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El desacuerdo transatlántico

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JORGE ARGUELLO

Presidente de la Fundación Embajada Abierta Ex Embajador

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A finales del siglo XV, en el auge de la expansión marítima europea, las coronas de Portugal y Castilla decidieron regular sus intensas y permanentes disputas territoriales acordando el Tratado de Tordesillas, un reparto de zonas de navegación y conquista del océano Atlántico y del nuevo mundo.

Seis siglos después, con eje en la potencia ahora dominante asistimos a una nueva división del mundo en dos mitades. De un lado el Acuerdo Transpacífico, pacto firmado el año pasado entre los Estados Unidos y otros once países de tres continentes, y del otro el Acuerdo Transatlántico, un convenio similar de libre comercio que Washington aún busca concretar con la Unión Europea.

Con Tordesillas, Portugal y Castilla procuraron exclusividad territorial. Con los Acuerdos Transpacífico y Transatlántico los Estados Unidos buscan asegurarse accesos comerciales privilegiados

A diferencia de la alianza transpacífica, el pacto con la Unión Europea está lejos de ser una certeza y ni siquiera la reciente visita del presidente Barack Obama a Europa parece haber disipado el escepticismo en torno a las negociaciones. De hecho, cuanto más se prolongan las conversaciones -la próxima ronda, la 14ª, deberá comenzar en julio-más difícil parece de alcanzar un entendimiento.

Por mayor que sea la afinidad ideológica y cultural, por más estables y alineadas que sean las relaciones diplomáticas, toda negociación supone un juego de fortalezas y debilidades. Así las cosas, aparece clara la fragilidad de Bruselas frente a Washington. Como resultado de una respuesta tardía, vacilante y asimétrica a la crisis financiera, Europa convive con más desempleo, menor crecimiento y expectativas más débiles, además de continuar importando la mitad de la energía que consume.

A la debilidad económica se suma la mayor fragmentación política. Mientras que el negociador de los Estados Unidos representa un sólo país, el jefe de la delegación europea es el portavoz de 28 naciones. Su grado de libertad y su consistencia se empequeñecen a medida que asoman las contradicciones europeas, que existen y que ayudan a explicar el secretismo que rodea las negociaciones.

El general Charles de Gaulle, eterno desconfiado de la afinidad entre Londres y Washington, difícilmente suscribiría este acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. Recordemos que el euro también nació para ponerle un límite a la creciente dolarización de los negocios internacionales. Heredero de este legado cultural, el presidente François Hollande ya advirtió públicamente que, en su forma actual, vetaría el Acuerdo Transatlántico por oponerse al libre comercio desregulado.

En Berlín parece existir alguna resistencia, en particular cuando se debate el sector automovilístico, pero no anticuerpos. Al final del día la canciller Angela Merkel sabe que el acuerdo puede abrir puertas en la otra margen del Atlántico a las empresas alemanas.

El calendario electoral tampoco corre a favor del Acuerdo Transatlántico. A principios del próximo año habrá un nuevo inquilino en la Casa Blanca y ninguno de los más probables sucesores de Barack Obama es un euro-entusiasta. El Viejo Continente ya no ocupa un lugar principal en la agenda norteamericana.
Asimismo, poco después de las presidenciales en los Estados Unidos van a celebrarse elecciones en Alemania y Francia, ambas en 2017. Y hoy no está claro que Angela Merkel quiera cumplir un cuarto mandato y mucho menos que François Hollande, aún queriéndolo, sea capaz de renovar el suyo.

La cuna de la Unión Europea fue un acuerdo comercial sobre el carbón y el acero. Mientras se gestaba, la Unión fue superando sus inconsistencias internas llegando a celebrar más de doscientos acuerdos de libre comercio. Pero esta vez puede ser diferente. Porque el muro de Berlín cayó, porque las asimetrías entre los Estados miembros se profundizaron, porque la contraparte de Europa es la principal economía del mundo y, por último, porque el menú tiene un solo plato de digestión complicada: el mayor acuerdo de libre comercio del mundo.

¿Tendremos acuerdo o desacuerdo transatlántico?