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El desafío de bajar la inflación cuando el argentino ahorra en dólares

FERNANDO R. MARENGO Socio Arriazu & Asoc. - Macroanalistas

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El desafío de bajar la inflación cuando el argentino ahorra en dólares

La inflación ha vuelto a situarse en el centro del debate económico y político en Argentina. Los primeros meses de la nueva administración con tasas de inflación en torno al 4%, han abierto el debate entre los que consideran que estas subas representan incrementos por una única vez, destinadas a corregir desequilibrios ‘heredados’, y los que consideran que son parte de un proceso permanente de aceleración de la tasa de inflación y que buscan favorecer a determinados sectores a costa de los trabajadores y los sectores de menores ingresos. El posible impacto de la inflación sobre otras variables sociales y políticas intensificó el debate.

En el largo plazo la inflación será siempre el resultado de los desequilibrios en el mercado de pesos (que no la ocasiona la sola oferta de pesos), aunque en el corto plazo su evolución puede depender de otras variables. Para controlar la inflación en el largo plazo resulta crucial coordinar la política monetaria -implementada por el Banco Central-, y la fiscal -conducida desde el Ministerio de Hacienda y Finanzas-, puesto que esta última suele condicionar la emisión de pesos.

Las medidas implementadas destinadas a la recomposición de precios relativos (devaluación, baja de retenciones, ajustes de tarifas) se reflejarán inevitablemente en incrementos de precios. La mayoría de estos ajustes deberían ser por una única vez, pero si son percibidos como permanentes pueden alterar las expectativas inflacionarias desatando demandas de ajustes salariales.

Mientras el Tesoro avanza en su tarea de reducir el desequilibrio fiscal que ocasionó la suba de precios de los últimos años, el Banco Central busca, en el plano inmediato, compensar el incremento de precios asociados a los ajustes de precios relativos, centrando su política cambiaria y monetaria en limitar la expansión de la base monetaria y reducir al mínimo su intervención en el mercado de cambios. El objetivo es presionar a la baja los precios de los bienes que no se comercializan internacionalmente, tarea colosal si se toma en consideración que estos productos utilizan insumos cuyos precios se vieron afectados por la depreciación del peso, por la eliminación de las retenciones y por la suba de las tarifas eléctricas.

El éxito de esta política descansa en dos supuestos esenciales: el primero, supone que si el Banco Central no interviene en el mercado de cambios el tipo de cambio fluctuará libremente, y que no es necesario acumular reservas para defender cierta cotización de la moneda. En realidad, la intervención en el mercado puede realizarse en forma directa (compra-venta de dólares) o indirecta (colocación neta de pases y lebacs). El segundo, que la unidad de cuenta de los argentinos es el peso, y que el traspaso de movimientos de tipo de cambio a los precios de los bienes es bajo.

De esta manera, luego del exitoso levantamiento del cepo cambiario en diciembre del año pasado, el Banco Central recurrió intensamente a la colocación de deuda para reducir la oferta monetaria. El uso de este instrumento fue tan agresivo que provocó una apreciación inicial del peso que llevó al Banco Central a bajar las tasas de interés, a pesar de que no se habían controlado las expectativas de inflación. La autoridad monetaria debió desandar parte del camino cuando el público percibió que el dólar estaba ‘barato’ y realizó compras significativas que provocaron rápidas depreciaciones del peso. La reciente suba de tasas y la posterior apreciación del peso resultó una muestra de que la demanda de activos en pesos requería una prima mayor para ser atractivos.

Para entender los efectos de estas oscilaciones bruscas en el tipo de cambio resulta imprescindible recordar que -con motivo de los altos niveles de inflación que experimentara la economía argentina desde mediados del siglo pasado- la moneda nacional sólo cumple una de sus funciones, la transaccional, mientras que los agentes económicos no la aceptan para cumplir funciones de unidad de cuenta y de instrumento de ahorro. De esta manera, la demanda de pesos se redujo a un mínimo indispensable, y fluctúa en función de las tasas esperadas de retorno del peso respecto del dólar.

El restablecimiento de la moneda nacional como unidad de cuenta y como instrumento de ahorro debería ser una prioridad de cualquier gobierno, para lo cual resulta menester llevar adelante un programa creíble de combate a la inflación. Si se logra este objetivo, la demanda de pesos se incrementará en forma estable y la demanda de dólares se reducirá. En ese momento dejará de ser una preocupación para el Banco Central la emisión de pesos para comprar dólares en el mercado de cambios.

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