El resorte apretado y el síndrome del día 181

No es novedad en la historia económica de la Argentina que los gobernantes tiendan a enamorarse del desinflamante y que crean que la enfermedad de base está curada porque algunos de los dolores se calman. Ha sucedido una y otra vez con programas que nunca se llegaron a cumplir o con medidas sueltas que pretendían simularlos. Hubo casos, como sucedió con la denominada Convertibilidad, en el que su no salida a tiempo provocó el estallido y otros en los que los plazos establecidos jugaron en contra del resultado final porque las expectativas siempre se adelantaron a los hechos.

El punto central de ambos remedios, con y sin estaciones previamente demarcadas, es que nunca las medidas más o menos de coyuntura fueron complementadas con reformas de fondo para parar la sinrazón económica argentina, aquella de la que se derivan casi todo el resto de los males: el amor enfermizo de toda la sociedad hacia el gasto excesivo del Estado. La picardía de la clase política, que conoce de memoria tal propensión y sabe que la inflación es siempre su aliada, hace el resto.

Ahora, en nombre de la "solidaridad", el presidente Alberto Fernández ha hecho un monumental ajuste de u$s 6 mil millones con suba de retenciones, duplicación de la alícuota en Bienes Personales e impuesto a la compra y a los gastos en dólares. Con esa bandera en alto ha planificado tomarse 180 días para decidir qué va a hacer con el gasto jubilatorio, mientras que le ha puesto el mismo tope de días a los aumentos de la electricidad, el gas, los trenes y los colectivos. Y todo esto, sin prever ningún ajuste del tipo de cambio, sobre todo si el verano trae algún alivio por el lado del consumo y la plata en el bolsillo no se traslada a los precios. Pero, atención, porque como la dinámica económica es permanente y sigue debajo de la superficie, la experiencia indica que cualquier resorte apretado siempre saltará.

Por la movilidad que impide su licuación, el gasto jubilatorio es efectivamente una piedra en el zapato del cualquier gobierno y es eso lo que se ha buscado solucionar, ya que el bolsillo ajustado del jubilado es la contracara del desajuste de las cuentas públicas. La indexación de haberes la impuso Cristina Fernández en el año 2008 a instancias de la Corte y luego Mauricio Macri mejoró la fórmula para los jubilados, pero la empeoró para el Estado.

Ahora, Fernández tendrá la potestad de decir en marzo y en junio cuánto deberán ganar quienes hoy cobran más de $ 19.068. La excusa es el rojo de la ANSeS, aunque el argumento tiene una trampa para justificar la situación, ya que hoy se pagan mensualmente muchas más prestaciones que aportes recogidos porque hay millones de personas que ingresaron al sistema con moratorias o sin hacer nunca un desembolso o son beneficiarios de planes sociales. Si el Estado atendiera todos esos pagos solidarios con subsidios y dejara sólo a estos a merced de la lapicera del Presidente, probablemente la movilidad para todos los jubilados y pensionados genuinos podría ser mantenida y no habría nuevos juicios a la vista.

Más allá de las tensiones de un eventual "efecto resorte" o de lo que va a ocurrir el día 181, la economía es una sábana corta y alocada cuyos bordes (inflación, gasto, tipo de cambio, impuestos, inversión, consumo, balanzas externas, cantidad de moneda, nivel de actividad, etc.) deben ser homogéneos para que el tironeo de una de las puntas no desmembre la cobertura de los otros lados. Eso se logra sólo con un Programa coordinado bajo una batuta ejecutora y no con áreas de gobierno que invariablemente desafinan. Fernández necesita algo así para convencer del todo a los acreedores y también al Fondo Monetario Internacional (FMI) y para postergarles un par de años los pagos de sumas eventualmente reducidas.

Para evitar sorpresas, el Presidente le ha encomendado manejar los tiempos a Martín Guzmán, un experto que conoce todas estas cosas de memoria, aunque por ahora desde la cátedra. Para el momento actual, en el que la inflación es un karma de décadas en la Argentina, es más importante recordar que el ministro de Economía fue discípulo dilecto de Daniel Heymann, en la Universidad de La Plata, que de Joseph Stiglitz en su periplo exterior. Heymann fue uno de los mentores del Plan Austral, algo que él mismo llamó "una experiencia de estabilización de shock" y fue el creador del llamado "desagio", una tablita reductora de la inercia inflacionaria que acaba de mencionar Guzmán, algo que funcionó bastante bien en la década del '80 hasta que la política metió la cola.

El ministro deberá ahora atajar media docena de penales al mismo tiempo y encarar su propia fortaleza acomodando la academia al ritmo de las necesidades políticas. Por ahora, no le han dado de tomar del todo una medicina que muchos de sus antecesores debieron tragar: la imposición de medidas de desajuste desde la Casa Rosada. Ante situaciones parecidas algunos de ellos dieron un portazo o se enredaron esperando algún milagro y otros, más obsecuentes o menos preparados, se rindieron a esas directivas, como sabiendo que estaban allí para hacer lo que se les dijera.

Probablemente, por esa sumisión -y más allá de dos o tres groseros errores de ejecución en negociaciones que terminaron muy mal para la Argentina- el actual gobernador de Buenos Aires fue premiado con un sillón en La Plata que, por su inexperiencia, parece que le podría quedar muy grande. Sin enredar la discusión sobre si las alícuotas que deberán pagar los bonaerenses son o no un impuestazo, hay que observar que si Axel Kicillof supuso que era posible arremeter y volver a venderle peces de colores a una sociedad con el bolsillo cansado se equivocó. Y si no supo o no quiso tomar como ejemplo al diputado Máximo Kirchner o al mismísimo Presidente sobre cómo se hace una negociación política para conseguir los votos en el Legislativo, su caso bien podría resolverse en un diván. Tras su berrinche público en el que llamó "gobernadora" a su antecesora María Eugenia Vidal, quedó también muy en falsa escuadra porque usó calcados los mismos argumentos con los que le contestaban a él cuando era opositor.

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