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El nuevo tiempo argentino en el radar europeo

OSCAR A. MOSCARIELLO Embajador en Portugal

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Convocados por el vértigo de la acción gobernativa, absorbidos por el fervor que domina la política nacional, no siempre nos damos cuenta del alcance del cambio en curso en Argentina, ni de cuánto ese cambio es valorado al este del Atlántico.

Desde que tengo el honor de representar a nuestro país ante Portugal, he recibido sucesivas manifestaciones de como Europa contempla con admiración el giro llevado a cabo en Argentina a lo largo del último año. A las declaraciones públicas de apoyo pronunciadas por gobernantes extranjeros se sumaron tantos otros comentarios compartidos en privado. Al firme interés de los empresarios portugueses en invertir en nuestro país se agregó la atención dedicada por la prensa y las universidades europeas a este nuevo tiempo argentino. El tiempo en que Argentina entró, esta vez por buenas razones, en el radar de los inversores, los políticos, los académicos y los medios europeos.

Esta atención nos halaga doblemente. En primer lugar porque, no obstante la complejidad de sus desafíos actuales, la Europa que hoy nos contempla sigue acogiendo algunas de las más desarrolladas democracias y economías mundiales. Y luego porque dicha apreciación reconoce que las reformas en ejecución en Argentina comparten los valores fundamentales de la Unión Europea, los cimientos de la socialdemocracia y de la economía de mercado que Bruselas hoy arduamente lucha para conservar.

De hecho, la crisis financiera iniciada en 2008 fragmentó el tradicional parlamentarismo europeo. El diálogo interpartidista ha sido en muchos casos reemplazado por el antagonismo político. En algunos de los recintos donde otrora se celebraban entendimientos de régimen, están hoy confrontadas visiones incompatibles sobre el concierto de las naciones.

En este contexto, Europa ha definitivamente tomado nota de la forma como se han logrado relacionar el oficialismo y la oposición en Argentina. Unas veces llegando a un acuerdo, otras discrepando. Unas veces cediendo más el gobierno, otras más la oposición. Pero siempre sin que ninguna de las partes cierre en definitivo la puerta al diálogo futuro.

Rara vez valorada internamente, una de las características de nuestra identidad en el mundo es la afirmación de que la xenofobia y el darwinismo social no tienen lugar en la democracia argentina. El orgullo que sienten los argentinos por formar parte de una nación de inmigrantes, por tener los derechos de los extranjeros protegidos por la Constitución, reluce en un momento en que el mundo se enfrenta con reticencia a la más grave crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. No pasó por eso desapercibida en la opinión pública europea, la iniciativa del gobierno argentino para acoger familias de refugiados sirios, tal como el Papa Francisco ha repetidamente instado a la comunidad internacional a hacer.

Asimismo, también la nueva estrategia económica argentina fue recibida con elevada consideración por algunas de las más relevantes instituciones gubernamentales, empresariales y financieras europeas. Al respecto, ha sido repetidamente destacado que Argentina se reabrió al mundo en contra de un cierto enclaustramiento global.

Nuestro país adoptó sin temor el librecambismo, al mismo tiempo que algunos actores de la zona euro discutían las supuestas ventajas de recuperar el control de las antiguas monedas nacionales. De igual modo, Argentina volvió a los mercados financieros y liberalizó la repatriación de capitales, mientras que el proteccionismo económico volvía a ganar fans europeos.

Otra marca que los observadores de este lado del Atlántico reconocen y elogian en este nuevo tiempo argentino es el multilateralismo. Una vez más contra la corriente global, Argentina intenta dinamizar organizaciones regionales como el Mercosur, defiende la celebración de un acuerdo comercial con la Unión Europea, invierte en su integración en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico y ratifica sin vacilar el histórico Acuerdo de París sobre el Cambio Climático.

Europa registró igualmente con agrado la manera como el gobierno argentino ha utilizado sus primeros éxitos, no para revisar el pasado, pero si para seguir construyendo el futuro, profundizando el diálogo con las demás naciones y demostrando al mundo las condiciones favorables que nuestro país ofrece para aquellos que deseen relacionarse de manera más estrecha y previsible en esta era de cambio.

Por supuesto que, tan solo un año después del inicio de esta nueva etapa, el cambio en curso aún sigue lejos de la línea de meta y no es inmune a eventuales sobresaltos. Pero también de este lado del Atlántico se ve audacia y esperanza en Argentina. Y esa percepción constituye un muy buen augurio para el 2017.

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