El mayor costo de una modernización es creer que no hace falta

Como suele suceder en todos los años electorales, ningún economista o empresario se ha privado de señalar que sin reformas estructurales será muy difícil tener un sendero de crecimiento de largo plazo. La frase es una construcción que, de tan repetitiva, perdió trascendencia entre la sociedad, que no le tiene cariño a la palabra "reforma", porque su consideración está apenas un par de escalones por debajo de otro término devaluado: "ajuste".

La paradoja es que ese desinterés social es inversamente proporcional al peso efectivo que tienen muchas leyes impositivas y laborales en la vida cotidiana. Es muy común que se apoyen consignas que busquen bajar la desigualdad, la pobreza o el hambre. Lo que nadie quiere es discutir presupuestos, o cómo acordar (verbo que en política es parecido a resignar) en una legislatura una norma que corrija un marco cuestionado.

Lo real es que si no hay reforma, lo que se aplica es el status quo, que también es una decisión. Bloquear un cambio puede resultar una decisión fácil en la práctica (puede organizarse una marcha, un plebiscito, hasta un paro), pero nadie se hace cargo del riesgo de no cambiar. Todos los que aspiran a tener un trabajo, le dan más valor al contexto de la economía que a las reglas que determinan la contratación. Y si bien es cierto que no hay expansión del empleo en una economía que se contrae, la estabilidad no es garantía de que la ocupación crezca.

España fue uno de los países que se animó a probar un nuevo esquema. En medio de una severa recesión (que arrancó tras la crisis de las hipotecas de 2009), en 2012 introdujo criterios de flexibilidad en su legislación laboral, que ayudaron a revertir cifras negativas. En los años siguientes, la curva de desempleados bajó y la de aportantes a la seguridad social está cerca de su récord nominal. Muchos se preguntan si el modelo alcanzado es el modelo deseable. Son muchos también los que tienen un ingreso que sin el cambio laboral nadie les hubiera asegurado que tendrían.

La Argentina tiene una regulación rígida, tanto para los empleos temporarios como para los permanentes. Su vigencia genera una situación de estancamiento, que no debería ser leída como positiva. El PBI per cápita en pesos constantes de 2019 está en el mismo nivel que en 2008. Y la desocupación, apenas un par de puntos arriba del piso que causó la crisis de ese año. Lo que señala el especialista Juan Luis Bour es que el ajuste llegó por otro lado: cuando la inflación crece, cae el salario real o sube la informalidad.

El trabajo de hoy es distinto al de hace diez años atrás, y también será distinto dentro de diez años. Quedarse quieto no es la mejor protección frente al cambio: es alejarse de él y de sus beneficios. Es hora de empezar a hacerse amigo de las reformas.

 

 

 

Quedarse quieto no es la forma de protegerse ante un cambio, pero sí nos aleja de sus eventuales beneficios

 

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