Entre el ajuste unidimensional y su negación, se refuerza la grieta

La trillada imagen boxística viene servida: en un rincón, los ajusteros; en el otro, los que lo rechazan.

El “No al ajuste es una fantasía: la economía argentina se va a ajustar porque desde hace años – durante el gobierno anterior y actual – viene manteniendo pautas de consumo incompatibles con su capacidad productiva. Entre 2005-15, el saldo comercial externo fue negativo en casi u$s 9.000 millones, a pesar de haber gozado el boom de los precios y demandas de commodities que permitieron exportar por más de u$s 700 mil millones, superando fuertemente el ingreso de 1994-2004 de u$s 280 mil millones. Es decir, esa coyuntura excepcional se trasladó en una fiesta de importaciones de u$s 575 mil millones. A esto hay que sumarle un déficit en la cuenta de turismo de u$s 4.500 millones bajo el periodo K.

Esto poco y nada cambió con Cambiemos. Como muestra el reciente informe ODE-UMET, de diciembre de 2015 a mayo de 2018 el déficit comercial externo sumó u$s 11.600 millones y la de servicios de turismo tuvo un saldo negativo acumulado de u$s 20.000 millones. Esto sin contar los datos de las decenas de miles de personas que fueron ahora a Rusia para la Copa del Mundo. Además de los números están las imágenes y títulos en los medios de los viajes de compra a Chile y Miami, las notas periodísticas recomendando “Qué hacer un día lluvioso en New York o “Diez paseos que no te podés perder en París .

A tal punto se ha convertido idiosincrático esto que se pasó a evaluar que la economía “está bien cuando se verifican estas pautas de consumo. Pero estas fantasías han sido posibles por la aplicación de políticas económicas coyunturales que viabilizaron esa irrealidad, y por un creciente endeudamiento que lo financió. La deuda externa, que en 2004 era en torno de u$s 171.000 millones y que por el canje e ingresos por exportaciones pudo caer a u$s 110.000 millones en 2006, luego lentamente y luego con mayor velocidad comienza a crecer al concluir esa coyuntura excepcional.

El informe ODE_UMET apunta un nivel de deuda en octubre de 2015 de u$s 236 mil millones que, como nada cambió con el PRO, siguió subiendo para estimarlo – FMI mediante – para fines de 2018 llegando a u$s 350 mil millones.

Mientras cada contrincante tira piñas echándole la culpa al otro, cualquier jurado racional e imparcial emitirá un único fallo: los datos y los comportamientos revelan inapelablemente que fueron y son los dos. Estos años del presente siglo se suman a la realidad similar durante los ’90 del ‘1 a 1’ que terminaron en la crisis de 2001-02.

El problema de fondo es aceptar que esto no es sostenible, por una razón muy simple: esto no es, en sí, una disputa interna argentina. Es una relación con el resto del mundo:

¿Por qué los de afuera irán como norma natural a aceptar que los argentinos mantengan un nivel de consumo, medido en pauta internacional, muy por encima de lo que les corresponde por su capacidad económica?

Mientras no se acepte discutir cómo será el ajuste, queda como única propuesta de ajuste el neoliberal, el que sólo acepta una sola receta de ajuste. Este “Ajuste unidimensional es una falacia: No hay una única manera de implementar un ajuste inevitable. Además, las políticas que componen este paquete de ajuste (bajar gasto público, subir impuestos, abrir la economía, atraer capitales financieros, etc.) en forma alguna lo garantizan. Más bien por el contrario. Lógicamente y por las experiencias históricas, ese camino en lugar ajustar, agrava el problema. Tampoco es cierto afirmar al ajuste unidimensional como el camino que han seguido los “países serios . Ni lo fue, ni lo es.

El ajuste puede ser más o menos equitativo socialmente; puede ser más o menos favorable al desarrollo productivo; puede combinarse con mayor o menor nivel de inflación; puede tener mayor o menor injerencia del Estado, y así como otras combinaciones…

En suma, dos conclusiones: ajuste habrá –salvo que aparezcan chinos desesperados por cuantiosas toneladas de soja– y no hay una única manera de hacerlo.

Lo inteligente sería empezar a consensuar cómo será ese ajuste inevitable. Pretender encerrarse cada uno en su rincón intensificará una grieta que derivará en un ajuste que terminará sucediendo de la peor manera para la mayoría, sino para todos.

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