El riesgo de laudar entre dos recetas es que el resultado no sea consistente

Cuando la Argentina tuvo un único responsable de diseñar la política económica, el resultado estaba apostado a una sola ficha. La persona que mejor encarnó este estilo de trabajo fue Domingo Cavallo, quien transitó varios años exitosos de gestión gracias a la confianza de su primer jefe, Carlos Menem.

La apuesta, sin embargo, no estaba exenta de debate. Cavallo lideraba un equipo que se encerraba a discutir las opciones que tenía a cada paso, y limaba sus asperezas puertas adentro. Cuando las decisiones se ejecutaban, ya estaban consensuadas.

El propio Menem tampoco se ataba a una única opinión: en la reserva de Olivos, solía consultar y escuchar opiniones de distinto tipo sobre las sugerencias que recibía su ministro. Esos comentarios le permitían contrastar las estrategias que le proponía su jefe económico, pero en general en ese nivel no había conflicto. Las peleas con el mediterráneo llegaron cuando sus medidas colisionaron con la política, no antes.

Alberto Fernández conoció este formato con Roberto Lavagna, un gran macroeconomista que había logrado apagar el incendio de 2001 y suturar sus enormes cicatrices. Su estilo funcionó con Eduardo Duhalde (que lo dejó hacer), pero no con Néstor Kirchner, partidario de que la economía esté sometida a la política, y no a la inversa.

Fernández conoció en esos años la gestión radial, en la que varios protagonistas fuertes le llevaban su plan al Presidente, que tomaba las decisiones con su círculo íntimo. Cristina Kirchner potenció aún más ese modelo, al punto de que varios de sus ministros (Carlos Fernández, Hernán Lorenzino), tuvieron menos peso específico que otros referentes como Guillermo Moreno o Ricardo Echegaray. Solo Axel Kicillof logró, sobre el final, darle unidad de pensamiento a la gestión económica.

Alberto tiene ahora un equipo coral. La confianza personal que tiene en Miguel Pesce es compensada por el respeto que se ganó Martín Guzmán. El gabinete económico tiene otras voces igual de influyentes (Cecilia Todesca, Mercedes Marcó del Pont, Matías Kulfas) y cuando surgen diferencias de visiones, el laudo lo hace Fernández, como sucedió con las recientes medidas para atajar la sangría de reservas (el BCRA quería abolir el cupo para comprar dólar ahorro, Economía no). La pregunta es si el resultado fue consistente.

La economía no es una ciencia exacta. La historia también demuestra que no hay economistas o equipos infalibles. Por eso la tarea que debería reservarse el Presidente no es la de ser el gran elector de la política económica, sino ser el responsable de confrontar el diagnóstico y de acotar los riesgos de las decisiones que le proponen. Un economista que pasó por la gestión pública lo define así: "La tarea más difícil de cualquier ministro es decirle no al Presidente. El rumbo no puede estar sujeto a lo que dicen los obedientes. Por eso su rol es escuchar a todos, a los de adentro pero también a los de afuera".

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