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El brexit promete consecuencias

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JORGE ARGÜELLO Presidente Fundación Embajada Abierta. Ex Embajador ante la ONU, Estados Unidos y Portugal

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El brexit promete consecuencias

Desde el crack bursátil de 1929 hasta la caída del muro de Berlín, nuestra memoria colectiva guarda muchos jueves de enorme significación histórica. Podemos estar en vísperas de otro si mañana, 23 de junio, el Reino Unido decide romper su asociación a la Unión Europea.

El resultado es incierto. Las encuestas que conceden una ligera ventaja al brexit salieron de las mismas oficinas que hace poco anticipaban un empate entre laboristas y conservadores en las elecciones que terminaron dando una mayoría absoluta a David Cameron. La abstención, a menudo ignorada por las portadas de los diarios, puede ser decisiva para el péndulo que se mueve entre permanecer o salir de la Unión.

El referéndum británico está atravesado por sofismas políticos. Sólo así ha sido posible presentar la salida de la Unión Europea como una solución para la inmigración sin mencionar que el Reino Unido no integra el espacio Schengen, sin señalar que aproximadamente la mitad de a inmigración de Gran Bretaña tiene su origen fuera de la Unión Europea.

Sólo así ha sido posible argumentar que en pleno siglo XXI la soledad es más rentable que la integración, olvidando que la Unión Europea representa alrededor del 45% de las exportaciones británicas e ignorando que, según los cálculos del propio Tesoro británico, el brexit puede costar más del 6% del producto interno bruto en los próximos 15 años.

De esta manera fue posible la insurrección contra los aportes a la Unión Europea sin recordar que, siendo la segunda mayor economía de la organización, el Reino Unido es apenas el octavo contribuyentem per cápita del presupuesto comunitario.

Ante la falta de racionalidad económica, sobra a los defensores del brexit la retórica nacionalista de ‘recuperar la soberanía’ y ‘poner el Reino Unido en primer lugar’, las mismas consignas utilizadas durante el primer referéndum celebrado en 1975.

El referéndum de este jueves nos recuerda a todos que, en verdad, Londres nunca ha querido ser un miembro pleno de la Unión Europea. La consulta ha servido para sacar a la luz los resquicios del viejo euroescepticismo que sobrevive dentro de los dos principales partidos británicos. Nos ha obligado a revisar a Hugh Gaitskell, el ex líder laborista para quien la adhesión al proyecto europeo "pondría fin a mil años de historia". Nos ha recordado el día en que la conversadora Margaret Thatcher admitió estar "profundamente decepcionada y desconfiada con todo lo que se hace en nombre de Europa".

El brexit promete consecuencias. Sea por venganza o por simple instinto de supervivencia, Bruselas impondrá seguramente un divorcio largo, costoso y sobre todo litigioso. Primero para evitar que otros Estados miembros se sientan tentados a dejar el club - cuanto más pesada la factura, menor la tentación. Y después para intentar combatir el creciente euroescepticismo exhibiendo las esperadas dificultades británicas que supondrían su salida de la Unión. Terminado el referéndum será, por lo tanto, el turno de la Unión Europea para entrar en campaña.

Un proyecto de informe preparado por altos funcionarios europeos que llegó a las manos de la prensa es ilustrativo del estado de espíritu de Bruselas. Imponer aranceles a los productos británicos, apoyar a España en la disputa por Gibraltar, reducir el uso del inglés a favor del francés y del alemán, y deportar los prisioneros británicos a Turquía a cambio de refugiados son algunas de las propuestas incluidas en el documento.

Y lo más probable es que el órgano encargado de componer el menú de la revancha sea la Comisión Europea, cuyo presidente Jean-Claude Juncker fue elegido contra la voluntad de apenas dos Estados miembros: Hungría y el Reino Unido.

Si los británicos salen habrá hostilidad, pero si deciden quedarse no van a escuchar aplausos. Preparados para reforzar su poder en la Unión en caso de brexit, París y Berlín podrían incluso recibir la noticia de la permanencia con decepción. Londres, en ese escenario, mantendrá su lugar en la mesa, pero será recibido un poco como el pariente lejano que nos visita después de fallar un aniversario importante.

Los dos platillos de esta balanza dejan en claro que el referéndum fue un clamoroso error político de David Cameron, que incluso puede costarle el liderazgo del partido conservador y su puesto de primer ministro.

Este referéndum está corroborando que ni el Reino está Unido ni existe hoy una Unión auténticamente Europea. Más allá de las pirotecnias, lo cierto es que, separados, ambos quedarán más vulnerables y serán menos relevantes internacionalmente porque rara vez la debilidad de uno engrandeció el otro.

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