El fin del realismo mágico abre paso al país verdadero

Las paradojas suelen explicar los fines de ciclo. Hace una semana, al ministro de Economía, Axel Kicillof, le tocó asistir a la reunión del FMI en Washington y encontrarse con un informe crítico hacia la Argentina que debió digerir con la mansedumbre de los derrotados. Un par de días después, los diputados Carlos Kunkel y Diana Conti anunciaron un proyecto legislativo para regular las protestas que habría sido una bocanada de aire fresco si se hubiera conocido hace una década y el kirchnerismo no hubiera avalado los cortes de calles, sobre todo cuando afectaban a sus adversarios.

Y el sábado por la noche, le tocó vivir el lamentable robo de su auto importado al senador kirchnerista Aníbal Fernández. Apenas un delito más en el Gran Buenos Aires pero que afectó esta vez a quien había relativizado los hechos de inseguridad calificándolos de sensaciones que exageraban los medios de comunicación.

Además de ser la única realidad, como solía decir Perón, la verdad es una tormenta que emite señales de advertencia y arrecia cuando los individuos no le dan importancia. La Argentina verdadera está asomando pese a los intentos de construir un paraíso ficticio desde el discurso oficial. Y está haciendo añicos este esperpento de realismo mágico que no merece, justo en estos días, la memoria de Gabriel García Márquez

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