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El mal que aqueja a la Argentina es la inconsciencia

OSVALDO AGATIELLO Profesor Escuela de Diplomacia Ginebra

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El mal que aqueja a la Argentina es la inconsciencia

El intelecto que ha sido disciplinado para transformar la densa masa de hechos y sucesos con la fuerza elástica de la razón jamás pierde el rumbo porque discierne el fin en cada comienzo, el origen en cada fin, la ley en cada interrupción, el límite en cada demora; porque siempre sabe dónde está parado y cómo el camino lleva de un punto al otro. Es el ejemplo cabal del peripatético y tiene el nil admirari del estoico. (Cardenal Johan Henry Newman)

A Ortega y Gasset lo impacientaba, en 1929, la falta de "una minoría enérgica que suscite una nueva moral en la sociedad" y fuerce al argentino "a brotar de su riqueza interior, en vez de mantenerse en perpetua deserción de sí mismo". Mientras en otras latitudes el pueblo procura sacarse de encima a tiranuelos infames, en la Argentina democrática se trata -¡Dios sea loado! - de preservar la independencia de espíritu del empobrecimiento de las conciencias.

Para lograrlo se requiere más que mostrar resultados en las elecciones, la gestión administrativa, la lucha contra la corrupción y la rendición de las cuentas públicas, que no es poco. "El primero de los deberes que se impone a aquellos que dirigen la sociedad -decía Tocquevillle- es darle instrucción a la democracia y, de ser posible, reanimar sus creencias; purificar sus costumbres; y sustituir sus ciegos instintos por el conocimiento de los verdaderos intereses".

Se necesita la inspiración de una filosofía rectora de ambiciones intergeneracionales. Roca fue tan exitoso durante tanto tiempo por ser la imagen ostensible de un sistema de ideas que funcionaba. Roca no hubiera sido posible sin Alberdi, Sarmiento, Avellaneda, Pellegrini y otros. Pero esos arreglos ya no alcanzan para el siglo XXI. Por ejemplo, tanto la educación pública como la privada no responden a las necesidades de la Argentina que debe ser y puede razonablemente ser. Es una inconsciencia colectiva pretender que esas insuficiencias, del tamaño de una catedral, se van a resolver por sí solas, sin un gran esfuerzo organizado y de largo aliento.

A mediados del siglo II antes de Jesucristo, Grecia estaba reducida al rango de provincia romana. El siglo de Pericles, las ciudades-estado autónomas, la democracia agonal, Sócrates, Platón, Aristóteles, Alejandro Magno y sus sucesores eran glorias lejanas. Pero Atenas era Atenas y en 156 a.J.C. saqueó la estratégica ciudad de Oropo, 56 km al norte, por desobediencia. Roma no tardó en reaccionar, imponiéndole una multa descomunal, de unas 17 toneladas de plata. La única solución era recurrir ante el Senado romano y, para hacerlo, se decidió enviar en misión diplomática a los titulares de las tres principales escuelas filosóficas. En 155 a.J.C. viajaron el escéptico Carnéades, por la Academia platónica; el peripatético Critolao, por el Liceo aristotélico, y el estoico Diógenes de Babilonia, por la Stoa. Con discursos epidícticos - no judiciales, no deliberativos, una novedad en Roma -los filósofos no solamente lograron reducir la pena a un quinto sino que multitudes fervorosas aclamaron sus apariciones públicas (en griego).

Así fue que el estoicismo se inició en Roma como la escuela filosófica más admirada por las élites (los militares preferían el epicureísmo) y se divulgó en el Mare Nostrum, culminando en el centro del poder con el polímata Séneca y el emperador filósofo Marco Aurelio. En la actualidad decimos que una persona actúa estoicamente cuando enfrenta las adversidades de la vida con determinación y arrojo. Pero es mucho más que eso.

La visión del mundo de los estoicos parte de un universo organizado por una gran inteligencia rectora en el que la virtud personal es clave - vivir toda la cotidianidad de acuerdo con la razón. La doctrina se basa en el dominio y control de los hechos, los objetos y las pasiones que perturban la vida. El objetivo es alcanzar la felicidad con prescindencia de los bienes materiales. Una sobria severidad que propugna una ética social basada en la razón y que resulta compatible con las teologías y laicismos más diversos. Seguramente es la razón de ser de su pervivencia.

Necesitamos una moral social renovada porque el código penal es un denominador común demasiado rústico. Ser morales es decidirnos a tener conciencia, una conciencia expandida que responda a los desafíos de este estadio histórico. Es nunca confundir quién es el enemigo, especialmente cuando se trata de nosotros mismos. Es deslindar el interés del deber, sin lo cual el análisis ético no asoma. Es forjar, con el esfuerzo que lleve, una comunidad política avanzada que se precie de haber logrado acuer do en lo fundamental respecto de la noción práctica de justicia. La misma para todos.

 

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