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El fantasma del estancamiento regional

Se repite como un mantra que los países de América latina atenazados por la recesión volverán a crecer en 2017. Pero la actualización de proyecciones de consultoras y organizaciones internacionales, entre ellas la Cepal, dejan una evidencia inquietante: Brasil, que se esperaba fuera la locomotora, se mantendría estancado luego de una caída del PBI cercana al 8% en los últimos dos años.
La última actualización de Cepal prevé recuperación ínfima para Brasil en 2017: un rebote de apenas 0,5%, tras un retroceso este año estimado en 3,4%. La revisión a la baja de los pronósticos adjudica un magro avance de 1,1% para el conjunto de los países del Cono Sur, por debajo del promedio general de la región, que asciende igualmente a un modesto 1,5%.
El consenso de economistas que releva focus-economics tampoco es optimista. El indicador arrojó una caída de 1,2% para el PBI regional en el primer trimestre de este año y 1% en el segundo. Todos coinciden en que la depresión se trasladó al segundo semestre del año y que persistirá esa tendencia en el último trimestre. Sólo México, Paraguay y Uruguay muestran moderadas tasas de crecimiento.
La promesa de expansión brasileña se pospone una y otra vez, más allá de que los mercados saluden la voluntad del gobierno de Michel Temer de avanzar con privatizaciones, reformas laboral y jubilatoria y medidas diversas para congelar el gasto estatal, es decir, un clásico de la ortodoxia. El índice de actividad económica que mide el Banco Central de ese país registró en agosto último una caída de casi el 1%, la mayor de los últimos quince meses. Los desembolsos del poderoso BNDS, el banco de desarrollo de Brasil, retrocedieron un 34% en septiembre y hasta las consultas por financiamiento bajaron 8%. Un buen termómetro que mide la voluntad real de inversión del empresariado local.
Entonces, ¿cuál es el fundamento del optimismo para 2017?
Existe en buena parte de la dirigencia regional y entre los economistas del pensamiento convencional dosis combinadas de voluntarismo, errores de diagnóstico o simplemente la búsqueda de inyectar expectativas favorables. Pero lo cierto es que las sucesivas proyecciones de reactivación en la región no se están verificando, así como tampoco terminan de consolidarse algunas tenues señales que podrían habilitar el entusiasmo.
Más allá de la orientación de las políticas que se vienen instrumentado en buena parte de los países de la región es incuestionable que el contexto global no es alentador. Crecimiento muy lento en el mundo desarrollado, especialmente en Europa, volatilidad financiera, caída del comercio internacional y previsible avance del proteccionismo en los principales bloques mundiales son tendencias marcadas.
En este escenario global, las políticas de austeridad que derivan en erosión salarial y derrumbe del consumo, la disminución del financiamiento al sector productivo, débil inversión pública por restricciones fiscales, caída del empleo y deterioro general de los indicadores sociales son postales que se repiten en gran parte de la geografía de América Latina sin que se vislumbre el canal por donde llegará la resurrección.
Los ajustes fiscales y monetarios orientados a enfrentar la inflación -erigida como la madre de los problemas y no como consecuencia de una estructura emparentada con el subdesarrollo- vienen dejando en el camino destrucción del tejido social y productivo. Cuesta recuperarse en este entorno, comprueban muchos líderes de la región, que imaginaban a la confianza de los mercados como un antídoto para disimular los rigores del ajuste.
Podrá haber mayor afinidad política entre los gobiernos y una búsqueda más intensa para afianzar la integración comercial, pero sin políticas activas para el sector productivo, aumento de la inversión pública y medidas orientadas a sostener el empleo y la demanda interna, el estancamiento le ganará la pulseada a la reactivación.

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