El golpe del trumpismo al Capitolio expone la crisis de la cultura democrática en EE.UU.

El ingreso de una turba al Capitolio con policías desbordados, manifestantes irrumpiendo con disfraces y banderas confederadas en el recinto, muerte y hasta la declaración del toque de queda en Washington parecen páginas extraídas de un libreto de Hollywood.

La escena sorprende por el lugar en el que se produce, pero forma parte de una película que se proyectó a lo largo de los últimos cuatros años. La derrota del Partido Republicano en el estado de Georgia marcó "el último baile" electoral del actual mandato presidencial de Donald Trump, pero a diferencia del documental que retrata la dinastía de los Chicago Bulls de Michael Jordan centrada en la temporada 1997-1998 de la NBA, su desenlace no quedará en la memoria por reflejar uno de los momentos de mayor brillo de la historia, sino por enmarcar uno de los capítulos más tristes para su país y la democracia entera.

Allí, en Estados Unidos, donde el sistema democrático moderno se asentó para expandirse hacia toda América, la profunda división ofreció ayer imágenes que en la Argentina trajeron a la mente crisis más típicas de Latinoamérica y el reflejo de lo vivido aquí a fines de 2017, cuando en ocasión de la reforma previsional se produjo un violento enfrentamiento que mantuvo al Congreso prácticamente sitiado. Y a solo tres días de que el presidente Alberto Fernández promulgara una nueva reforma que esta vez se sancionó sin disturbios, más allá de que la fórmula supone un menor ingreso para la clase pasiva que la anterior.

El descontrol y la irracionalidad se corporizó esta vez en los manifestantes de Trump, que dieron un golpe al Capitolio para frenar la sesión en la que se iba a certificar la victoria de Joe Biden en los comicios presidenciales.

Fue, en definitiva, el lamentable resultado de una campaña iniciada antes de los comicios por el actual mandatario con la denuncia de un fraude electoral que, aunque su propio vicepresidente Mike Pence dejó en el camino, terminó por agitar a un grupo extremo que avanzó inclusive por encima de las fuerzas de seguridad, siempre más cercanas a los republicanos. Un grupo que, como el mandatario, no cree que la mayoría de los estadounidenses pueda haber votado en su contra y decidió tomar por la fuerza lo que las urnas, esta vez, le negaron. Inclusive en Georgia, un estado históricamente republicano y conservador pero que, como tantos otros, fue epicentro apenas meses atrás de protestas contra el racismo y terminó, por primera vez, dándole un escaño en el Senado a un afroamericano.

Ayer, fue una manifestante la que murió de un disparo recibido en el Capitolio, mientras Trump justificaba los hechos e insistía con el fraude. "Estas son las cosas que pasan", remarcó quien es seguido por millones de personas pese a su derrota. Una muestra de la fragilidad en la que queda expuesto el sistema democrático en EE.UU o en cualquier país del mundo cuando sus propios representantes le dan la espalda a sus instituciones.

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