¿El debate económico actual generará aportes en la pospandemia?

Posiblemente no haya dudas acerca de la relación directa existente entre conocimiento y desarrollo humano. En la actualidad, el mundo está atento esperando los resultados de la inédita carrera por el diseño de la vacuna. Si bien la sociedad global se paralizó, se lograron impensados aprendizajes e instalaron profundas culturas en materia de información y comunicaciones. No obstante, todavía hay mucho camino por recorrer. En la Argentina, se requerirán inversiones y asesoramientos técnicos de toda índole y más acervos en ciencia y técnica. No sólo cambiarán las estructuras de costos de las empresas y las ciudades, sino que además habrá oportunidades y amenazas. El debate económico deberá acompañar también, pero, en su estado actual, ¿está en condiciones de afrontar los requerimientos de la nueva economía?

Pese al desmoronamiento del producto bruto interno (PIB) a tasas trimestrales de dos dígitos en la Argentina y otras regiones del orbe (y a la incipiente recuperación actual), la contribución del conocimiento económico luce hoy enmarañado, repetitivo, ilógico y a las órdenes de la política partidaria. En las interacciones surgidas entre quienes se piensa que poseen las llaves de la academia, sólo emergen pronósticos grandilocuentes e indebidas apropiaciones de la verdad, incluso censuradas metodológicamente por el carácter social y fáctico de la ciencia económica. Por lo general, sus aportes se basan en anticipos de inminentes hiperinflaciones, “apocalípticos defaults, interminables recesiones y fraudulentas crisis financieras. Estas usinas ruidosas, distorsionan la cultura y el potencial de la ciencia económica con sus ideas simplistas, contables y matemáticas cuando enseñan que el tratamiento macroeconómico es idénticamente igual al del dominio de la microeconomía de las familias y las empresas. Cuando surgen los yerros, aparecen los desprestigios, las dudas sobre la verosimilitud de las medidas, los ruidos ensordecedores de las expectativas (instancia en la que se concluye que siempre todo es lo mismo) y las fatales fallas en coordinación macroeconómica (provocadas por el mismo ciclo de vida de las profecías autocumplidas).

Sugiriendo que sólo el mercado brinda todas las oportunidades, que la vida económica del individuo posee connotaciones voluntarias (donde el desempleo y la pobreza es prácticamente una decisión personal) y que deben cuidarse a rajatabla los equilibrios (nada de salir a auxiliar a “los caídos ), el mensaje consiste siempre en combatir el déficit fiscal, la emisión de dinero, defender el raro concepto de libertad (creado para quienes compran millones de dólares) y elevar el ahorro, aún en contextos de depresión nunca antes vistos como el actual. No contemplan que “el auge, y no la depresión, es la hora de la austeridad (Keynes, 1930) . La polvareda levantada tiene un único propósito: agitar las expectativas para que, desde la trinchera de los balcones, se defiendan concepciones teóricas complejas de discernir si no se estudian responsablemente.

Entre las tantas curiosidades de estos meses, muchas emergieron cuando se cerró el acuerdo por la deuda con el comité de acreedores, el grupo de bonistas del canje y otros tenedores de títulos por un monto cercano a U$S 66.000 millones. Sin lugar a dudas, era un problema al que había que dársele una inmediata solución si se pretendía evitar conflictos legales internacionales y abordar un escenario de crecimiento económico. Entre “los consultores estrella del país, aparecieron quienes indicaban que los acreedores llevaron “como chicos para el colegio a los negociadores argentinos al señalar que empezaron cerca de un valor presente neto de U$S 40 por lámina de U$S 100 y terminaron “inexplicadamente en casi U$S 54. Quien apoyó este razonamiento con vehemencia, se olvidó de su propia lógica de negociación porque, seguramente, en algún momento, ofreció precios más bajos que el publicado con el objeto de terminar lo menos arriba posible. ¿Por dónde debieron haber empezado los negociadores argentinos? Desde bien abajo para llegar hasta la máxima “disposición a pagar , un tema explicado hace más de 130 años por el profesor Alfred Marshall en su célebre teoría del excedente del consumidor.

Otra de las manifestaciones llamativas surgió cuando alguien utilizó imágenes de la obra más leída en la historia en idioma francés, El Principito de Antoine Saint-Exupery. El especialista en cuestión, hizo un gráfico

con la conocida imagen del elefante recorriendo el tracto digestivo de la boa, dibujo que, paradójicamente, simboliza todo lo engañosa que pueden resultar las apariencias y cómo la incomprensión puede motivar la toma de decisiones erradas. Su teoría financiera sostuvo que toda esa negociación lo único que hizo fue trasladar el problema de la deuda (el elefante) para más adelante. ¿Qué intentó demostrar? Que nada se resolvió porque todo ese “ahogo elefantiásico ahora deberá ser resuelto por el próximo gobierno. El reconocido profesor Olivier Blanchard le habría hecho una contundente observación a su razonamiento porque, en esencia, “omitió incorporar a la ecuación el crecimiento económico (g). En palabras de Blanchard, “si la tasa de crecimiento de la economía es mayor que el tipo de interés real, es decir, si r - g es negativa, la tasa de endeudamiento no solo crecerá a un ritmo más lento, sino que disminuirá de un año a otro (Blanchard, 2012) . Aunque luzca horrible la imagen, el elefante sería digerido.

El profesor Eric Roll sostenía que "los economistas modernos aún hacen especular a Robinson Crusoe sobre lo que implica la elección esencial de la economía (Roll, 2010)". Según los exponentes a los que alude Roll, el bienestar social depende de una suerte de coordinación individual (sin un Estado presente) en la que un homus economicus sabio e imperturbable disfruta de sus triunfos, se sobrepone rápidamente de sus derrotas, interactúa en un sistema armónico y se siente cómodo en economías funcionando “en piloto automático manejadas por cajas de conversión o esquemas de metas de inflación, como los que funcionaron en la Argentina. Esta corriente predominante en el debate económico nacional actual, sostiene que, sólo haciendo funcionar esa maquinaria, mejoraría el bienestar de todo el abanico social. El problema aparece cuando se necesitan acciones directas de corto plazo (políticas económicas, como en la actualidad) para repeler, por ejemplo, corridas cambiarias, subas de tasas de interés o, entre otras patologías, abruptos debilitamientos de la oferta o la demanda agregada. Roll sostenía que las primeras teorías económicas conocidas trabajaban en el mejoramiento de temas técnicos vinculados a la producción y al bienestar social (prácticamente eran políticas activas). Más adaptado a la realidad, ello podría estar indicando que los tiempos tormentosos actuales requerirían impulsos teóricos / prácticos consistentes en darle vitalidad a una microeconomía social para que sus efectos se trasladen a la macroeconomía. Proyectos y propuestas vinculadas a los requerimientos sectoriales privados con sustento público, proveerían elementos de estabilidad a la inversión agregada y la estructura económica en la fase de pospandemia, al tiempo que se afianzarían los consensos sobre el funcionamiento institucional.

Hoy por hoy, el especialista en economía está lejos de cumplir con los requerimientos de la coyuntura económica. Su voluntad no parece encontrarse en la misma sintonía que la de los médicos y otros científicos y técnicos esenciales movilizados en este momento. Un buen comienzo para plegarse a esta cruzada nacional (y global), podría consistir en trabajar en una ingeniería pública y privada más direccionada al diseño de una economía inclusiva y orientar sus conocimientos para saldar una antigua deuda del capitalismo: la mejora de la distribución del ingreso.

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