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El gradualismo es una receta que no es compatible con el exitismo argentino

Calmar la ansiedad de los argentinos con gradualismo económico es algo más que el nombre de uno de los desafíos políticos que se propuso la administración de Mauricio Macri. En el país del stop and go, en el que los gobiernos maximizan el corto plazo y obligan a la sociedad a apretar los frenos cuando se dan cuenta de que corren hacia un abismo (como sucedió más de una vez en el pasado), es difícil pedir confianza en los resultados más allá del momento en el que se produzcan.

El dilema que enfrenta el Gobierno es que el apoyo que recibió en las urnas en el 2015 traduce un respaldo hacia sus medidas. Donde no existe consenso es cuánto tiempo dura ese cheque. El oficialismo interpreta, de manera tácita, que debe actuar como si ese aval se mantuviese sin cambios hasta la mitad de su mandato.

Sin embargo, el ciudadano común suele verlo de otra manera. El apoyo a la gestión se extiende mientras aparecen síntomas positivos. Tropezones y caídas implican un retroceso de casilleros. Juzgan lo que está a la vista, sin detenerse demasiado en ver si hay o no algunos avances estructurales que favorezcan al largo plazo. Lo que se hizo bien deja de ser un activo, y se transforma en el piso de lo que hay que mejorar.

La obra terminada sale de la lista de asignaturas pendientes, pero sin despertar un reconocimiento particular: se hizo porque era lo prometido y punto. En conclusión, para muchos si no hay mejoras inmediatas, el que conduce el auto no conduce bien.

El Indice Líder de la Universidad Di Tella advierte que hay un cambio de tendencia en la actividad, pero no general. Cinco indicadores suben, pero una cantidad similar baja. El crecimiento brasileño es una buena señal, pero todavía débil. El salto en la inflación de abril demoró la recuperación del salario real. La grieta de la economía pega tanto como la de la política. El gradualismo vale mientras el exitismo no exija otras recetas.