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El eterno amor político entre Europa y el Mercosur

Existen pocas dudas de que la Unión Europea y el Mercosur se juran, periódicamente, el más sublime y eterno de los amores políticos. Pero veinte años de pasión no parecen haber alcanzado para finalizar el Acuerdo de Comercio birregional que, con buen criterio, volvieron a poner sobre la mesa el nuevo gobierno argentino y sus socios regionales. En esta oportunidad cabría empezar con otro GPS de trabajo y fortalecer los planteles multidisciplinarios que deben saber dónde estamos parados, dónde queremos llegar y cuáles son los verdaderos componentes y precios de cada uno de nuestros objetivos contractuales. A partir de ese andamiaje, correspondería definir con realismo hasta dónde se puede, conviene o desea asumir el costo de tal proceso.

De movida, resulta imprudente creer que ambas regiones tienen la misma lectura acerca del valor que cabe asignar a los hoy desactualizados enfoques de comercio e inversión, o aún al acuerdo light que impulsaba el ex Canciller de Brasil Celso Amorim (ver columnas anteriores). En estos días nadie sabe cómo ponderar los compromisos de acceso a los mercados que provengan del Viejo Continente, cuando se computan los efectos de sus conflictos (como Cataluña, Escocia o la posible salida del Reino Unido de la UE -el ‘brexit’-); de la inmigración descontrolada, la estructural debilidad del EURO y la irresuelta deuda pública de naciones como Grecia, Irlanda, España, Italia y Malta.

En adición a ello, cualquier propuesta de Bruselas sobre acceso al mercado que venga acompañada de subsidios y proteccionismo regulatorio, dejaría enormes interrogantes acerca de la genuina voluntad de progreso de sus promotores. Tampoco los europeos saben cuánto vale el acceso que ofrecen las naciones sudamericanas, a las que muchos de sus Miembros identifican como una amenaza para su economía agrícola, y constituye una región que pugna por salir de la recesión, restaurar la capacidad de competir, reabrir las importaciones, controlar la inflación, revertir el desorden fiscal y frenar la corrupción.

El Presidente del Consejo Europeo y la Comisario de Comercio de la Comisión Europea adelantaron, hace pocos días, la agenda oficial de las negociaciones previstas durante el primer semestre de 2016 donde, salvo que haya una lista ‘blue’, no figura el Mercosur. Esa nómina concede gran espacio al objetivo de concluir el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión con Estados Unidos (TTIP en su sigla inglesa), cuya evolución tiende a menoscabar el concepto de mega-proyecto modelo que se le dio al comienzo. Según la gente que lo está negociando, hasta ahora sólo califica un poco mejor que un acuerdo standard de acceso a los mercados de bienes y servicios (quizás con bolsones de compras del Estado), al que se adosarían mecanismos de consulta y transparencia, no de eliminación del proteccionismo regulatorio, e inspira un encarnizado debate sobre temas nuevos como las reglas sobre trato nacional a la inversión sujetas al muy polémico mecanismo de Solución de Diferencias Inversor-Estado. Una reciente disputa de unos u$s 15.000 millones (sobre la cancelación del oleoducto Keystone XL), habría hecho notar al gobierno de Obama que los mentores de tal enfoque se equivocaron feo al promover la inclusión de dicho instrumento en los proyectos que EE.UU. considera de mayor interés, algo que Alemania advirtió de entrada con enorme paciencia. El proceso del TTIP tampoco sirvió, hasta ahora, para detener el nuevo proyecto de la UE orientado a prohibir la importación de Organismos Genéticamente Modificados como la soja y el maíz, un exabrupto que preocupa seriamente a los exportadores centrales de productos agrícolas, entre ellos al Mercosur.

La lista de negociaciones europeas se completa con el seguimiento de la reciente Conferencia Ministerial de la OMC realizada en Nairobi; los proyectos de libre comercio con Japón, Australia y Nueva Zelandia; la modernización del tratado comercial existente con México, la sintonía fina del acuerdo suscripto con Canadá, la finalización del proyecto bilateral sobre inversiones con China y eventuales negociaciones paralelas con Filipinas e Indonesia.

Los negociadores del Mercosur tampoco deberían perder de vista los efectos de los compromisos sobre propiedad intelectual, ni la importancia clave de montar un mecanismo birregional confiable para desmantelar los subsidios agrícolas, el que debería vincularse con un mecanismo de solución de diferencias de fuerza contractual, ya que en la Decisión Ministerial de la OMC aprobada en diciembre pasado se omitió ‘ese pequeño detalle’. Si todo ese paquete sincroniza bien, y no hay más sorpresas, quedaríamos cerca del brindis.

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