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El alto costo de tender la mano a Donald Trump

JORGE RIABOI Diplomático y periodista

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El alto costo de tender la mano a Donald Trump

Si los restantes líderes del Grupo de los 20 (G20) hubiesen actuado con los mismos reflejos políticos que exhibieron el Congreso, la Justicia y otros resortes internos del poder estadounidense, hoy no estarían tentados a preguntarse si fue o no un acierto renunciar a valiosos principios del foro para conseguir buen diálogo con el gobierno de rasgos mercantilistas que encabeza Donald Trump. Si valió la pena responder con un manto de paciencia a los arrestos temperamentales, la improvisación y las demandas impredecibles que signaron sus primeros 100 días de gestión internacional. Si tal sacrificio será el costo final de la pirueta destinada a salvar la integridad del proceso de cooperación anti-crisis y de reforma estructural que guía el accionar del G20. Si es posible montar una verdadera alianza de gobernabilidad con un interlocutor que ofrece pocas y apropiadas certezas a la hora de reconducir el planeta hacia un sostenible desarrollo económico, social y ambiental.

Recién a fines de abril empezó a notarse un creciente aunque desordenado esfuerzo de la Casa Blanca por reflexionar un poco más y ‘twittear’ bastante menos. Aunque todavía es prematuro diagnosticar si habrá giro copernicano, está claro que el tinglado que brinda el Salón Oval ayuda a bajar el tono y el dramatismo de las reformas buscadas por Trump en el NAFTA, la OTAN, las relaciones con Moscú, el diálogo con China o los difíciles conflictos del Medio Oriente. Poco se sabe de lo que pasará con Corea.

Según Robert Lighthizer, el candidato a dirigir las negociaciones comerciales (el USTR), la mayoría de las propuestas que impulsa la Casa Blanca ya habían sido bien definidas en el mega-Acuerdo de Asociación Transpacífica (TPP) que su futuro jefe descartó de entrada y de un plumazo.

Así se explican los extravagantes impulsos que llevaron a los Ministros de Finanzas o Economía y los titulares de Bancos Centrales a enterrar, en sucesivas reuniones del G20 y del Fondo Monetario (ésta última concluida el 22/4/2017), el principio de ‘resistir a toda clase de proteccionismo’. El Ministro alemán de Economía y coordinador transitorio del G20, dejó en claro que ese innecesario repliegue conceptual, impulsado por Estados Unidos, no era un paso en la dirección correcta. La directora-gerente del Fondo Monetario respiró hondo y decidió mirar cómo pasaba el cadáver de tan consagrado enfoque.

Nada de esto fue sorpresivo. Los asistentes a la reunión del G20 efectuada en Baden-Baden también habían escuchado, con notorio espanto, el deseo de Washington de ignorar el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, el único foro mundial que Estados Unidos se resiste a juzgar con evidencias y principios científicos.

Así, sin grandes ceremonias, el conciliábulo del Fondo Monetario optó por desconectar la lógica e íntima relación que debe mediar entre un crecimiento inclusivo, despojado de parias sociales, de la economía y el comercio global.

Quien no se calló fue Agustín Carstens, el Gobernador del Banco (Central) de México y futuro gerente general del Banco Internacional de Pagos (BIS en inglés), encargado de presidir las deliberaciones del Comité de Asuntos Monetarios y Financieros del FMI. Según el Financial Times del 23/4/2017, éste aseguró que el "uso de la palabra proteccionismo fue desechado por resultar muy ambiguo". Wow. No debió ser tarea sencilla lograr que ese infantil libreto semántico ayudara a consagrar dos cosas. La tácita bienvenida al destructivo guión populista que auspicia Donald Trump y el explícito destierro del consenso anti-proteccionista bendecido con énfasis por todas las Cumbres Presidenciales del G20 y por las instituciones establecidas tras la Segunda Guerra Mundial, lo que incluye al Fondo Monetario.

La duda lingüística y existencial surgida en tan peculiar debate, protagonizado por economistas habituados a coparse con la política monetaria y fiscal, hubiera encontrado austera y solvente respuesta en quienes poseen la educación y los reflejos para entender y concebir las reglas, mecanismos y prácticas de política comercial, algo que rara vez se aprende bien en las universidades. No se requiere ser erudito para saber que el proteccionismo es una enfermedad, no un remedio.

En el muy reciente trabajo elaborado por las Secretarías de la OMC, el FMI y el Banco Mundial (Hacer del Comercio el Motor de un Crecimiento para Todos) se destacaba, en el marco de una recomendable y sustantiva lectura, nunca exenta de algún delirio, dos insumos que vienen al caso: a) la advertencia del economista Thomas Macauley, quien en 1824 ya señalaba que "el libre comercio era una de las grandes bendiciones que un gobierno puede otorgar a su pueblo, a pesar de que resulta impopular en casi todos los países"; y b) la dificultad que existe en la tarea de crear conciencia acerca de los beneficios que emergen del comercio, con mucha frecuencia delegada en la capacidad de comunicar de los economistas, una limitación que algunos gobiernos pudieron resolver con recursos más eficaces (el informe da ejemplos).

El trabajo también destaca que "el comercio no es parte del problema, sino parte de la solución". Y si bien no existen vacunas para eludir los riesgos derivados de la alquimia verbal, la Ley de Murphy recuerda que "todo es posible cuando usted no sabe de qué está hablando."

 

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