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MIÉRCOLES 22/05/2019

Es tiempo de un plan B

Es tiempo de un plan B

El desplazamiento de Sturzenegger, Aranguren y Cabrera era un pedido en diversos ámbitos. Sin embargo, ya concretado, es visto como signo de debilidad política. Antes se criticaba que el Gobierno mantenía un rumbo sin considerar variantes, pero ahora que las ha implementado, sentimos que ha perdido el norte y da manotazos de ahogado.

Se suele decir que el cambio es una oportunidad y las crisis momentos de aprendizaje, pero quien lo dice pocas veces habla del contexto. Hoy las condiciones político sociales plantean una incertidumbre que no nos permite vislumbrar el cambio como positivo.

Algunos funcionarios declaran off-the-record que se perdió el rumbo económico, pero no dudan que ganarán la próxima elección.

La oposición cree que nunca hubo rumbo y que la situación empieza a ofrecer posibilidades de volver al poder. Mientras, en nuestra última encuesta nacional, vemos que solo 3,5 de cada 10 argentinos le cree al gobierno cuando dice que trabaja por el futuro de los argentinos y apenas 2 de cada 10 a la oposición cuando dice lo mismo.

En este escenario, de visiones y prioridades contrapuestas, sufrimos las consecuencias de nuestra propia demanda. ¿Cuál es la salida de este laberinto? En principio, que el Gobierno reconsidere su relación con la política y las instituciones empresariales, sociales y sindicales. Muchos en el país vivieron con alegría las conversaciones con la oposición al comienzo del gobierno de Macri. El viaje a Davos junto a Massa hizo pensar que existía un nuevo orden institucional más plural, serio e inclusivo; lo que se destruyó cuando el presidente colgó el mote de ventajita al líder del FR tras fallar un acuerdo parlamentario. Desde entonces parecieron primar los acuerdos a oscuras y los caminos de la vieja política. Al asumir, Macri propuso un diálogo abierto con todos los actores sociales, económicos y políticos: ya es hora de llevarlo a la práctica.

El Gobierno debe reconsiderar su relación con la gente. Ha declarado en varias oportunidades que el mercado necesitaba señales de confianza, olvidando que la economía está compuesta por 40 millones de argentinos que todos los días damos sentido a ese mercado. Que diariamente aceptamos un papel y confiamos en que, cuando se lo damos a otra persona, para ella valdrá lo mismo. Esta confianza es el devenir de acciones consecuentes con declaraciones. Es allí donde el Gobierno debe estar más atento y repensar su manera de comunicarse. Ofreciendo ejes de discurso que toquen la fibra de la gente y sean críticos de lo hecho con una visión racional.

Entender que la reorganización del Estado necesita más que organigramas y que la inercia de una lógica instalada por décadas no se modifica con un reloj de fichaje en cada dependencia. Somos un país Pyme en que el dueño llega antes y se va después que todos, camina la fábrica y sabe de la vida de cada empleado. Esa cercanía es necesario recuperar con funcionarios que estén más cerca de los problemas de la gente que de las planillas de excel.

¿Esto hará que la economía mejore? Probablemente no, si no dejamos antes de acusar de autismo a los que nos dirigen y luego, cuando hacen lo que les pedimos, los acusamos de débiles. El plan B es necesario, pero no solo para un presidente o gobierno, sino para todo un país. El tiempo dirá si estuvimos a la altura de las circunstancias.

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