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SÁBADO 25/05/2019

El miedo y el fanatismo también discriminan

ARMANDO TORRES

Ex vocero del Ministerio de Economía de la Nación. Consultor en Comunicaciones

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El miedo y el fanatismo también discriminan

Algunos argentinos con actuación política y capacidad de formar opinión cuestionan la iniciativa de un sector de promover la candidatura de alguien que cuando asuma el próximo presidente tendrá 77 años. No les importa si su salud física y mental es excelente; tampoco si por trayectoria está a la altura de la máxima responsabilidad. ¿Lo discriminan por "viejo", como en la Argentina se discrimina también a los gordos y a distintos tipos de personas que no responden al prototipo del prime time televisivo?

Pareciera no ser el caso, porque los críticos son, justo, los partidarios de quienes deberían competir con él, si presentara candidatura. Su conducta es comprensible: el miedo también discrimina; pero mucho más lo hace el fanatismo.

Sin embargo, una mirada a la historia reciente le da un mentís al argumento de que una persona sana física y clínicamente, y además lúcida, no puede hacerle un servicio a la Nación en el que, objetivamente, será el último tramo de su vida. No fue el caso de Juan Perón, quien en 1973, tras 18 años de exilio, arrasó en las urnas. Pero Perón estaba enfermo, casi incapacitado para afrontar el rigor de la gestión presidencial, y murió un año después de asumir.

También hay presidentes que murieron en funciones, siendo jóvenes. Por caso, el venezolano Hugo Chávez falleció en 2013, a los 59 años. Y Franklin D. Roosevelt, el presidente que condujo a los Estados Unidos durante la II Guerra Mundial, murió en 1945, a los 62 años. La juventud no garantiza la vida a nadie.

En cambio, grandes mandatarios con edad avanzada hicieron importantes servicios a sus naciones y algunos de ellos, a la humanidad. Shimón Peres, premio Nobel de la Paz, fue primer ministro de Israel en dos períodos, hasta los 83 años, y a los 84 fue elegido presidente, cargo que ejerció hasta los 91. Tres héroes de la Segunda Guerra o posguerra también ejercieron sus mandatos en plenitud, hasta casi los últimos días de sus vidas: Charles De Gaulle fue presidente de la República Francesa en dos períodos, entre 1959 y 1969. Dejó la presidencia a los 80. Winston Churchill fue primer ministro de Gran Bretaña hasta los 81 años mientras que Konrad Adenauer fue canciller de Alemania hasta 1963, cuando ya tenía 87.

Más acá en el tiempo, Fracoise Mitterrand fue 14 años presidente de la República Francesa, cargo que dejó en 1975, a los 79. Giorgio Napolitalo fue nueve años presidente de la República Italiana, hasta que terminó su mandato en 2015, con 90 años de edad. Y Donald Trump, en un país donde la presidencia es algo trabajoso, la ejerce con 72 años y espera revalidar a los 74, para terminar con 78. Antes, Ronald Reagan tenía 79 cuando concluyó su segundo mandato.

Hay más: Mohamed Beji Caid Essebsi, presidente de la República Tunecina, tiene 93. Michel Auon con 83 preside el Líbano. A los 76, Michael Higgins es presidente de la República de Irlanda desde 2011. El Presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, tiene 75 y está en el cargo desde 2009. Y Pepe Mujica asumió en el Uruguay a los 75 para terminar su mandato a los 80.

Todos alcanzaron esas posiciones por reconocimiento de sus compatriotas. Ni hablar de los papas; Jorge Bergoglio se convirtió en Francisco hace siete años y ya tiene 82. Debe lidiar con los problemas de 2,2 mil millones de católicos en 170 países. Un balurdo. Acá los políticos se ufanan cuando llenan una plaza; él la llena todos los domingo. ¿Y Menotti, que a los 80 fue contratado para apagar un volcán desde adentro?

Aquí hay quienes le reconocen a Lavagna haber actuado entre 2002 y 2005 como un puente que le permitió a la sociedad pasar de la desolación a la esperanza y por eso anhelan que con su sabiduría y energía contribuya otra vez a recuperar la economía e iniciar el crecimiento, en un entorno que diluya esto que empezó siendo una crispación, continuó llamándose brecha y posiblemente se encamine hacia una guerra, si se consolida la polarización pretendida en maridaje por uno y otro lado del agujero.

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Capullo, el ¨operativo clamor¨ que espera Lavagna, muestra que está decrepito o vive en el Limbo. El único clamor que emiten los peronistas es: Quiero Poder, cargos y machacantes. ¨rubenardosain.wordpress.com¨

Capullo, el ¨operativo clamor¨ que espera Lavagna, muestra que está decrepito o vive en el Limbo. El único clamor que emiten los peronistas es: Quiero Poder, cargos y machacantes. ¨rubenardosain.wordpress.com¨

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