Lunes  15 de Julio de 2019

Dólar en $ 60, Macri en helicóptero y el caos: una derrota sin cartas y sin letra

Dólar en $ 60, Macri en helicóptero y el caos: una derrota sin cartas y sin letra

La dilución del último augurio y la frustración de los mohicanos. Al sumo pesar de la herencia, esta vez no habrá un dólar en $ 60, en esta ocasión no veremos a un presidente elegido democráticamente subirse a un helicóptero mientras lo golpea caóticamente el bando opositor. Se incuba bajo esta incipiente y esperanzadora realidad una nueva frustración para un pasado siniestramente gris y como en la célebre novela de James Cooper, el último de los mohicanos se convierte en la más ácida y despiadada metáfora para caracterizar a una estrategia electoral que utilizó a la crisis y al caos como única carta ganadora, una jugada que a la luz de los acontecimientos quedó relegada solamente al oscuro presagio de un Armagedón que no pudo ser. No es causalidad entonces, que bajo esta crecientemente optimista realidad se observe al pasado reducido a un confundido grupo de interlocutores extremos sin cartas, sin letra, sin coordinación, sin debate, sin estrategia, apostando permanentemente a la eventualidad de un cisne negro que no ocurrirá. A partir de un dólar tranquilo, renacen las chances de preservar la libertad para la República Argentina: bendita seas entonces estabilidad cambiaria.

Adiós y no vuelvan más. Los argentinos en cambio, le empiezan a decir no otra vez más a la herencia del pasado. Los argentinos mayoritariamente le dicen sí a vivir en libertad, le dicen sí a trabajar en paz, le dicen sí a respetar nuestra democracia, le dicen sí a honrar nuestra república y por sobre todo, le dicen sí a nuestra única e inmodificable Constitución Nacional. La ciudadanía comienza a dimensionar la plena magnitud en la gestión del presidente Mauricio Macri. Este señor al que unos pocos irrespetuosos llaman fracasado, decidió poner sobre su espalda nada más y nada menos que el desafío más enorme encarado por un mandatario desde el retorno a la democracia: vencer a un pasado dictatorial, torcerle el brazo al comunismo de Estado, derrotar a un populismo extremo cuyo único objetivo es ampliar la miseria de nuestra nación para perpetuarse en el poder en aparente defensa de los pobres, reconectarnos al mundo, fortalecer nuestras diezmadas instituciones, desterrar al narcotráfico, reconstruir nuestra decadente infraestructura, reformular una política energética que nos permita crecer sin limitaciones y por sobre todo, impedir que Argentina claudique ante las garras de la tiranía y pierda su libertad tal como le ocurrió a Venezuela. Estas elecciones serán épicas y marcarán una línea inquebrantable entre lo ético y lo moralmente inaceptable.

Cuando hay historia, las promesas se tornan en irrelevantes. La herencia se quedó sin su mejor aliado: el caos y queda entonces expuesta a relatarle a los argentinos qué podrían hacer si eventualmente fuesen electos. Y en ese entorno, la historia habla por sí sola y con crueldad contundente.

  • Primero, la herencia significó cepo cambiario.
  • Segundo, la herencia significó un aumento voluptuoso del gasto público, ese que hoy tanto impuesto de los argentinos requiere para solventarse.
  • Tercero, la herencia nos condenó a una crisis energética con un drenaje crónico de reservas.
  • Cuarto, la herencia dejó al país con déficits gemelos tanto en cuentas internas como externas.
  • Quinto, las nacionalizaciones unilaterales de empresas ejecutadas en nombre y a cuenta de la Argentina, condena actualmente a nuestro país a pagar sumas millonarias por esos conceptos, recursos que podrían haberse utilizado entre otras cosas para financiar escuelas y hospitales.
  • Sexto, la herencia fue una máquina de producir pobres, llevándonos a máximos históricos aun cuando nos decían que en Alemania estaban peor que nosotros.
  • Séptimo, la herencia nos dejó con niveles de inseguridad no vistos antes en nuestro país.
  • Octavo, la herencia nos condenó a un estado de default. Y podría seguir con una lista larga y pesada de errores trágicos pasando incluso por el “evento Nisman”, pero a esta altura, el bosque del pasado ya fue más que pintado en este párrafo.

De esta forma, la mala praxis populista ha sido tan evidente, generalizada y abrumadora, que observamos a un movimiento al que se le cayó su única carta ganadora y ahora sólo tiene a la implacabilidad de la historia como excluyente testigo de su despilfarro. Y es precisamente en este punto en donde el FMI le dio al pasado una razón más para aborrecerlo: a partir del nuevo acuerdo, la estabilidad cambiaria llegó para quedarse y con ella comenzó un fortísimo repunte electoral en manos del presidente Macri, dinámica que no hará otra cosa que fortalecerse en los próximos meses.

Lo último que se pierde es la esperanza. Es altamente probable que seamos el país en todo el espectro del Planeta Tierra más sensible a las fluctuaciones del dólar y en ese sentido así como la locura cambiaria se traduce en rebeldía electoral y castigo al oficialismo, la calma del billete comienza a convertirse en una muy sostenida mejora de la imagen de Cambiemos  y por lo tanto, de la aceptación que la ciudadanía exhibe respecto a la gestión del actual presidente. No es casualidad que las encuestas comenzaron a revertirse precisamente a partir del momento en donde el gobierno fue capaz de estabilizar al tipo de cambio y esto recién comienza, los mohicanos empiezan a caducar en soledad presa de su inocultable contradicción.

Desde inicio de año el populismo extremo basó toda su estrategia electoral en el colapso de la economía argentina apostando principalmente a una corrida contra el dólar que desestabilizase al gobierno del presidente Macri condenándolo al club del helicóptero, ese que supieron conocer muchos presidentes no peronistas antes de culminar su mandato. El escenario soñado del pasado era ver a Peronia desorbitándose con un dólar en 60, con argentinos entrando en estado de esquizofrenia generalizada, con caos descontrolado a nivel macroeconómico y finalmente, con ciudadanos suplicando por el retorno del populismo salvador, ese que te da migajas con un mano y te carcome en múltiplos con la otra. Lo cierto es que para decepción de la izquierda y de la derecha también, el escenario de crisis inminente no ocurrirá al menos de caras a las elecciones del 2019 dado que ha sido neutralizado por el nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. A través del mismo, el gobierno comenzó a disponer de algo que le venía faltando desde abril del 2018: un ancla cambiaria que estabilizase la emocionalidad de una nación que vive permanentemente al borde del ataque de nervios atada al destino de la codiciada lechuga.

El mazo vacío. Para un pasado que no tiene nada para ofrecer ni debatir, la apuesta al colapso fue siempre su única carta maestra, una carta que dejó de ser efectiva desde mayo de este año, momento a partir del cual el dólar pierde volatilidad y además comienza una tendencia de depreciación frente al peso que se exacerbó durante el mes de junio de la mano de la fracasada fórmula y de la sorprendente estocada final M de incluir al Senador Pichetto en la fórmula electoral. Pero la frustración populista no termina ahí, además ocurrió algo totalmente fuera del control del presidente Macri: la economía norteamericana viene amagando con entrar en recesión y en respuesta a dicha coyuntura la Reserva Federal  comenzará en breve con un nuevo ciclo de baja de tasas de interés que ha debilitado al dólar a nivel mundial contra la mayoría de las monedas emergentes. Resulta evidente entonces que varios factores se han concatenado para asegurar una razonable estabilidad cambiaria de caras a octubre 2019 aspecto que está teniendo enormes impactos electorales, calmando a la ciudadanía y mejorando ampliamente la imagen de Cambiemos. Bien por Argentina.

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SOJA ROSARIO0,0000250,0000250,0000
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ORO0,75211.473,60001.462,6000