Jueves  09 de Julio de 2020

El trabajo ha muerto, el liderazgo también

El trabajo ha muerto, el liderazgo también
Imagen de ADRIÁN GILABERT

ADRIÁN GILABERT

Autor del libro "El trabajo ha muerto"

Esta crisis y las nuevas generaciones nos interpelan. Las señales de la necesidad de un cambio profundo se venían agitando desde hace bastante tiempo. Señales intensas a las cuales se suele hacer caso omiso. Nos alejamos de la aceptación porque nos resistimos a cambiar. Y de pronto cae un “meteorito”, pasa algo inesperado que cristaliza la verdadera naturaleza de las cosas: que la vida es incierta, que es un escenario metaestable, creamos la ilusión de que es estable, pero no lo es. Este acontecimiento pone de manifiesto de manera brutal lo que no se deseaba ver y nos vemos forzados a reflexionar, decidir y cambiar.

Si observamos el funcionamiento de nuestras empresas a lo largo de los tiempos vamos a advertir con claridad que el propósito ha sido la generación de riqueza. Es evidente que los resultados han estado en línea con el propósito. Como humanidad hemos pasado de tener un 85% de pobreza a un 15%, desde la revolución industrial hasta la fecha. Pero el caldo de la época, nos desafía con nuevos planteos en tren de seguir nuestra evolución, de seguir corriendo nuestros límites. Nos invita a reflexionar observando algunas cuestiones a resolver. Nos pone en el lugar estimulante de la creatividad, de dar un paso de calidad para crear una plataforma aún mejor para las nuevas generaciones.

¿Cuáles son las cuestiones que nos interpelan en esta crisis?

La primera es que a pesar de contar con empresas con excelentes condiciones económicas y financieras, los y las empleadas están con una enorme insatisfacción, en efecto el 85% de los empleados del mundo no están conformes con sus empleos (Gallup - 2018).

La idea que tenemos de trabajo es que debe ser algo que nos dé una solución material a nuestras necesidades y deseos de consumo y también, una plataforma de desarrollo personal, de crecimiento, de alegría y por sobre todas las cosas que nos permita crear. Crear, ser creativos, ser flujo creativo es la esencia del ser humano. Y, claro está que, si alguna de las dos condiciones no se cumple (materialidad y creatividad) tendremos insatisfacción. Aparecen frases como reflejo de la insatisfacción del estilo de: “No llego a fin de mes”; “trabajo de algo que no me gusta”; “el ambiente de trabajo es tóxico”; “no sé qué hacer con mi vida laboral”; “quisiera ser independiente pero me da miedo...”. En fin, la lista es infinita.

Si en la otra mano observamos y sopesamos el modelo de administración de empresas que hemos estado practicando, vemos que está basado en el control estricto de recursos, persiguiendo aquel propósito de generar riqueza. Es claro que el modelo de control entra en conflicto con la posibilidad de desplegar la creatividad en lo cotidiano. Más aún cuando vemos que las estructuras piramidales (a mi juicio medievales) cada día se esfuerzan más para mantener en funcionamiento algo que ya es obsoleto.

Una segunda cuestión a meter en la “coctelera” es el tema ambiental, así como el impacto en la comunidad. Cada acción que tomamos con un emprendimiento o iniciativa tiene un impacto en estas variables. Lo queramos ver o no, lo tiene. Y así, como somos capaces de planificar una rentabilidad, un flujo de caja, no somos capaces de planificar el impacto en el ambiente y en la comunidad ó al menos ser conscientes de ese impacto?

La tercera cuestión tiene que ver con las nuevas generaciones. Nos hemos pasado la última década repitiendo expresiones diversas tales como: “Estas nuevas generaciones no se comprometen con nada”, al tiempo que los especialistas en temas humanos dentro de las empresas hacían enormes esfuerzos por entender el trasfondo de la cuestión, generando iniciativas que tienen que ver con el ambiente laboral, dando días de “home office”, proponiendo la participación en colectas y más, mucho más. Así, los “boomers” y “X” fuimos ubicando a los Millennials y ahora a los Zoomers en el lugar de las ovejas descarriadas que no aceptan entrar, encajar en nuestros modelos; rígidos, estrictos, medievales.

Lo que poco se ha comprendido hasta ahora es que el fondo de la cuestión es un mensaje de las nuevas generaciones que a veces se expresa a viva voz de manera consciente y muchas veces se puede leer entrelíneas, expresando lo inconsciente: “Todo el propósito de esta empresa es ganar dinero? Es que no quiere transformar nada? Sólo le importa eso?”

Estas tres cuestiones que hemos planteado (conflicto entre lo que somos y el modelo de control, los impactos ambientales y comunitario y la interpelación de las nuevas generaciones) y el proceso de destrucción de riqueza que se está produciendo debido al “meteorito” o pandemia, nos muestran el caldo de la época. Nos llevan indefectiblemente a reflexionar, a ser valientes y repensar el propósito, es decir, nuestra razón de ser, la propia y la de las empresas.

También, una vez que el propósito abstracto es definido, el jefe deja de ser una persona. El jefe pasa a ser el propósito. El líder como lo conocemos ha muerto. Se ha convertido en un gran aceitador de conexiones, armonizador de proyectos, un solucionador de problemas, un co-creador con los demás.

Pero aún falta algo más.

Si tenemos la valentía de “estructurar” la organización en función del propósito y la creatividad, naturalmente pasaremos a tener organizaciones circulares y no piramidales, más específicamente organizaciones singulares. Empresas armadas en función del propósito, de las intensidades de su gente y profundamente creativas. Organizaciones únicas e irrepetibles en la historia de la humanidad.

Cuál será el resultado? Rentabilidad, expansión, empleados felices, impacto ambiental y comunitario positivo, dueños de empresas y altos mandos “realizados” porque han creado valor verdadero, completo, integral y habrán aportado a la humanidad mucho más que empleos y dinero, habrán aportado un escenario donde el ser humano puede ser lo que verdaderamente es: creador.

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