EE.UU. vs China: ¿Guerra comercial o fuegos de artificio?

Desde comienzos de año, el presidente Trump ha vuelto a insistir en muchas de sus erróneas promesas de campaña; destacándose, entre ellas, su afán proteccionista encarnado en su ya famosa frase America First. A este respecto, a principios de marzo, aplicó barreras arancelarias del 25% para el acero y del 10% para el aluminio. Simultáneamente, explicitó el ataque comercial directo a China, sosteniendo que dicho país era el principal causante del déficit comercial de su país (del orden de los u$s 600 billones anuales, un PBI de nuestro país) con un saldo a su favor de, aproximadamente, u$s 375 billones; nada menos que casi un 65% del total. Su principal argumento fue que las prácticas comerciales por parte de China eran desleales y que, por lo tanto, afectaban el nivel de empleo de los obreros americanos; todo ello sumado a la obligación impuesta a empresas americanas de tener un socio local, con el consecuente robo de tecnología. En consonancia con tales argumentos, hacia fines de marzo aumento su artillería: ordenó nuevos aranceles para importaciones chinas valorizadas en u$s 50 billones, especialmente en los rubros de tecnología y manufacturas; áreas de las cuales el gigante asiático pretende ser líder global hacia 2025. La respuesta fue inmediata: China gravará importaciones de EE.UU. por un valor similar

 

Sin embargo, fiel a su estilo autoritario y confrontativo, Trump redobló la apuesta. Argumentando la "reacción injusta y desproporcionada" (sic) de las autoridades chinas, el 2 de abril aumentó la lista de importaciones sujetas a aranceles en u$s 100 mil millones, llevando el total a 150 mil; esto es, casi un 30% de los 525 millones que importa de dicho país. Nuevamente la respuesta china no se hizo esperar: a las 48 horas aumentó su listado a igual importe y arancel. Más aún, incluyó cuatro productos muy sensibles a la economía americana: soja, aviones, automóviles y productos químicos.

De lo anterior se deduce que a la fecha las dos primeras economías del mundo se hallan enfrentadas en un conflicto comercial que, al menos hasta ahora, ha ido in crescendo. Surge, entonces, una primera pregunta. ¿Si la teoría y la experiencia indican, claramente, que en una guerra comercial no hay ganadores sino perdedores en distintos grados, porqué Trump ha iniciado este choque con China? Todo indica que de acuerdo a su agresivo estilo, y a pesar de los riesgos que corre, lo ha hecho para negociar desde una posición ventajosa un acuerdo para según fuentes de la Casa Blanca poder reducir en una primera etapa el déficit en no menos de 100 billones.

Ahora bien, ¿China no tiene también poder de fuego? ¿No es peligrosa esta escalada de aranceles? Respecto a la primera pregunta, si bien el dragón asiático no tiene más importaciones que gravar (absorbe no más de 150 billones de las exportaciones de EE.UU.) no es menos cierto que dispone de un arma nuclear: la tenencia de bonos del Tesoro de los EE.UU. por 1,3 billones. La venta de los mismos provocaría una fuerte suba de la tasa de interés que causaría fuertes daños, no sólo a la economía de EE.UU. sino también a la global; especialmente a las emergentes.

Respecto a la segunda cuestión, la actual confrontación es extremadamente peligrosa. Si bien por ahora no se trata de una guerra comercial sino de fuegos de artificio por ambas partes, no es menos cierto que este tipo de escenarios se sabe dónde comienzan pero no dónde terminan. A este respecto, lo único cierto es que cuanto más se tarde en desarmar los ataques y represalias, más alta será la probabilidad de que todo esto termine en una verdadera guerra comercial con suba generalizada de aranceles, restricciones al comercio internacional devaluaciones masivas, enfriamiento de la economía global y aumento de las volatilidades financieras. Resulta imperioso, entonces, que las partes se reúnan a la brevedad posible en una mesa de negociaciones, único medio pacífico para salir de la actual encrucijada.