Elecciones presidenciales en Estados Unidos 2020: por qué el colegio electoral es sinónimo de democracia

El sistema de votación indirecta, abandonado por la Argentina en la reforma constitucional de 1994, garantiza la representación de las minorías y una presencia más sólida de los estados menos poblados. 

El sistema electoral de Estados unidos podría compararse con un torneo de fútbol. El campeón no es el equipo que hace más goles, sino el que gana la mayor cantidad de partidos. Porque se puede obtener más votos, pero no ser presidente. Este raro pero posible efecto secundario ocurrió en cinco de las 58 elecciones del país: 1824, 1876, 1888, 2000 y 2016. En el caso de Hillary Clinton, en 2016, aunque obtuvo 2,8 millones votos más que Donald Trump, sólo ganó en 20 estados y en Washington D.C., acumulando 227 sufragios para el colegio electoral.

Por su parte, Trump triunfó en 30 estados y sumó 304 votos, 34 más de los 270 requeridos para alcanzar la presidencia. Trump logró victorias clave, pero ajustadas en los estados de Wisconsin, Michigan y Pensilvania, con una diferencia en total de unos 80.000 votos sobre Clinton. Si esos pocos miles de sufragios hubiesen ido a parar a la candidata demócrata, ella sería hoy la presidenta.

Estados Unidos no cometió el error de la Argentina, que en su reforma constitucional de 1994 abolió el colegio electoral para elegir la fórmula presidencial. En el país del Norte la elección sigue siendo indirecta: cada estado tiene la misma cantidad de electores que representantes en la Cámara de Diputados, más dos, porque cada uno tiene dos senadores.

Estos 538 electores son los que eligen al presidente y al vicepresidente. Bajo el procedimiento conocido como winner-take-all, el distrito de Columbia y 48 de los estados conceden todos sus electores al candidato que gane, aunque más no sea por un voto. Solo Nebraska y Maine reparten sus electores proporcionalmente según la cantidad de votos emitidos en favor de cada partido.

En un país tan diverso como Estados Unidos, donde conviven múltiples minorías y pensamientos, este sistema electoral posee grandes ventajas. Los aspirantes a la Casa Blanca tienen que ir estado por estado a convencer y a tratar de sacar la mayor cantidad de votos desde todos los estratos sociales, independientemente de que sean grandes grupos o no. Como cada voto del estado cuenta, los candidatos y sus campañas deben conocer las necesidades y las problemáticas de los diferentes grupos humanos que allí conviven.

Asimismo, como el aspirante debió comprometerse con las minorías y las diferentes sensibilidades políticas, tendrá que cumplir una vez que se encuentre en el Salón Oval. Las campañas deben incluir a las mujeres, latinos, negros, blancos, agricultores, industriales, pequeños empresarios, grupos religiosos, clase media, clase baja y grupos LGTB. Esta forma de elegir debilita los mensajes radicales, la xenofobia, el racismo, el machismo, y mantiene el país cohesionado.

Si en EE.UU. se aplicara el voto directo, disminuiría el papel de las minorías en la toma de decisiones políticas. Un aspirante supremacista, por ejemplo, podría lograr el favor de una mayoría de votantes blancos alrededor de todo el país. Algo imposible de conseguir en la actualidad porque en estados como California o Florida, donde los votantes latinos están empatados con los votantes anglosajones, perdería el 100% de los votos o lo que es lo mismo 64 votos electorales.

Para quienes están acostumbrados a la elección presidencial directa, el sistema de colegio electoral puede parecer injusto y antidemocrático. No obstante, si miramos a fondo la idea, podríamos advertir que el voto directo con el país como distrito único, ignoraría a los estados pequeños y las zonas rurales en favor de las grandes capitales, por lo que garantiza que los candidatos se vean forzados a buscar apoyo en todo el país. Por ejemplo, Nueva Jersey tiene 15 votos electorales pese a ser un estado geográficamente más pequeño que Nuevo México, con cinco.

Esto mismo sucedía en la Argentina antes de la reforma de 1994. Provincias con poca población como Catamarca, Formosa o Chubut aportaban en proporción muchos más electores al colegio electoral que Buenos Aires, Córdoba o Santa Fe. El presidente en campaña, y luego desde la Casa Rosada, debía gobernar teniendo en cuenta esos distritos.

Ahora, al ser voto directo, alcanza con hacer una buena elección en Buenos Aires y tres o cuatro provincias grandes para alzarse con el poder. ¿Para qué invertir fondos federales en las provincias chicas si aportan pocos votos? Podría decirse incluso que el colosal aparato de clientelismo político generado en el conurbano bonaerense para definir comicios, sería mucho menos efectivo con una elección indirecta vía colegio electoral.

(*) Doctor en Derecho Constitucional, Universidad de Derecho y Ciencias Sociales de París II (Sorbona)

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