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El Fondo Monetario y nosotros

El arribo, por primera vez en 10 años, de una misión del Fondo Monetario para obtener estadísticas confiables de la marcha de la economía nacional ha despertado suspicacias, rechazos sin fundamento y reacciones políticas de variado tono. Es que ese vínculo, el de la Argentina con el organismo financiero, está impregnado de un pasado muchas veces violento e irracional.

Todo trato con el FMI para muchos argentinos tiene más carga explosiva emocional que real. En un país tironeado por las pasiones, las grietas, la fuga de la racionalidad, y una historia cargada de fracasos económicos y la imposición de modelos internacionales rígidos el FMI tiene pocos amigos en el país.

Para decirlo en términos caseros la pareja FMI-Argentina está cargada de desentendimientos desde hace 50 años. Recién en la segunda mitad de la década del cincuenta Argentina entró por la puerta de una entidad forjada en Bretton Woods, antes que concluyera la Segunda Guerra Mundial para poner, al arribar la paz, un poco de coherencia y orden a la enloquecida ,anárquica y devastada economía mundial.

Desde entonces, nadie puede entenderse con una nación que no forme parte de la cadena de miembros de la institución. Todos integran el ‘Club’ en condición de socios pero los que deciden son los que se sientan en una mesa chica, y allí representan a las potencias más ricas del planeta. Son los que disponen las estrategias de reparo o dureza para aquellos que no siguen las directivas de la institución. Los que trazan previsiones de lo que ocurrirá en los tiempos futuros, los que prevén tormentas. Tanto poder encierra el FMI que su titular se sienta junto a los presidentes que pergeñan, en gran medida, el presente y lo que vendrá en las ‘cumbres’.

Sus economistas conviven en un amplio edificio, entre los más importantes y distintivos de Washington. Su titular es elegido/a por los miembros más poderosos y sus estimaciones y cálculos son seguidos como la Biblia por los integrantes del organismo. Se puede afirmar que el pensamiento que rige es la férrea ortodoxia y como tal sus propuestas tienen un alto grado de rigidez y ausencia de sensibilidad por las consecuencias sociales de las estrategias que presionan para aplicar. Se puede estar en contra de sus decisiones aunque hay espacio para los intercambios de ideas entre los miembros y el Directorio pero nunca se adopta un rechazo frontal contra la conducción.

Pero el FMI suele equivocarse. Las críticas habían crecido de manera notable contra el Fondo en los años del 2000 pero a eso se sumó la falta de previsión ante la crisis fenomenal que se desencadenó entre el 2007 y el 2008. Fue aquello el apocalipsis de los bonos basura vendidos dos y hasta tres veces a lo largo del mundo más las maldades implementadas por el sistema financiero. El FMI quedó paralizado y atontado en el medio del ring mientras parte del mundo amenazaba derrumbarse. Pese a todo,el Grupo de los 7 (las naciones más ricas) decidieron en un encuentro especial otorgarle más dinero al Fondo Monetario, capitalizarlo hasta el tope y darle más poder para encontrar un equilibrio.

Subido al caballo de las críticas, matoneando o haciendo que matoneaba Néstor Kirchner pagó al Fondo una deuda del país por u$s 10.000 millones e hizo creer que ya no pertenecíamos más, que éramos independientes, fuertes y decididos a morirnos de risa del organismo financiero internacional. En los hechos reales fue el Fondo quien exigió a Kirchner que pagara esa deuda pendiente. Kirchner lo hizo e irónicamente se ganó el aplauso del nacionalismo nativo y de parte de las izquierdas. que lo consideraron un héroe. No entendían nada. Más allá de la cortina de humo Argentina siguió siendo miembro del FMI, aunque ocultándolo. Lo que hizo el kirchnerismo fue caer peligrosamente en el abismo de la falta de consideración del hemisferio norte. Como ocurrió después de la Guerra de las Malvinas. Fue la exclusión del mundo. Dejamos de existir, no se nos tuvo en cuenta, no contamos en las decisiones.

Nuestra ‘falta de vínculo respetable’ con el FMI nació con los vaivenes de la economía argentina que no cesan desde la década del 50 y el crecimiento escandaloso de la deuda externa y el mal manejo fiscal el que nos llevó a recurrir al organismo. Los créditos stand-by que se firmaron por desequilibrios en la balanza de pagos tuvieron durísimas consecuencias internas. Pero los que firmaron esos préstamos fueron Ministros de Economía argentinos, no sólo los funcionarios del Fondo. Achicaban todo gasto del estado, paralizaban las mejoras salariales de los trabajadores, obligaban al Banco Central a actuar de determinadas maneras. Era un freno espectacular para luego arrancar de nuevo y de otra manera.

Ciertos sectores políticos están afirmando que la nueva misión del FMI que nos visita tiene la intención de avalar los u$s 40.000 millones de deuda ya concretados y otros 40.000 para 2017.
Nadie puede afirmar hasta ahora que ese sea su objetivo. Pero lo único cierto es que sin las revisiones del Fondo, sin las aprobaciones de la marcha de la economía habrá reticencias en las inversiones. Las grandes empresas se guían por las luces que prende el organismo, según las circunstancias. Limitar vínculos con el FMI, en estos momentos, donde los ‘grandes’ confían en sus veredictos, es entrar en un callejón donde es difícil encontrar la salida.