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Distribución del ingreso: ¿el huevo o la gallina?

Distribución del ingreso: ¿el huevo o la gallina?

El empleo y el salario dependen del crecimiento y éste de la inversión productiva eficiente. Redistribuir sirve transitoriamente.

Seguramente los chisporroteos de la campaña electoral no habrán pasado de eso sin llegar a mayores honduras sobre temas sustantivos. Uno de ellos, el de la distribución del ingreso, sigue requiriendo atención.

¿Alcanzamos el fifty-fifty porque la inversión es de sólo el 15% o a pesar de eso? Para aumentar la inversión ¿es preciso promover una mayor desigualdad en la distribución del ingreso? O bien, ¿se puede vencer la pobreza sin modificar el volumen y el tipo de la inversión?

Acordemos que en esta como en otras materias relevantes las simplificaciones extremas no ayudan demasiado, sea que se trate del tipo de "pongamos dinero en el bolsillo de las personas y todo funcionará a las mil maravillas" o "como es necesario garantizar la inversión para generar empleo debemos asegurar la ganancia empresaria suprimiendo costos como los asociados al trabajo". En el medio queda un amplio espectro en el que se ubican las metas socioeconómicas, así como las condiciones de crecimiento y desarrollo económicos.

En dirección a la búsqueda de explicaciones más estructuradas incluyendo la mejora de la formulación de los interrogantes, podemos mirar los ingresos personales y familiares originados en la Encuesta Permanente de Hogares. El ejercicio requiere dos acuerdos: omitir las reservas existentes sobre la plena verosimilitud de los datos del período 2007-2015 y salvar las modificaciones operacionales implementadas a partir de mediados de 2016 en esa información.

Luego de 2015 ¿cambios o continuidades?

Los datos de la EPH del segundo trimestre de 2016 probablemente muestran el momento más difícil para los sectores laborales en lo que va de la gestión de Cambiemos. Ello se refleja en los tres indicadores. Pero, llamativamente, ni los ingresos ocupacionales ni los individuales se deterioran tanto como había sucedido en 2014. No obstante, en este aspecto se forjó una imagen de extrema gravedad que al igual que lo que ocurrió social y mediáticamente con el empleo, no se condice con la información estadística disponible.

Las tres variables expresan una pronunciada mejoría en los primeros años posteriores a la crisis del 2001 alcanzado una mejora del 30% en términos reales en poco tiempo. Esa ganancia la tienen los IpcF ya en 2006, al año siguiente el IOP y por último los ingresos individuales en 2009. Esto es congruente con la mejora ocupacional cuya fuerte dinámica de crecimiento se dio hasta 2007.

Esos años iniciales fueron los de mayor crecimiento del producto, de más rápida recuperación de la utilización de la capacidad instalada disponible en el aparato productivo y de mayor ampliación del número de miembros activos en los hogares. Allí se dio la fuerte recuperación de las dotaciones en las ramas de la industria y la construcción. Fueron los años en los que el superávit fiscal y el del sector externo eran considerados éxitos indudables.

Sin embargo, a partir de entonces se inicia un período irregular en materia productiva lo que se ve reflejado en la lentitud de la mejora ulterior. En lo que hace a los ingresos ocupacionales, la caída de 2014 es tan pronunciada que su nivel es un poco menor que el que se había logrado en 2009. No es sólo caída del poder adquisitivo: en ese año, según la EAHU, se había destruido un décimo de todo el empleo creado desde 2002 hasta entonces.

Los ingresos individuales tienen un comportamiento parecido pero más moroso. Alcanzan un alza del 30% recién en 2009 y luego de una caída profunda en 2010 mejora lentamente hasta alcanzar un 36% de mejora (respecto de 2004) en el año 2013. Las condiciones generales no permitieron mantener ese buen desempeño, de modo que también los ingresos individuales tuvieron una profunda caída en 2014 (devaluación y pérdidas de empleo mediante) para volver al nivel de 35% por sobre el del inicio de la serie.

De esa manera hay similitud en el comportamiento de los ingresos ocupacionales y totales de los individuos caracterizados por un mejoramiento sólido al principio y una irregularidad posterior en cuyo transcurso ya las mejorías fueron menores y afectadas por importantes pérdidas.

Respecto de los Ingresos per cápita familiares se observan rasgos distintivos. No sólo alcanza antes la mejoría de 30% en términos reales sino que aun de modo no lineal continúa mejorando la situación relativa de los hogares hasta 2013 cuando alcanza una situación 65% mejor que al momento inicial en términos reales.

La diferenciación en este comportamiento respecto de los individuales o los laborales tiene diversas motivaciones. En los primeros años el factor decisivo fue el aumento del empleo con el consiguiente incremento de miembros ocupados en el hogar. Con posterioridad empezó a hacerse notar el impacto de la ampliación de la cobertura previsional, en especial a través de la moratoria. A todo ello se agregó la extensión de la protección social por medio de la Asignación Universal por Hijo. En todo este período, pero cada vez con más intensidad, la situación basada en los ingresos monetarios requiere ser complementariamente analizada en virtud de la gravitación de los enormes subsidios a los hogares en materia de tarifas de transporte y de costo de los servicios domiciliarios.

Volviendo a 2016. El ingreso de la ocupación principal registró una pérdida de poco más del 3.5% mientras que el conjunto de los ingresos de las personas (ingresos individuales) cayeron en poco más del 3%. Situación difícil, sin duda. Pero no extrema. La pérdida real en 2014 fue del doble en el IOP y en los II.

Por su parte los ingresos familiares se mantuvieron prácticamente estancados, habida cuenta de las incorporaciones de medidas de protección (ampliación de las asignaciones familiares a monotributistas) o mejora de las existentes. Singular resultado, habida cuenta de que en 2014 el deterioro había sido del 10%.

Por su parte, el segundo trimestre de 2017 exhibe, respecto del pico de 2015, un deterioro de un punto porcentual en materia de ingresos de la ocupación principal, de estancamiento en los ingresos individuales y de sensible mejoría (5 pp) en materia de ingreso per capital familiar. Puede ponerse entre paréntesis el contraste 2017 con 2015 por los cambios en el relevamiento, pero la comparación 2016 con 2017 no tiene ese inconveniente.

Derivaciones de los datos

La evidencia de los años recientes parece no ser contundente respecto de si es necesario acelerar la bomba del consumo o privilegiar la inversión. En los primeros años posteriores a la crisis -al salir de un pozo profundo- todo empujaba en similar dirección: subía la inversión, mejoraban los superávit gemelos, se aprovechaba la capacidad ociosa, aumentaba el empleo, mejoraban los ingresos. En los primeros años la tasa de inversión subió hasta casi alcanzar los 20 puntos pero desde 2007 inició su declinación volviendo el año último a valores próximos a los 16 puntos.

Seguramente hacen falta ponderar otros elementos intervinientes como el rotundo cambio de las condiciones internacionales en los primeros años y más tarde la transformación del superávit energético en déficit; la peligrosa utilización de las reservas internacionales y el desinterés por los perniciosos efectos del crecimiento de la inflación. En ese marco, fue posible mantener mecanismos redistributivos a costa de acrecentar la presión de las contradicciones en el funcionamiento de la economía, incluyendo el agotamiento del capital social.

Frente a ello, el gobierno actual, que para muchos venía a desandar completamente el camino, va realizando su tarea no descomprimiendo la presión derivada del déficit fiscal, promoviendo lentamente el retorno de la prestación de servicios con precios más cercanos a los del mercado y sin afectar las medidas de protección social preexistentes.

Quizás un inédito esfuerzo por mejorar la eficiencia productiva del conjunto pueda encaminar un proceso en el que se logre un efectivo incremento de la producción y de la productividad aprovechando más y mejor la capacidad productiva de la fuerza laboral argentina y, por lo tanto, preservando y ampliando el bienestar de su población. El desafío es enorme. Hace una década la entonces candidata Cristina de Kirchner postulaba un pacto social que, en esencia, contenía estos mismos ingredientes. Nunca es tarde para empezar de nuevo.

 

Javier Linden Boim, director del CEPED e Investigador del CONICET

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