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Fronteras cerradas y mercados abiertos: si nos duele, ¿funciona?

Carteles de protestas tras la muerte del niño refugiado Aylan Kurdi, en 2005

Carteles de protestas tras la muerte del niño refugiado Aylan Kurdi, en 2005

El tiempo de horrorizarse pasó. Aylan Kurdi se llamaba el niño sirio de tres años que con su familia murió en una playa de Turquía. Fue el 3 de septiembre de 2015. La impactante imagen de su cuerpito sin vida causó indignación alrededor del mundo. Pero como es común en estos casos, se trata de indignaciones de tiro corto. Y ya pasó. Durante el momento de mayor estupor, también se mencionó que además murieron su madre y su hermano Gallip de cinco años – junto a nueve otras personas. La ola de indignación apunto contra las autoridades europeas frente a la crisis de refugiados que generaba una ola de inmigraciones de personas arriesgando sus vidas en precarias embarcaciones para ingresar a ese continente.

Dejando de lado todas las cuestiones no-económicas, ese triste episodio – nada singular, por cierto – coloca una pregunta simple: ¿por qué no pudieron entrar libremente a Europa?

Es, en realidad, tan sencilla ese interrogante que se trata de aquéllas preguntas que entran en la categoría “que hacen los chicos”, y por eso, seguramente, algún de los hermanitos la habrá hecho antes de iniciar ese fatídico viaje. Si así fue, la respuesta de los padres habrá sido tan seca como escueta: “Porque no nos dejan entrar”.

Sin embargo, es una pregunta que millones de personas en el mundo entero deberían hacerse. No es esa una situación que afecta únicamente refugiados de algún conflicto o bajo alguna situación política o económica extrema. Es un marco que impide a mucha gente intentar un camino laboral diferente en otro país, simplemente porque lo desean. Para muestra, ¿qué más que el deseo del presidente de EEUU de construir una pared para evitar la entrada de trabajadores mexicanos?

Fronteras cerradas, mercados abiertos

Lo más chocante de ese cierre de fronteras de países es que quienes las imponen al mismo tiempo son los más férreos proclamadores del libre mercado. Por eso es que resulta particularmente inquietante que esa simple pregunta casi infantil no se la hagan todos aquellos que proclaman la santidad del libre mercado – o al menos, no se la hagan a ellos. Es más, genera profunda perplejidad que no sea, en verdad, más que una pregunta, una cruzada ética de estas personas en respeto a los valores e ideales imbuídos en la teoría que defienden y una imperiosa necesidad interna de mostrar su honestidad intelectual. Al final, libre mercado es libertad de todos los mercados.

No se está efectuando aquí una crítica a la teoría del libre mercado; se está indagando la razón de un trato desigual a sus componentes por parte de sus promulgadores. El argumento de la mano invisible afirma que “el equilibrio” —ese punto de llegada ideal al que, creyendo o reventando, todo sería lo mejor posible— resulta de la afirmación de que todos los mercados sean atomizados. Es decir, cuando ningún participante en algún mercado tiene mayor capacidad de influencia que cualquier otro. Para que eso suceda es condición sine-qua-non que exista libre movilidad total y global de mercancías, capital y trabajo.

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Pero los defensores del libre mercado recurrente se expresan en los medios en base a esa lógica para demandar la necesidad de desregular internamente y abrir externamente la libre movilidad de mercancías y capital…y nada más. La libre movilidad del trabajo queda siempre, discretamente, silenzio stampa.

Ahora, es más que evidente que si alguien en base a esa teoría propone “dejar de cometer los errores del pasado” de la economía no abierta, debería, al menos, incluir la libre movilidad del trabajo. Simplemente, porque si no es así, es su propia teoría que afirma que los resultados a los que se llegaría no serán ni justos ni óptimos de acuerdo como ella los entiende y define.

Mercosur-EU y movilidad del trabajo

En estos momentos que el presidente Mauricio Macri intenta a todo vapor que el Mercosur cierre urgentemente un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, resulta más acuciante entender por qué la libre movilidad del trabajo no entra en la pauta. Particularmente porque, por lo general, como en este caso, son los países más desarrollados y ricos que insisten en el libre mercado y la leccionan.

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En este actual caso, por ejemplo, Francia se opone al acuerdo porque teme que una apertura a la carne argentina derive en una pérdida de 30.000 puestos de trabajo de franceses. Pero, precisamente, eso es lo que debería pasar según la teoría del libre mercado. Significaría – siempre en el entendimiento de la teoría del libre mercado– que nuestra producción es más eficiente que la francesa. La destrucción de la menos eficiente producción permitiría que los recursos limitados se usen en forma más eficiente, la producción global aumente y la carne baje de precio.

Pero nuestra más eficiente producción también significa que nuestros trabajadores son más eficientes que los trabajadores franceses. Con libre movilidad de trabajo, 30.000 franceses igualmente podrían perder sus trabajos, pero Francia no perdería su producción si 30.000 argentinos más eficientes los reemplazaran. Para los 30.000 franceses, claro, la situación sería, de todas formas, poco agradable; pero es un tema que deben tratar con el presidente que eligieron que se proclama defensor del libre mercado. Igualmente, debería se pensar por aquí:

Es que, si el impacto sobre Francia de un acuerdo de libre mercado con Mercosur es que los trabajadores de sus sectores que sobreviven porque no hay libre mercado pierdan sus trabajos, de la misma manera, nos están diciendo a gritos para quien quiere oír, que el impacto para el Mercosur de un acuerdo de libre mercado será que perderán sus trabajos los empleados en los sectores de esta región que sobreviven porque no hay libre mercado…

Major, Thatcher y Prebisch

No es esto, entiéndase bien, una defensa del libre mercado. Es, sí, una exigencia de coherencia teórica por parte de sus apologistas. Pero también es dejar en claro que su modus operandis explícito es precisamente ese: “Si no está lastimando, no está funcionando”, como expresara el primer ministro británico conservador John Major al continuar en su país las políticas ultra libremercadistas de su copartidaria Margaret Thatcher, la Dama de Hierro.

Diferentemente, Raúl Prebisch en 1949 —en su famoso texto que Dio fundamento a la creación de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) para pensar el desarrollo económico e industrial de la región — denunció que los países desarrollados protegían sus trabajadores y sindicatos en los sectores de productos primarios, por lo que nuestros países se ven perjudicados porque son la base de sus exportaciones y en donde poseen ventajas comparativas.

Así, si nuestros países aceptan el libre mercado meramente en bienes y capital, los mismos padecimientos que los franceses quieren evitar iremos a sufrir, sin poder ejercer el derecho complementario de competir en su mercado de trabajo. En ese caso, la teoría del libre mercado nos enseña —y la historia nos muestra— que el libre mercado sesgado con toda convicción nos va a doler mucho-mucho, pero sin cualquier esperanza futura de que esté funcionando. Al menos para nosotros.

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Comentarios1
Alberto Moglia
Alberto Moglia 23/02/2018 11:23:26

Libertad de mercado, libertad de trabajo todo eso es historia y de la vieja.