Elecciones en Colombia: una apuesta en la dirección correcta

Uno de los grandes aciertos de Santos fue haber planteado la elección como una decisión entre paz o guerra. Es probable que muchos colombianos que en la primera vuelta no votaron (la abstención fue de 60%, aunque es históricamente alta), vieran el ballotage de ayer como la última oportunidad -al menos más inmediata- de terminar por una vez con el largo conflicto que lastró el desarrollo económico y social del país en estas últimas cinco décadas. Para gran parte de los colombianos un triunfo de Zuluaga representaba una vuelta a foja cero, con el candidato poniendo condiciones inaceptables para las FARC, que terminarían por patear el tablero.


Desde un principio Santos, un hombre de derecha proveniente de la aristocracia de Bogotá, leyó su reelección como un referendo a las negociaciones de paz con la guerrilla colombiana. Esto le valió un insólito apoyo del sector empresarial y de la izquierda, tanto de los líderes de la comunista Unión Patriótica como de la ex senadora Piedad Córdoba, cercana a la Venezuela chavista.


Convencido de que el fin de la insurgencia permitirá liberar el potencial de Colombia y aumentar la inversión en salud y educación, su última apuesta fue revelar, el martes pasado, que el gobierno estaba teniendo desde enero diálogos exploratorios de paz con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la segunda guerrilla más importante después de FARC, un anuncio que muchos leyeron como electoralista.


De todas formas, el mandatario no debería ignorar el caudal de votos que cosechó Zuluaga de la noche a la mañana, con una campaña basada en alimentar su imagen (la de Santos) como arrodillado ante las FARC.

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