Jueves  12 de Diciembre de 2019

Estado: el tamaño no importa

Estado: el tamaño no importa

La irrupción hace muy poco tiempo de los autodenominados liberales en la política argentina, un nuevo espectro minoritario pero en constante crecimiento que hasta ha propulsado un candidato a Presidente con escasísimo apoyo popular en las últimas elecciones generales, vuelve a poner en el foco de discusión de la agenda pública al Estado.

Increíblemente, la aparición y rápida propagación de este espacio se produjo principalmente mientras conducía las riendas del Estado un gobierno neoliberal, o de derecha, como más le guste al lector denominarlos, que polarizó esas elecciones contra un frente de centroizquierda que terminó haciéndose con el poder, asumiendo el mando del Poder Ejecutivo Nacional.

El liberalismo al que nos referimos es aquel que se ha mediatizado, a través de participaciones de carácter bastante permanente en programas de televisión nocturnos con la política y todo lo que la rodea como temas centrales y sus principales referentes han cumplido en los sets una suerte de rol de comediantes, utilizando la ironía y el humor ácido como principales herramientas de seducción, destacándose entre ellos Javier Milei, José Luis Espert, Roberto Cachanosvky, Nazareno Etchepare, Luis Rosales y Agustín Laje, entre otros. Todos ellos coinciden en que los Tratados de Libre Comercio, la eliminación de impuestos y gravámenes a las exportaciones, la ‘‘baja del gasto”, la liberación de las barreras a las importaciones de forma descontrolada  y la no estimulación de la producción industrial y de las economías regionales son la solución a los problemas de Argentina: para un liberal libertario o ‘‘anarco capitalista’’ como también los he oído auto referenciarse, todo se soluciona con más y más comercio. No importa que no haya nadie que produzca el bien y menos aún, que ningún consumidor tenga dinero para comprarlo.

A la hora de análisis más exhaustivos, ellos atacan de forma constante la idea del ‘‘Estado Grande’’, pero nuevamente caen en un error. La verdadera discusión debería darse en torno a si tenemos un Estado bobo o uno eficiente, no a si es chico o grande. Solamente pretende un Estado chico aquel que nació ya con un gran porcentaje de su vida socioeconómica resuelta, porque en su cerebro constantemente baila esa idea de que paga impuestos solo a los efectos de ‘‘mantener vagos’’.

Cualquier persona con la empatía como valor humano intrínseco, desea un Estado Grande: ese que está en las malas y que debe ocuparse, con prioridad, de todos aquellos que sufren necesidades y no tienen o tuvieron las mismas oportunidades que los demás para poder desarrollarse plenamente como personas, no consiguen la dignidad de un empleo o siquiera pueden acceder al ocio, un tópico dejado de lado cuando hablamos de necesidades básicas insatisfechas pero que es, sin dudas, uno de los principales motores de la felicidad del pueblo, aquella que tiene como horizonte un Estado Grande, presente y que ejercite la justicia social.

¿Estados Grandes en el mundo? Abundan: y no hablamos de Cuba, Bolivia o Venezuela. Hacia arriba (o abajo, según como se lo mire) en el mapa, Noruega, según los últimos datos oficiales publicados, dedicó a educación un 15,73% de su gasto público, a sanidad un 17,59% y a defensa un 3,41%, lo que nos da, añadiendo otros gastos de carácter social, que en 2018 alcanzó el 49,2% del PIB en lo que ellos no consideran gasto público, sino inversión pública, ya que efectivamente los nórdicos ven como esa mitad de su salario que la Administración Pública grava, vuelve en obra pública, seguro de desempleo, créditos blandos, estímulos a las sociedades comerciales que producen bienes y servicios, vivienda y tantos otros beneficios. Viene a colación que el ingreso per cápita de un noruego durante el año pasado fue de 69.230€, lo que los coloca en el 5° puesto de ese índice mundial, y que ocupan el 1° en el ranking correspondiente al IDH, lo que los ubica, al menos de forma aritmética, como el pueblo con mayor calidad de vida del mundo. Un 3,9% de tasa de desempleo, guarismos de analfabetismo casi nulos, un bajísimo puesto en el índice de la percepción de la corrupción interna y unas exportaciones que representan un cuarto de su Producto Bruto Interno son otras de las variables que son motivo de análisis para entender que no se trata de si la mitad de nuestro país está o depende bajo la administración estatal, sino de cuan eficiente sea esta en beneficio de los intereses populares.

En Argentina, muchos (básicamente todos los que al escuchar la palabra meritocracia nos reímos) luchamos por un Estado grande, presente y pendiente de la ciudadanía más postergada. Pero, al menos a título personal, no puedo hacerle la vista gorda a las provincias argentinas que, según datos oficiales, gestionan sus Estados de forma ineficiente, puesto que en vez de estimular la producción industrial y fomentar sus propias economías regionales para colocar productos en el exterior, crean empleo público precarizado para ocultar la impactante tasa de parados en sus jurisdicciones: Chaco encabeza el ranking de la jurisdicción regional con más empleados públicos, Corrientes se mantiene en el segundo lugar y le siguen Misiones y Formosa. En Catamarca, por citar un caso, cada 100 empleados registrados de la órbita privada, hay 171 empleados públicos, en Formosa 167, en La Rioja 146, en Jujuy 135 y en Santiago 135. En Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba, Santa Cruz y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ese guarismo no asciende a más de 32 sobre cada 100 trabajadores/as registrados/as. La cantidad de empleados del sector público provincial ascendió a 2,3 millones de personas en 2017, lo que implica un crecimiento del 38% en diez años: para igual lapso, el empleo privado registrado creció casi un 18%, es decir, veinte puntos menos. A nivel general, entre el año 2007 y el 2017, se incrementó la cantidad de empleados/as públicos/as provinciales por cada 100 ciudadanos/as que trabajan en el sector privado registrado, comenzando la década analizada con un porcentaje de 29,9% y finalizándola con un porcentaje del 35,2%.

Aquí no se trata ni siquiera de partidos o ideologías, sino de idiosincrasias que todavía no dan señales de cambio luego de décadas. Administrar el Estado de forma eficiente y promover el desarrollo de la economía, garantizar el goce de la plenitud de los derechos de la ciudadanía y brindar todas las herramientas para que esta logre adquirir dignidad a través del trabajo genuino, la salud, la educación, el ocio y demás asignaturas básicas, son las columnas básicas de un buen gobernante a los efectos de satisfacer las necesidades de su pueblo. Es hora de poner a la Argentina de pie y exigir que la independencia económica, la soberanía política y la justicia social sean banderas que levantemos entre todos, puesto que son vitales para un Estado sólido.

No podemos seguir hablando de la magnitud de un Estado, sino del espíritu de éste, la idoneidad de sus funcionarios/as y trabajadores/as y de cómo se administra de manera eficiente su presupuesto. La solución del problema no es ni fomentar el libre comercio ni contener a toda la población económicamente activa dentro de la planta estatal; esos son extremos que nos han llevado a donde nos encontramos hoy: la solución al problema argentino, y a casi todas las economías emergentes y países que han quedado marginados como periféricos en la tristemente célebre ‘‘División Internacional del Trabajo’’, es dar la pelea frente a ese rol impuesto a la fuerza por los imperios económico-militares, y convertirnos en lo que queramos como Estado soberano que busca la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación.

Es necesario revitalizar el consumo interno, fomentar la industrialización del país y orientarla a agregarle valor a la cadena productiva que nace en nuestros campos,  minas y todo tipo de recursos naturales, sean renovables o no, con los que la naturaleza nos ha bendecido. Eliminar el IVA de los productos de primera necesidad, gravar realmente a la timba financiera para terminar con la especulación y enviar el mensaje claro de que en Argentina debemos trabajar para producir bienes y servicios, venderlos para poder asumir los gastos de importar lo que necesitemos para nuestras PyMEs; apostar al trabajo genuino y registrado, a los productos regionales y nacionales y sobre todo, establecer una política exterior que garantice la colocación de las exportaciones argentinas en todos los mercados del mundo. Solo así dejaremos de ser lo que quisieron que seamos, -tanto los que nos compraron como los criollos que nos vendieron-, y  como decía Jauretche, levantar sobre la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación: la de todos los que quieran habitar el suelo argentino.

(*) Subsecretario General de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora; y Secretario del Honorable Consejo Académico de la Facultad de Derecho de la U.N.L.Z.

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Revista Infotechnology