, 17,5% cuando el promedio mundial es 24% y la de ahorro nacional asciende al 15%, contrastando con países medianamente ahorrativos como Australia, 21%, o altamente ahorrativos como Corea, 36%. Brasil es un país globalmente cerrado: su comercio total representó el 24,2% de su PBI en 2017, un nivel similar al de Argentina, 25%, y muy por debajo de la mayoría de los países de la región como Chile, 55,7%, Colombia, 34,9%, Perú, 46,9%, o Uruguay, 40%.

Si bien en los seis años transcurridos desde 2011 su PIB en dólares decreció el 1% y su ingreso per cápita 6%, las condiciones macroeconómicas presentan un panorama aceptable. En 2017, el PIB creció 1%, la inflación cayó a mínimos históricos de 2,9% y el Banco Central redujo las tasas de interés de 13,75% en 2016 a 7%. Su balance comercial es superavitario en u$s 64.000 millones, las reservas ascienden a 370.000 millones, la inflación en 2017 fue de 3,3% y, aunque el déficit financiero del sector público alcanza al 8,7%, derivado de un alto gasto público, 38% del PBI, y la deuda pública total asciende al 88% del mismo, la deuda externa es del 27%, lo cual deja al 73% de la deuda en reales, haciendo, a diferencia de lo ocurrido respecto de nuestro país, que la posibilidad de vulnerabilidad externa esté mitigada.

Como es sabido, en los últimos años la economía se ha visto afectada negativamente por los múltiples escándalos de corrupción que involucraron a empresas y funcionarios, incluida la destitución de la presidenta Dilma Rousseff en agosto de 2016. Las sanciones contra las empresas involucradas, algunas de las más grandes del país, limitaron sus oportunidades de negocios, produciendo un efecto dominó en la actividad económica.

La administración del presidente Michel Temer implementó una serie de reformas fiscales y estructurales para restablecer la credibilidad de las finanzas gubernamentales y el Congreso aprobó a fines de 2016 una legislación para limitar el gasto público.

La consecuencia de casi nulo crecimiento económico, la corrupción expuesta y la violencia instalada en los centros urbanos llevó a la población, frente a las elecciones de octubre, a enviar fuertes mensajes en el sentido de que la corrupción y el estancamiento no era aceptable, y así, más allá de los efectos de la denominada "ficha limpia",, los políticos con mala reputación que se postulaban quedaron excluidos. De ahí, el resultado fue que muchos candidatos que ni siquiera eran considerados como una posible opción hace un año resultaron electos, incluido el futuro presidente Jair Bolsonaro.

La agenda del nuevo presidente apunta a algunos principios para instalar una economía de sesgo liberal que intentará reducir el tamaño del estado, luchar contra los problemas de seguridad, enfrentar las grandes rigideces de la economía que afectan a la competitividad y propiciar un giro estratégico en el mejoramiento de la relación con los Estados Unidos y Europa.

La visión actual de los empresarios brasileños es optimista en cuanto observan que se está configurando un gabinete de ministros y secretarios técnica y reputacionalmente solventes, que incluye la designación de Sergio Moro para el ministerio de Justicia y a Paulo Guedes, un pro-mercado, en el campo económico.

Consideran que será clave para la futura sostenibilidad económica lograr reformar el sistema previsional, la privatización de algunas compañías estatales, generar acuerdos comerciales que persiguen una mayor apertura, impulsar cambios en el déficit fiscal y lograr una reforma tributaria. Y seguir con las reformas estructurales que hacen a su competitividad. Son cautelosamente optimistas en cuanto a la capacidad del nuevo presidente de negociar con un Congreso en el cual estará en minoría.

Creen que si se hacen bien las cosas y Brasil sale de su laberinto, un crecimiento económico de entre 3% a 4% es factible. Y ello, será muy positivo para su futuro de Brasil. Y también para el de la Argentina.

Tags relacionados

Más de Columnistas

Noticias del día