El efecto curativo de un blindaje siempre es menor al daño de la crisis que lo causa

El mundo parece estar mirando a la Argentina con mejores ojos que en abril, cuando una combinación de factores disparó una salida de capitales que puso a la economía local bajo la luz de los bancos de inversión globales. Para ese público, el anuncio de la negociación con el Fondo Monetario fue un bálsamo que hizo efecto de manera bastante efectiva. El BCRA recuperará todas las reservas que perdió (más también) y la alta tasa de interés garantiza que de a poco los fondos vuelvan a aprovechar la rentabilidad local. Eso es, ni más ni menos, lo que implica la palabra volatilidad. Un día es una emergencia y a la semana siguiente, o al mes, el imán financiero vuelve a funcionar.

En la economía de bienes, donde las decisiones que se toman hoy tienen un impacto que se extiende por meses, la volatilidad tiene otro efecto. La devaluación, que se desencadenó por la turbulencia global del dólar, se trasladó obviamente a los precios. Y al hacerlo, subió un escalón los costos de toda la economía. Para una empresa que se ve forzada a achicar sus gastos o para una pyme que sacrifica ingresos cada vez que vende un cheque antes de tiempo, que los inversores internacionales declaren a la Argentina como economía recuperada no tiene ningún valor positivo. El ajuste que no hizo el Estado, ahora lo tienen que hacer todos.

La inyección de oxígeno que va a recibir el Gobierno no es efímera, es real. Pero su efecto curativo es menor al daño que causó la crisis cambiaria. Lo que no cabe asumir en este contexto es un giro extremo en las expectativas. El PBI va a crecer, menos pero va a crecer. Las exportaciones van a repuntar y hay sectores de la economía que tienen motores independientes, como el agro (atado a la demanda global) y la construcción, que responderá al ritmo de las obras del PPP. Por eso tampoco cabe augurar una hecatombe. El plato que se servirá en la mesa de los argentinos no va a desaparecer, pero la ración será más chica.

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