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El país aún no aprobó las ideas para liderar el G20

El país aún no aprobó las ideas para liderar el G20

El jueves 30 de marzo, la Universidad de Belgrano (UB), las Fundaciones Konrad Adenauer y Embajada Abierta, así como un sugestivo patrocinio de bancos de origen europeo y chino, facilitaron la organización de un debate sobre los insumos y enfoques que podrá utilizar la Argentina cuando ejerza, durante 2018, el ‘privilegio’ de conducir las actividades del Grupo de los 20 (G20). Los siete expositores que participaron del ejercicio fueron coordinados por el doctor Jorge Argüello y los periodistas José Natanson de Le Monde y Fernando Laborda de La Nación.

El diálogo pareció indicar que la propuesta central del evento, orientada a llevar una agenda latinoamericana a los recintos donde se discute la gobernabilidad mundial, requiere más horno. Ello no impidió que la canciller Susana Malcorra retomara la idea en el Foro Davos Latam.

Tanto la Ministro como el embajador Carlos Marcio Cozendey (el lúcido sherpa de Brasil ante el G20) delinearon en la UB criterios bastante terrenales. Impulsaron el criterio de aglutinar consenso en dos o tres ideas-fuerza positivas, útiles para desatar algunos nudos del debate global. Arriesgaron, a título ilustrativo, la intención de modernizar el proceso de liberalización agrícola y la lucha contra el desempleo, aunque sin indicar el cómo ni el dónde.

Entre el 2009 y 2016 la agenda del G20 estuvo copada con la noción de resolver la crisis financiera, bancaria, fiscal, energética y alimentaria que estalló en 2008. Recién en la Cumbre efectuada en Hangzhou, China (septiembre de 2016), el foro decidió incorporar temas como la inclusión social, la tecnología, la innovación y la nueva revolución industrial. Ese encuadre hizo posible crear un proceso destinado a tratar la crisis de sobreproducción industrial que desde hace casi una década deprime los precios y socava los cimientos de la siderurgia mundial, diagnóstico que también resulta aplicable a por lo menos otros nueve sectores de alta sensibilidad como el aluminio y la energía. La incidencia combinada de esa crisis, más las disputas paralelas sobre cómo aplicar ciertas reglas de la OMC a China y el neo-diferendo sobre los grandes desequilibrios del intercambio vienen poniendo, en boca de muchos líderes, la noción de ‘guerras comerciales’.

Así lo insólito suena normal. Como ver a Beijing, y no a las naciones del capitalismo ortodoxo, conduciendo el relato destinado a restituir la autoridad central de la OMC y la lucha contra toda clase de proteccionismo. La tensión límite que produjo Estados Unidos cuando se opuso a condenar el proteccionismo en la Declaración de Baden-Baden de los Ministros de Finanzas y Presidentes del Banco Central del G20 (18/3/2017), fue una patada demoledora a la racionalidad tradicional del foro.


Pero ignorar en cualquier discusión sobre el G20 que el mayor desafío contemporáneo surge de la obligación de reconstruir una agenda positiva, equilibrada y creíble de política comercial, puede acarrear una intolerable hipoteca a la debilitada economía del planeta y a la futura subsistencia del propio foro. Quienes presenciaron el debate de la UB deben haber tenido un momento de gran desconcierto al escuchar que la Casa Rosada aún no termina de aprobar un claro enfoque referencial para desplegar la tarea sustantiva de preparación y consulta. Cuando ello suceda, sería prudente tener en cuenta que el G20 nació en el contexto del FMI y del Banco Mundial, lo que supone entender que sus miembros exhiben gran desapego hacia los códigos y procedimientos de Naciones Unidas.

Bajo tal prisma, tampoco sería astuto revivir el enfoque Centro-Periferia acuñado en los 60 por la CEPAL. Hace mucho tiempo que las naciones en desarrollo dejaron de ser periféricas en los grandes números y negocios del comercio mundial.

Quizás hubiera sido más idóneo reforzar el debate de la UB con algunos de los falsos conceptos que predominan en los relatos de la política. Por ejemplo, el referido a cómo encarrilar los hechos que produce la Casa Blanca al adjudicar el "desastroso déficit comercial de ese país", a los "perversos" enfoques definidos en los acuerdos regionales de integración suscriptos por Estados Unidos, sin atender al hecho objetivo de que el 77% del aludido déficit proviene del intercambio con China, Japón y Alemania, naciones con las que Washington no tiene acuerdos de esa naturaleza.


México daría la talla de esa percepción oficial si uno olvida que sus autoridades no sólo suscribieron el exigente Acuerdo Transpacífico (TPP ) con el gobierno de Barack Obama, sino también indicaron su inmediata voluntad de actualizar racionalmente el texto del NAFTA con el gobierno de Donald Trump. El vicecanciller mexicano, y sherpa de ese país ante el G20, embajador Carlos de Icaza, no trepidó en ratificar que, si bien su gobierno mira al Sur, tiene prioritario interés en cultivar el mejor nivel de amistad posible con Estados Unidos y de ampliar a destajo el formidable acceso de sus exportaciones a ese gigantesco mercado.


Quien saltó la cerca fue el brillante Secretario General de la OECD. En declaraciones al New York Times restó importancia al cimbronazo que generó la renuencia de Estados Unidos a convalidar el texto original de la Declaración de Baden-Baden. Según Ángel Gurría las "reuniones (del G20) no se hacen para redactar el Comunicado". Hasta ahora fue difícil saber cuánto se alegraron los Ministros de Finanzas y Presidentes de Banco Central al saber que sus declaraciones ya no serán necesarias a la hora de forjar el consenso que suelen adoptar los líderes políticos de este foro.

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