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El empleo, una cuestión central

Desde hace algún tiempo la problemática del empleo ha vuelto a ocupar el primer plano en la atención de la sociedad argentina.
El hombre y la mujer de la calle ven y escuchan a muchos funcionarios, dirigentes políticos, empresarios, sindicalistas y periodistas confrontando ideas sobre el tema, a veces acaloradamente, con argumentos que no siempre consideran aspectos centrales de la cuestión.
Sin otro ánimo que el de contribuir a clarificar esa discusión, y apoyado en la experiencia de muchos años como dirigente pyme, propongo tener en cuenta algunos conceptos cuya omisión, en el pasado, trajo consecuencias nefastas para la vida del país.
En primer lugar, ninguna fórmula pretendidamente eficientista puede hacer olvidar que toda buena política económica debe aspirar al pleno empleo. El éxito de un programa no puede contabilizarse sólo ni principalmente en una hoja de ganancias y pérdidas, porque la economía es una actividad que concierne a todo el ser humano.
Dicho de otro modo: no hay buen resultado económico si el costo se paga en personas desocupadas, familias con la angustia de no tener ingresos, enfrentamientos sociales cada vez más profundos y la paz social en serio riesgo de desaparición.
Como empresario estoy convencido de que todo puesto de trabajo debe ser productivo. En la vida de nuestras pymes no cabe pensar en ‘ñoquis’ porque no podríamos sostenerlos. Los nuestros son en muchos casos emprendimientos familiares, en los cuales la relación entre el empleador y sus dependientes suele ser tan cercana como entrañable.
Las pymes, principales generadoras de puestos de trabajo genuinos en la Argentina, demuestran frecuentemente su auténtica sensibilidad social al mantener su nómina de empleados en circunstancias difíciles, cuando lo más fácil sería apelar a las suspensiones o incluso a los despidos. Los trabajadores saben eso, y lo valoran.
Puede decirse entonces que el empleo es una cuestión central para cualquier economía, y que cualquier iniciativa que desestime la importancia de la estabilidad laboral no sólo está destinada al fracaso, sino que provocará reacciones indeseables más temprano que tarde, al margen de las intenciones que las hayan motivado.
Harían muy bien todos los actores principales del quehacer socioeconómico y político argentino en recordar estos principios. La armonía social que se desprende de ellos no es un ítem que vaya a aparecer en un balance ni tampoco se mide en partidas del presupuesto, pero es una condición previa para la llegada de las tan mentadas inversiones. Y ya se sabe, también, que únicamente de la inversión real puede esperarse que el empleo crezca y contribuya al bienestar de todos los argentinos.

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