Dudas sobre el futuro de la política económica

En todo orden, momento y lugar, existe consenso en que establecer metas fomenta el orden y plantea compromisos. En el plano macroeconómico, quienes adhieren al Régimen de Metas de Inflación (RMI) sugieren que su cumplimiento impulsa el crecimiento y el desarrollo económico (largo plazo) y mejora las expectativas de mercado porque "es fácilmente entendido por el público y altamente transparente" (Mishkin, 1998). En la Argentina, éste es el espíritu del RMI del Banco Central (BCRA).

 

Más allá de las virtudes, los incumplimientos también tienen una lectura. Una eventual acumulación de descontentos podría erosionar el optimismo, generar cuestionamientos al modelo y la política económica e incorporar volatilidad a las tasas de interés y el tipo de cambio. Por estas razones, las autoridades permanentemente combaten las fallas sistémicas de coordinación y se protegen de los acontecimientos internos e internacionales no deseados. Esta lógica es fundamental porque, aunque se tuviera éxito, "la baja inflación y la estabilidad de precios no siempre conducirán a la estabilidad macroeconómica" (Arestis, 2008).

El establecimiento de los supuestos es prioritario para el funcionamiento del RMI. No debería esperarse demasiada efectividad si los niveles anuales de inflación rondaran los dos dígitos, se convalidaran abruptas correcciones de las distorsiones de precios relativos (atrasos cambiarios y tarifarios), se mantuvieran persistentes desequilibrios de orden fiscal y externo, se tuviera una elevada exposición a la política monetaria (cambios de las tasas de interés) del Banco Central de los Estados Unidos (FED), se considerara irrelevante el consenso social interno y no se reparara en la prolijidad de los arreglos institucionales. Sin un plan concienzudo, las pujas distributivas y la lucha por la defensa de las conquistas colectivas siempre dispararán conflictos sociales y amenazarán al RMI.

En 2017, el BCRA incumplió la me

ta de inflación tope de 17%. En 2018, el anuncio oficial de 15% ha sido convalidado sólo por una ínfima parte de los participantes del REM. Fuera de ese microclima, las expectativas privadas de inflación se ubican en 20%, la probabilidad de recesión se duplicó y la confianza del consumidor continuó anémica. Mientras tanto, el supuesto oficial insiste en que el panorama se aclarará sólo si se reducen costos y gastos (achica en tiempo récord el déficit fiscal y aumentan los estándares de productividad), se mantiene el esquema flotante de tipo de cambio (determinado por el mercado) y se coloca deuda en el mercado global. En esencia, si se cumple con los compromisos vertidos en el RMI.

La tendencia a la baja de la tasa de interés agregará interrogantes. Como la FED continuaría aumentando la tasa de interés de referencia, la reversión de la dirección los flujos financieros instalaría presiones cambiarias adicionales, pasaje a precios y condicionamientos extras al RMI. Aunque se haya indicado que los precios regulados no serán un problema en 2018 (a diferencia de 2017) y que se dominó la inflación núcleo, el escenario descripto incrementa la probabilidad de replantear la meta de 2018 (tal como ocurrió el día de los Santos Inocentes de 2017) y, posiblemente, el esquema cambiario (dejar de flotar). Si esto volviera a ocurrir, ¿Cómo lo interpretará el mercado?

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